domingo, febrero 24, 2008

ACCIÓN Y MORAL EN HARRY POTTER Infinitas referencias

El conjunto de novelas dedicadas a contar la historia de Harry Potter tiene aspectos que pueden relacionarse con cientos de relatos y mitologías. Podríamos pasar horas buscando las fuentes que J.K. Rowling ha utilizado para crear una obra literaria repleta de citas cuya procedencia tiene que ver con el complejo entramado de la civilización occidental. Casi todos los mitos, casi todos los seres fabulados, mitológicos y religiosos que circulan en Occidente están contenidos en Harry Potter. Ejemplos sobran: ¿acaso el origen de este niño mago no se asemeja al de héroes inocentes como Parsifal? ¿No hay en Harry Potter una especie de poder órfico al haber vencido al mal y a la muerte? ¿No subyace en el personaje de Harry Potter el carácter del elegido, del héroe cultural que viene a redimir a los de su estirpe? ¿No se parece la historia de Harry a la del joven que fue capaz de sacar la espada Excalibur de la piedra en la que fue clavada? A tales ejemplos podríamos sumar la presencia de duendes, hipogrifos, dragones, basiliscos, unicornios, elfos, gigantes, hadas, leprechauns, veelas, trols, bogarts, poltergeists, aves fénix, centauros, vampiros, centauros, licántropos, arañas, gnomos y demás criaturas de un bestiario al que J.K. Rowling agrega seres inventados por ella misma como el sauce boxeador, los escregutos de cola explosiva, las lechuzas mensajeras y los horribles dementores.

Otro aspecto presente en la serie que nos ocupa es la recreación de elementos propios de la novela gótica. El grueso de la acción de estas novelas ocurre en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, cuya sede es un viejo castillo repleto de pasadizos secretos, cámaras oscuras y frías torres. La arquitectura de Hogwarts es la de un enorme castillo rodeado de murallas y flanqueado por un bosque mágico. En estos espacios, el misterio se funde con la oscuridad que producen las viejas bóvedas de piedra. Ellas generan el ambiente perfecto para una historia de magos que recorren infinitos escalones y paredes llenas de cuadros con figuras que hablan y preguntan contraseñas.

Aparte de Hogwarts, el otro espacio que podemos relacionar con la arquitectura y con la novela gótica es la cárcel de Azkaban. Sus espacios, al igual que los de Hogwarts, parecen inspirados en los grabados de Giovanni Batista Piranesi, y lo que sucede en ella, el horror, la tristeza y la desesperanza, se parecen al infierno que describe William Beckford en Vathek. Mientras que los prisioneros de Azkaban están condenados a vivir sin recuerdos felices gracias a la presencia de los dementores, los condenados al castillo subterráneo que hace las veces de infierno en Vathek, deambulan por los pasadizos con la mirada vacía y con el corazón envuelto en llamas para siempre.

Elogios aparte, resulta revelador percatarse de que, en la serie Harry Potter, estos espacios tenebrosos e inspirados en el ambiente que domina obras como Drácula de Bram Stocker, Melmoth el errabundo de Charles Maturin, El castillo de Otranto de Horace Walpole o como El Gólem de Gustav Meyrinck, están gobernados por el Bien, por el deseo de superar cualquier escollo que se atraviese en el camino de la rectitud moral.

Acción, magia y moral

Sin embargo, el orden del universo que se plantea en estas novelas es complejo y fascinante. Por un lado se encuentra el mundo “muggle” o mundo sin magia. Allí los personajes son crueles, monótonos y aburridos hasta alcanzar niveles de oprobiosa caricatura. Así son los tíos de Harry: Vernon y Petunia; así es Dudley, el odioso gordito que goza humillando a su primo huérfano... Por otro lado, se encuentra el mundo de la magia. En ese espacio que es el reverso del mundo real, y donde todo lo imposible se vuelve posible, brotan valores como el honor, la amistad, la fidelidad, el compromiso, el esfuerzo, la inteligencia y el valor. El mundo “muggle” que rodea a Harry al comienzo de cada libro está lleno de una crueldad compulsiva que se ve burlada cada vez que irrumpe en su entorno algo de magia. Es como si al mundo real monotemático y malvado le cayeran unas gotas de anarquía que se vuelve salvadora en tanto logra poner patas arriba a la realidad. Pero, cuidado: advierta el lector que el mundo mágico lleno de los valores morales que se le enseñan a un joven en una escuela como Hogwarts también está expuesto a la anarquía que produce la magia, sobre todo si ésta proviene del “lado oscuro”, de Voldemort, del mago malvado cuyo nombre no debe ser pronunciado por ningún otro mago. En otras palabras, el efecto benéfico que produce la acción subversiva de la magia es relativo. Mientras sirva para subvertir el orden “muggle” que veja a Harry, la vemos con buenos ojos, pero cuando subvierte el orden moral de Hogwarts y del mundo mágico se trueca en algo destructivo. De ahí sólo podemos concluir que la magia es peligrosa; es un don que requiere ser usado con responsabilidad.

