jueves, marzo 06, 2008

EL MONO DE LUCES
Hoy fue uno de esos días en los que no sabía si hablar sobre Cosmo y Wanda, sobre William Saroyan o sobre Antonio Muñoz Molina, y ya estaba a punto de llamar a la redacción de la revista para decir que esta semana no podría enviar ni una sola línea porque x, y o z (aquí alegaría una enfermedad), cuando, de pronto, se me cruzó, como un gato que pasa de una acera a la otra, el recuerdo de una imagen que se me quedó grabada en el seso.

Hace años, parado ante una vitrina en la Galería de Arte Nacional, vi un pequeño traje de luces hecho con retazos de tela y papel de aluminio. Era el disfraz de torero que Armando Reverón le ponía a Pancho, su mono.

Damas y caballeros, ¡qué Cosmo ni qué Wanda, qué Philip Roth ni qué pinturas de Picasso, de Modigliani, de Rothko, ni qué nada de nada! Disfrazar a un mono de torero, tomarle las medidas, hacerle un trajecito de luces con todo y montera y jugar con él a que se enhila con un corniveleto invisible, a que hace procunazos con el estoque sobre la muleta, a que evita con elegancia una tarascada y a que clava el estoque en la cerviz del toro de aire, es una genialidad sin límites, un acto desmesurado de creación, una belleza enorme, gigantesca, monumental que te hace ver a los dadaístas y a los mismísimos Hermanos Marx como unos mequetrefes del arte.

Reverón era un genio; una figura con la estatura de don Andrés Bello, de Rómulo Gallegos o de José Antonio Ramos Sucre. Eso sí: barbudo y en interiores, viviendo en Macuto entre las cuatro paredes que diseñó él mismo y que lo aislaron de la estupidez de su época.

No sé por qué, pero en estos días se me ocurrió inventar un cuento en el que dos caballeros bien apostados y miembros de la Seguridad Nacional, llegan a bordo de un Packard negro a la entrada del Castillete de Armando Reverón. Parados frente a la puerta, se miran las caras y se preguntan, sin decirlo a viva voz, qué diablos hacen ahí. De pronto, alguien abre la puerta. Es una señora gorda que lleva un bigote dibujado con carbón y un tocado de plumas en la cabeza.

La señora los hace pasar y les dice que Armando ya viene. Mientras tanto, ellos observan el lugar. Ven la mantilla, la jaula de pájaros de papel, el teléfono de cartón, las muñecas de trapo en su grotesco y sugestivo silencio, las pinturas…
—¿Tú crees de verdad que aquí haya alguien escondido?
—No, pero igual hay que echar un vistazo.
—Un vistazo a estos coletos con palmeras o a... Mira. Ahí tienes al dueño de esta taguara…
—Buenas, caballeros —Reverón llegó barbudo y sin camisa, llevando al mono de la mano—. Jejeje. Él es Pancho… Saluda, Pancho. Saluda a los señores. Como ya aprendió a tocar piano, ahorita lo estoy enseñando a usar el capote. ¿En qué puedo ayudarlos?
—¿Usted es Armando Reverón, el pintor?
—Sí, el mismo.
—Verá: es que se escaparon unos presos y nos comisionaron a que los buscáramos por aquí. ¿A usted le importa si echamos una miradita?
—No, qué va. Miren lo que quieran y no se olviden del niño Jesús.
—¿El niño Jesús?
—Sí, ese mismo. Yo lo vi por aquí el otro día. Tenía un sombrero igualito al suyo. ¿No será usted el niño Jesús?
—Mire, señor pintor, ya vimos bastante por aquí. Por favor, si ve algo raro, usted nos avisa, ¿sí?
—Pancho y yo nos la pasamos viendo cosas raras. El otro día vimos a un toro volador que saltó del ruedo a las gradas de la plaza… Pero eso fue culpa del torero, que no tuvo bolas.
—Hasta luego, maestro. Que pase buenas tardes.
—Pancho sí tiene. A él no se le hubiera ido ese toro… Hasta luego. Pasen cuando quieran.

Al cerrar la puerta y oír el motor del Packard que se alejaba, Armando silbó y de detrás de unos marcos arrumados, salieron dos hombre silenciosos.
—Vengan acá, amigos. Vengan a ver cómo torea Pancho.

Lo dicho: hay días en que crees que no sabes sobre qué escribir, pero recordar a los grandes siempre salva.