miércoles, abril 09, 2008

LA MAMI DEL KILÓMETRO CINCUENTA Y SIETE Esa tarde Betulio había llegado hambriento. En el Parador Bravo Bueno hacían el mejor pernil del mundo y el compadre Gustavito tenía las cervezas más heladas de la galaxia.

Después de despacharse tres arepas sin piedad, comenzó a intercambiar cuentos con su amigo.
—Compadre, ¿cómo ha estado ese viaje? —dijo Gustavito, un hombre de edad madura con la barriga tensa como un tambor.
—Bien. Lo único fastidioso es que he tenido que venirme a sesenta durante todo el camino.
—¿Y cómo hace usted para manejar desde tan lejos a esa velocidad?
—Bueno, miro por la ventana, pongo mis discos de reguetón, veo por la ventana, hago apuestas conmigo mismo a ver si el tarado que me acaba de pasar por la derecha se voltea... Si todo eso falla, me pongo a pensar en los arreglos que quiero hacerle a la casa.
—Compadre, mosca con esa pensadera porque se va a quedar dormido…
—No. Yo tengo un método infalible para no quedarme dormido: me meto un CD con todo y caja en la boca.
—¿Cómo es eso, compadre? ¿Usted está loco?
—Cuando me estoy quedando dormido, trac, muerdo el plástico y me despierto.

Los dos amigos hicieron una pausa para chocar las botellas en el aire.

—Compadre, ¿y a usted no le han pasado cosas sobrenaturales?
—Bueno, una vez, unos tipos enmascarados quisieron bajarme del camión, pero cuando vieron que yo lo que llevo es veneno puro, me dejaron seguir.
—No, no me refiero a eso, compadre. Lo que pasa es que en estos días vino para acá Totoño, el ahijado de mi mujer. Él hace viajes así como usted. Un día, dice que se paró cerca de un peaje y colgó la hamaca debajo de su camión. Quería echar un pestañazo porque llevaba muchas horas trabajando y ya era de madrugada. Tenía un rato dormido cuando sintió un ruido raro y, al abrir los ojos, vio a una mujer vestida de blanco con los ojos pelados y la cabellera negra que le preguntó si podía darle la cola al kilómetro cincuenta y siete.
—Ave María Purísima, ¿quién sería esa dama?
—No sé, pero Totoño dijo «paticas pa’ qué te tengo», se paró de la hamaca y salió corriendo directo al peaje.
—Ese hombre está loco. Pase lo que pase uno no debe abandonar el camión. ¿Y si la dama en cuestión no era fantasma, sino una ladrona disfrazada?
—Yo no sé. Totoño salió disparado al peaje y cuando se encontró a un guardia haciendo su ronda, le echó el cuento. El guardia se le quedó mirando un momento y le dijo: «acabas de ver a la Mami del kilómetro cincuenta y siete. Menos mal que no le diste la cola porque, si se la dabas, ibas a parar en un barranco con todo y camión».
—¡Santo Dios! ¿Y qué hizo Totoño?
—Nada. Se hizo el loco y se quedó en el peaje fumando con el guardia hasta que amaneció. Luego se fue hasta donde había dejado el camión, se montó y arrancó lo más rápido que pudo… ¿Quiere otra cervecita, compadre?
—Sí, claro. Después de un cuento como ése, lo menos que puede hacer uno es beberse otra.

Los dos amigos continuaron intercambiando historias de aparecidos. Betulio contó un cuento protagonizado por unos hombrecitos verdes que se le aparecían a un compañero de faena. Gustavo habló de un carro negro al que la policía siempre encontraba al lado de una capilla que está en el kilómetro ciento cuarenta y cinco de la Autopista del Centro.
—Sí, compadre. Cada vez que sus dueños actuales ponen la denuncia, la policía va a una capilla que está en el kilómetro ciento cuarenta y cinco y ahí está el carro estacionado al lado de su dueño.
—Gustavito, no me cuente esas cosas, que se me pone la piel de gallina.

Después de tomarse la del estribo tres o cuatro veces, Betulio se despidió de su amigote, se montó en su gandola y siguió su camino con un disco metido en la boca, no fuera que se le aparecieran la Mami del kilómetro cincuenta y siete, el carro fantasma, los zombis de la cuneta o cualquier otro ectoplasma vial.