La magia, según lo que se percibe entre líneas en las aventuras de Harry Potter, no se limita al extenso catálogo de hechizos, pociones y objetos mágicos, sino a algo más: a la posibilidad creadora del espíritu humano, a su capacidad para amar y odiar, a su eterno dilema entre construir o destruir... Para ser más exactos: la magia es la vida, y la vida (que de por sí es el más impresionante acto de magia que pueda existir aquí o en cualquier otro planeta) es peligrosa. Nosotros, con nuestra lectura, asistimos al momento y al espacio en que un conjunto de personajes encabezados por Harry Potter está aprendiendo semejante lección. Eso explica la riqueza del ciclo, nuestra identificación y fidelidad lectora... Tómese cualquier episodio, cualquier aventura de Harry, Ron y Hermione y se verá que, en sus detalles más pequeños, los personajes están percatándose de que existen la muerte, la fidelidad, la traición, el engaño, la cobardía, el valor, el honor, la tristeza... En fin, todas las posibilidades del abanico sentimental que el espíritu humano puede albergar. Por eso es que en todas las novelas de esta saga hay un elemento que se repite casi en cada página: el dolor.

Si la vida y la magia son peligrosas, también es verdad que hacerse adulto duele. Harry Potter es un personaje consustanciado con el dolor. No sólo le arde el estigma con forma de rayo que lleva en la frente cuando se encuentra cerca de Lord Voldemort; también le duele el alma hasta el delirio cuando se topa con los dementores y éstos le traen a la mente el recuerdo de las voces de sus padres en el momento de ser asesinados. Harry Potter experimenta el dolor cuando junto a él muere Cedric Diggory o cuando Peter “Colagusano” Pettigrew le pasa un afilado cuchillo por el brazo para hacerse con un poco de su sangre. De igual modo sufre hasta el hartazgo cuando no puede desarrollar su patronus para luchar contra los dementores o cuando entiende que su padrino, Sirius Black, debe huir al no poder presentar las pruebas de su inocencia. El dolor de Harry, que es el dolor de hacerse adulto, es inmenso e inconmensurable. En todas las novelas es un elemento que se extiende a lo largo de cada página en forma de retos, pruebas, desafíos que el personaje enfrenta sin poder evitarlos. Cada juego de quidditch, cada aventura en un laberinto, cada acertijo, cada lucha contra un basilisco gigante, contra un ajedrez de piedra, contra un dragón o contra un monstruo cualquiera no son más que metáforas del dolor que produce el aprendizaje, el crecimiento, la toma de conciencia del ser que va dejando de ser niño para convertirse en adulto. Pocas veces como en Harry Potter se ha visto que el desarrollo de las aventuras del personaje tenga un trasfondo tan complejo y tan conectado a valores profundamente humanos. Quizás en este elemento educativo, en este deseo de generar una formación moral que ayude a soportar los dolores de la vida con dignidad, se encuentre el centro del éxito que ha tenido la serie de libros que nos convoca, aparte, claro está, de la creación de un sin fin de situaciones y de detalles henchidos de una admirable originalidad.

Diseño objetual, acción portentosa y magia deportiva

El ambiente en el que se desarrollan las peripecias de Harry Potter está lleno de objetos mágicos que constituyen un reto a nuestra imaginación y a algo que es mucho más complejo. Cuando leemos, generamos una conexión entre las palabras y el mundo. Eso produce, de manera casi inevitable, un cambio en nuestra percepción de lo que nos rodea. Piensen por un instante cómo puede ser ese cambio de percepción, esa sorpresa, ese cuestionamiento a nuestra medianía, cuando leemos un libro donde hay varitas mágicas, huevos que guardan mensajes que sólo se pueden oír debajo del agua, autos y motocicletas voladores, sombreros parlantes, mapas que muestran lugares y personas, escobas voladoras, calderos en los que se hacen extraños menjurjes, “trasladores” para ir de un sitio a otro sin caminar, autobuses “noctángulos”, periódicos con fotos que se mueven, recipientes para guardar los pensamientos, lentes, espejos y juguetes mágicos, adminículos que miden la animadversión entre las personas, libros que hablan, cuadros con figuras que se mueven, capas que vuelven invisibles a quienes se cubren con ellas, barcos submarinos, polvos que sirven para transportarse de chimenea en chimenea, chucherías capaces de hacerle crecer la lengua a quienes las consumen, relojes que permiten a su dueño volver al pasado, velas que se encienden solas, piedras filosofales, cervezas de mantequilla, bebidas de hidromiel y demás adminículos extraños. El mundo creado por J.K. Rowling en Harry Potter está lleno de artefactos que, a pesar de no existir, son coherentes en su diseño; tienen tanta coherencia que en algún momento uno de los personajes se atreve a afirmar que en el mundo “muggle” la tecnología sustituye a la magia... Curioso talento el de diseñar objetos imposibles, el de imaginar objetos creados para violar a través de la fantasía todas las leyes físicas de este mundo.

