miércoles, enero 09, 2008

TEORÍA Y ARTE DEL BOCHORNO Pongamos que por primera vez una amiga tuya te lleva a su casa y, al abrir la puerta, sus papás, sus abuelos, sus hermanos y la tía Paquita, están comiendo. Pongamos también que la mamá de tu amiga te dice que te sientes a la mesa porque hay pollo y ensalada de sobra, y tú te ruborizas, pero haces lo que tu amiga y su madre te indican; te sientas, ves cómo te sirven, les sonríes a todos y te pones más colorado hasta que alguien, que por lo general es la tía Paquita, te dice:
—Tú come tranquilo porque «pena» son sólo cuatro letras.

Esa conseja tan repetida por las tías Paquitas del mundo y que tanto consuelo le han brindado a los jóvenes que pisan por primera vez las casas de sus amigas, no sólo tiene un error de concordancia que hace que suene mal, sino que no es verdad. «Pena» no son apenas cuatro simples letras, y ¿saben por qué? Porque entre una y otra cabe un océano de bochorno.

Una tarde X, Dakmar caminaba con Sebastián rumbo al metro. El chamo seguía a su madre, pero armando todo un show de lágrimas y gritos porque no se detuvieron en el puesto de helados que acababan de pasar. Dakmar continuó con paso estoico su caminata, pensando que si el nené seguía ofreciendo aquel show, se voltearía y le mostraría su lado de mami oscura. No obstante, la pataleta de Sebastián fue in crescendo con una rapidez inusitada y, cuando se dio cuenta de que los helados quedaban más lejos que la boca del metro, el carajito quiso apretar el freno con fuerza. Por eso se aferró a la falda de la mamá y, de un solo jalón, se la dejó en los pies.

Los gritos de los pícaros universales no se hicieron esperar. No todos los días un hijo desnuda a su madre en medio de la calle… Dakmar detuvo al mundo con un gesto —incluso Sebastián dejó la pataleta—, se subió la falda, se la amarró bien a la cintura, le agarró la mano a su hijo y siguió caminando hasta que se perdió en el metro.

Todos hemos protagonizado algún desastre o sentido en carne propia los rigores de algún bochorno. Todos hemos hablado mal de alguien que resulta ser la hermana de nuestro interlocutor. Todos hemos nombrado la soga en casa del ahorcado o, como le sucedió a Mariela Celis, que una vez fue a cenar donde un amigo cuyo padre tenía años desempleado y lo primero que hizo para romper el hielo en la mesa a la que había sido invitada fue preguntarle al dueño de la casa:
—¿Qué? ¿Y cómo va el trabajo?

Está demás decirles que Mariela no volvió a visitar esa casa.

Hay personas que no actúan, que no gritan, que no se ríen, que no se mueven o que no hablan porque temen hacer el ridículo. Sepan Uds. que el mundo está como está por culpa de tanta gente «seria» que no actúa porque cree que cualquier cosa que haga, la hará quedar mal. Aligérense, disfruten, pásenla bien. Los bochornos, como todas las desgracias, llegan en el momento menos esperado y nos convierten en el centro de atención de los demás. Del cómo reacciones en ese momento dependerá que salgas airoso o que termines de embarrarla. A pesar de que quedó en pantaletas en medio de la calle, Dakmar triunfó sobre el naufragio de su falda porque su amor propio y su dignidad de madre le restaron fuelle al bochorno y a los gritos de los malandros.

También hay individuos que hacen el ridículo de manera consciente y sistemática… De cómo administren el jolgorio y la sorpresa que producen en los demás, dependerá el que los llamen comediantes o gorditos fastidiosos.

Pero el verdadero problema comienza cuando hacemos el papel de tontos sin saberlo o creyendo que nos la estamos comiendo. Ahí sí se acabó todo, como cuando vas por primera vez a la casa de una amiga y, sin que te inviten, te sientas a la mesa, te comes todo el pollo, cuentas cuentos groseros y te acuestas en la cama de los dueños de la casa.

Ahí nadie dirá que «pena» son cuatro letras.