sábado, febrero 09, 2008

SUEÑO CON MONSTRUO Y PAELLA He huido de bestias horribles. He llorado como no lloraba desde que era un niño. He visto colores que no existen en la realidad. He visto amigos muertos hace años. He hablado con mujeres hermosas que no sé si caminan en este mundo o en otro. He recorrido pasillos interminables. He volado y he caído por barrancos sin fin. Si nunca has soñado o no recuerdas lo que soñaste anoche, no sigas leyendo esta crónica porque te parecerá una tontería.

Hace casi un año soñé con que en un lugar de nuestro planeta se estrelló un meteorito habitado por unos gigantescos tigres de dos cabezas. Como la imagen me gustó tanto y no se esfumó de mi memoria, me he dedicado a la tarea de escribir un cuento basado en esa bella exageración que sólo es posible en un sueño.

Hay gente que tiene la mala fortuna de ver cómo las anécdotas y los temores que pueblan su vigilia, se transfiguran en situaciones la mar de absurdas en el sueño. De manera que esas personas no descansan; se despiertan sudando y gritando a media madrugada o riéndose de las barbaridades que vieron en esa otra vida que comienza cuando nos dormimos. Y es que la mente trabaja de la manera más extraña. A veces, el cajero de banco se acuesta y sueña que está contando billetes y más billetes. En otras oportunidades, el mismo personaje se va a la cama y empieza a soñar con cuatro australianos tatuados que salen del interior de un rinoceronte. ¿Por qué una noche la mente continúa enfrascada en lo mismo que estuvo enfrascada durante la vigilia y otra noche la mente se descarrila hacia lugares insospechados? Quién sabe. Quizás mi tío Ricardo Vidovič tenga razón:
—Uno no debe comer tanto antes de dormir porque sueña muchas güevonadas.

Ricardo Vidovič es de los que, sin razón aparente sueña siempre lo mismo: una carretera de noche por la que viaja a doscientos kilómetros por hora en una camioneta azul, mientras oye un CD con las mejores canciones croatas de todos los tiempos.
—Cuando se acaba la última canción, me despierto y voy al baño. Siempre que estoy frente al retrete, medio dormido, me pregunto cuándo irán a poner un baño en esa carretera.

Cuando eres chamo, tienes la pretensión de que puedes conducir tus sueños a voluntad, pero pronto te das cuenta de que la mente viaja sola. Muy rápido aprendes que los sueños se controlan sin tu ayuda, que son como una película que alguien proyecta para ti, que tienes una salita de cine particular en algún lugar de tu cabeza, y que no puedes hacer nada distinto a maravillarte, alegrarte o morirte del susto.
—Uno sólo controla los sueños que tiene despierto —dice Ricardo Vidovič—, y por un ratico nada más... Ah… y frente a un whisky.

Luis Buñuel decía lo mismo y añadía que la barra silenciosa de un bar oscuro era el lugar ideal para llevar a cabo esa operación por medio de la cual puedes dirigir tus ensoñaciones hacia donde quieras y armar pequeñas y fugaces historias. Hacer eso es todo un arte. Que lo digan los que lo usan para relajarse, para quedarse dormidos o para terminar haciendo cosas que no referiremos aquí…

Cuando la vida te ha dado varias veces tu merecido, aprendes que los sueños son algo así como el documento en D.O.S. de la narrativa de tu vida; que por muy locos que sean, siempre te hablan (a través de símbolos y metáforas) de lo que piensas sobre tu propia experiencia vital.

Lo raro es que uno siga soñando con tanto monstruo... Igual les recomiendo que guarden una libreta y un bolígrafo en su mesa de noche. Quién sabe qué quieran decirnos esas fieras con las que soñamos, y es mejor estar preparados.

Nunca sabremos si los sueños son la versión cerebral del salvapantallas de nuestra computadora o si son otra cosa. No pensemos mucho en eso. Mejor disfrutemos nuestros sueños y roguemos que a Ricardo Vidovič le pongan un baño en la carretera.
Jean-Michel Basquiat: Famous moon king; 1984