Tal vez el cenit de esta cualidad creadora de imposibles se encuentre resumida en uno de los elementos más llamativos de la obra: el juego de quidditch.

El quidditch es un deporte que podría existir en la realidad. Salvo porque las escobas no vuelan y porque no existen pelotas que se mueven a voluntad, el deporte más popular del mundo mágico es un evento que tiene su propia lógica, su propio desarrollo y sus propias reglas. Tal vez su presencia en la saga de Harry Potter también responda a una cita cultural, a un guiño de ojo que nos lleve a otros libros o a otras historias. Sin embargo, en este caso, el quidditch tiene menos relación con citas librescas que con el desenfreno visual e imaginativo que manejan con toda naturalidad las nuevas generaciones.

El quidditch es un deporte, y como en todo deporte, hay entre él y la realidad un contrato firmado en torno a la ficción y a la violencia. El reglamento de cada actividad deportiva es la medida de los actos en la ficción que representa cada juego, y cada acción dentro del deporte supone un acto de violencia medida destinado a sublimar un acto de violencia real.

A pesar de sus semejanzas con eventos reales como el basketball, el polo, el cricket y el fútbol, el quidditch es un “deporte” que fluye sin problemas en el espacio de la ficción. Sin embargo, y por más semejanzas que encontremos entre la actividad más popular del mundo mágico de Harry Potter y nuestros “deportes muggles”, hay en el quidditch de la página escrita un enlace con otra actividad de la que lanzan denuestos casi todos los que reniegan de la cultura contemporánea. Me refiero a los juegos de video de los que son fanáticos los mismos lectores jóvenes que con fruición leen las aventuras del niño mago.

Cabe preguntarse (y no es el espacio para extenderse en una larga disertación) si un juego de Street Fighter o de Mario Bros califican como deportes. Visto a simple vista y con una mirada conservadora, pareciera que no. La verdad es que sonaría raro si dijéramos que jugar Nintendo produce en el practicante una mente sana en un cuerpo sano o un desarrollo muscular semejante al que produce la natación. A decir verdad, los videojuegos generan un desarrollo en los reflejos y una agilidad mental que disponen al individuo a un modo de pensamiento que se guía por impulsos rápidos y momentáneos que sustituyen a cualquier discurso pausado. Sin embargo, cualquier videojuego tiene una lógica que encierra en sus reglas la fantasía, la confrontación y la violencia, todos ingredientes que forman parte de las ansias que satisfacen en distintos niveles el deporte, el arte y el entretenimiento.

Un juego de quidditch (tal y como aparece en los libros y en las películas) es tan frenético como cualquier Gamecube o cualquier Playstation. En este particular, resulta muy interesante y muy revelador el hecho de que una obra literaria tan exitosa entre jóvenes como la saga de Harry Potter contenga elementos que provienen de discursos tan tradicionalmente ajenos a la literatura como son el deporte y los juegos de video, y esto porque en el fondo de semejantes actividades subyace la existencia de un mundo moral en el que se exige jugar, competir y ganar sin salirse de las reglas.

El quidditch en Harry Potter es un sucedáneo benéfico de la violencia y del dolor que destila toda la obra. Es un espacio de acción y suspenso ajeno al horror que desata Voldemort y a las cuitas del personaje principal. El quidditch es uno de los ingredientes del libro que mejor se conecta con la imaginación y con las necesidades de sus jóvenes lectores. Por si fuera poco, es junto con el ambiente gótico de misterio, tenebrismo y asesinatos, uno de los engranajes del libro que le permite a la industria cultural contemporánea convertir las aventuras del joven mago en un ecosistema mercadotécnico capaz de desarrollarse en el espacio literario, en la pantalla de cine, en la televisión, en álbumes de barajitas, cd roms y cualquier otro formato.

Final

El mundo retratado en este ciclo de novelas es como una lectura frenética de la Edad Media que nos cuentan las sagas artúricas y los cuentos de hadas. Todo Harry Potter es un inmenso fresco barroco en el que la literatura para niños y jóvenes se revisa a sí misma en un espejo en el que caben todas las citas y todas las referencias. Por eso es tan exitoso. Sin importar las barreras idiomáticas, todos nos sentimos de algún modo retratados en ese enorme libro que, al igual que todos los buenos libros para niños, contiene el catálogo de miedos que nos acosan y la manera de contrarrestarlos. En el fondo, los siete tomos de Harry Potter están diseñados para hacernos más agradable nuestro cruel y fastidioso mundo muggle de todos los días.

Caracas, 6 de marzo de 2003