lunes, marzo 24, 2008

LOS PENALTIES SIEMPRE PRODUCEN ESTRÉS Todos hemos vivido momentos de tensión, de alegría, de tristeza, de rabia… el común denominador de todos esos momentos es que nuestro corazón parece una lavadora…cuando te dieron tu título de ingeniero químico, tu corazón palpitó de emoción y felicidad. Cuando estabas en el banco y entraron cuatro atracadores, tu corazón palpitó de miedo (y porque tenías los interiores rotos).

Cuando te dijeron que estabas embarazada, tu corazón palpitó de felicidad y de miedo a la vez. Cuando llegaste a tu casa de la playa, tu corazón tembló de rabia porque unos ladrones te visitaron mientras estabas ausente…

Nuestro corazón late todos los días y a toda hora, pero late con más fuerza cuando nos encontramos ante una emoción fuerte. Eso sí: si tienes el colesterol alto y sufres de la tensión, corres el mismo riesgo que Harry Potter ante Voldemort. Cada vez que te aumentan las pulsaciones cardíacas, te puede dar un infarto.

Cuando te enamoras, aumentan los latidos de tu corazón. Cuando te das unos besos, tu corazón (o tu pantalón) se pone a punto de explotar. Cuando estás a punto de dar un discurso ante un auditorio grande y exigente, tu corazón se vuelve loco. Cuando estás viendo una película de terror, tu corazón se pone a punto de caramelo…

Tu pobre corazoncito se pone como una gandola sin frenos por la bajada de Tazón cuando tu avión está a punto de despegar, cuando estás a punto de entregarle tu pasaporte al oficial de inmigración, cuando vas a conocer a los papás de tu novia, cuando vas a intimar más con alguien por primera vez, cuando te avisan que alguien muy querido se murió, cuando ves películas de Alfred Hitchcock, cuando ves a tu estrella favorita en un centro comercial (eso es típico de las viejas que están en una panadería y, de pronto, ven a Lepoldo Castillo)... ¡Pobre Leopoldo Castillo! Es un galán de señoras, como Charles Bronson...
Hay gente tan volátil que se le sube la tensión estando acostada en una hamaca. Hay gente imperturbable a la que el corazón no le palpita con nada.

Por cierto (y esto no tiene nada que ver con esta crónica): ¿de qué se ríe el muñequito de Pinturas Montana? ¿Qué sabe ese coñito que nosotros ignoramos como para que esté muerto de la risa?

El corazón también se te desboca cuando recibes la noticia de que te ganaste el premio de la lotería de Miami; cuando ves que tu novio tiene otra novia (ése es el momento de decidir si eres una dama o si quieres quedarte con las greñas de otra mujer en tus manos).

Tu corazón se pone como un helicóptero cuando un chino te persigue con un cuchillo; cuando el director de tu escuela te llama a su oficina porque con él se encuentra «tu representante»; cuando te llaman a la oficina de tu jefe; cuando se oyen unos tiros en la puerta de tu casa; cuando estás en una manifestación pacífica y, de pronto, aparecen los ministros del odio listos para cortar rabo y oreja; cuando tu equipo va perdiendo, faltan diez minutos para el final del juego; cuando estás llegando a tu casa y te das cuenta de que frente a ella hay un camión de los bomberos estacionado; cuando te avisan que alguien de tu familia está en una clínica porque metió retroceso en lugar de primera (y se fue por un barranco); cuando explota un cohetón cerca de tu casa; cuando aúllan los lobos cerca de tu cuadra. Cuando oyes ruidos raros en tu casa; cuando estás solo en tu casa y no puedes dormir con la luz apagada…
Cualquier día, a cualquier hora y en cualquier parte, nuestro corazón puede empezar a funcionar con una velocidad distinta a la habitual. Por eso hay que estar preparados y tener las arterias libres de morcillas para que lo que vaya a pasar por ahí, sea susto o sea alegría, pase sin trabas ni tragedias.

Que los infartos les den a los camellos; no a nosotros.