domingo, enero 20, 2008

LOS PURGATORIOS URBANOS Todas las ciudades tienen recovecos que se parecen al purgatorio. Son sitios extraños y oscuros en los que el tiempo parece detenido. Ahí, el silencio reina y una que otra vez se oye un grito o un rugido. Nos referimos, señoras y señores, a los estacionamientos, a esos trozos de ciudad abandonados por la arquitectura y que tantos dolores de cabeza le prodigan a los citadinos.

¿Se ha preguntado por qué nunca hay un espacio libre en cualquier estacionamiento en el que Ud. pretende aparcar su Blazer? Seguramente sí y, además, dirá que es porque en esta época todo mundo tiene carro, y tendrá razón. No obstante, eso no justifica que Ud. se pase diez, quince, veinte minutos dando vueltas en busca de un puesto. Después de todo, si pueden levantar tremendo centro comercial, ¿por qué no pueden construir un buen estacionamiento con choporrocientos metros cuadrados para que todos los visitantes puedan dejar sus Corollas o sus Javelins e ir a hacer sus compras en paz? Me aventuro a decir que es porque, a pesar de que existen cientos de regulaciones, los aparcaderos están hechos con el remanente de los materiales con los que se construyó la edificación y en el sobrante de espacio que quedó libre al levantar el edificio. Si no, ¿cómo se explican tantas cabillas oxidadas saliendo del concreto o tantas tuberías y tantos ladrillos pelados saliendo de tanto estacionamiento horrible?

¿Cómo se explica, además, la existencia de unas rampas todas torcidas en las que el techo de tu carro y el de la edificación casi echan chispas por el roce? ¿A quién se le ocurrió generar un canal de ida y otro de venida en un sitio donde apenas cabe un carro? ¿Quién inventó ese sistema de aparcar un auto detrás de otro para tener que dejar la llave y que un «parquero» se monte en tu carro, te lo raye y te lo deje oloroso a humo y a gasolina?

Hay estacionamientos de todo calibre, pero los más populares son los que se asientan en los sótanos de los edificios dos, tres, cuatro, cinco, seis o más niveles hacia el fondo de la Tierra, junto a las bases de la construcción. La verdad es que no hay sótano bonito. Nómbrenme uno y les daré un premio… Recuerden que sótano que se respete, tiene su lado siniestro, su tasca, su bar de nudistas, su ferretería, su sala de teatro experimental y su venta de DVDs quemados. Bajar a esos lugares es ir tras la pista de Arne Saknussemm al tiempo que se corre el riesgo de perderse o de toparse con una Boa constrictor gigante que sabrá Dios cómo apareció en ese lugar.

Lo más extraño es que no hay manera de librarse de estos purgatorios urbanos. Si estacionas en la calle, expones tu carro a que se lo lleven, a que lo desvalijen o a que seis manganzones con franelas de Iron Maiden se le sienten en el capó, mientras toman cerveza y hablan sobre la batería de Lars Ulrich.

Como no hay manera de librarse de los estacionamientos, quizás lo mejor sea encomendar el LTD al Señor o escoger el aparcadero que sabes menos malo. Hay quien, por ejemplo, prefiere los estacionamientos mecánicos, ésos que funcionan en un edificio en el que dos o tres ascensores gigantes (uno siempre está dañado) suben y bajan los autos a distintos pisos y los estacionan sin daño ni perjuicio para nadie porque allá, en las alturas, ningún carro se le atraviesa al otro, a menos que el «parquero» quiera producir un desastre.

A propósito de «parqueros» (¿quién habrá inventado esa palabra?), cada vez que mi amigo Xabier Escalante se encuentra estacionando su camioneta y recibe la ayuda de uno de estos sucesores de los antiguos mozos de cuadra, él monta en cólera, se le brotan las venas del cuello y se le ponen los ojos amarillos. Tal es el efecto que en él producen los estacionamientos.

Y locos no faltan en ninguna parte.