viernes, enero 04, 2008

LA MANO DE LA GLORIA Hubo un capítulo de Seinfeld que trataba sobre una chica hermosa que tenía manos de hombre. Jerry, George y Kramer le huían a la dama porque no podían con aquellas manos nudosas y largas a las que les faltaba una cremita. Era como si las extremidades no le pertenecieran a su dueña, como si unos extraterrestres, en un experimento demencial, le hubiesen puesto las manos de un plomero o de un mecánico. Por supuesto, el error en la anatomía de aquel personaje femenino era el centro de los chistes y de todas las situaciones de aquel episodio memorable.

Yo no soy como los maniáticos de aquella serie. Yo creo que las manos son perfectas aunque sean feas. Obsérvense las suyas. Mírenlas con atención (si están sucias, por favor, lávenselas). ¿No son una maravilla? ¿No se sienten felices de tenerlas, de poder agarrar con ellas el tornillo de un reloj o el caucho de una gandola? ¿No es una felicidad tener diez dedos y moverlos y jugar a que dirigimos una orquesta o a que dibujamos un dinosaurio en el aire?

No hay nada más sugerente que las manos de una mujer bailando. Otros que le vean los pies, las piernas o las caderas. Yo les veo las manos a las bailarinas. Ahí se concentra un extraño misterio que se parece —no sé por qué— al de las luciérnagas. Una mujer que baila y agita las manos, está a punto de volverse luz.

No se asusten. No estoy delirando. A partir de esta línea vuelvo a ser el de siempre.

Para que me crean, les voy a contar que tuve un tío que sustituía el brazo que le faltaba por otro de madera. Ese tío nunca demostró el menor resentimiento por aquella ausencia. Al contrario. Era un hombre pulcro que aprendió a amarrarse los zapatos y a hacerse el nudo de la corbata con una sola mano. Sólo se quejaba cuando quería hacernos reír a mi hermano y a mí con un cuento escatológico.
—Una vez me monté en un autobús y no había puesto. Tuve que ir de pie, agarrado a un tubo y rodeado por un montón de caballos. Iba incómodo, pero bien, hasta que alguien (un maleducado, sin duda) tuvo la ligereza de dejar escapar de su cuerpo… ¿cómo decirlo de manera elegante?… «un regalito de aire».
—Tele, Tele —mi tío se llamaba Telésforo—, ¿y qué hiciste tú?
—Nada. Ver cómo los demás se tapaban la nariz con una mano y se aferraban al tubo con la otra, mientras yo tenía que aguantar la respiración… Llegué verde a mi casa.

Y nosotros nos reíamos a carcajadas.

Fíjense qué importantes son nuestras manos. Si queremos demostrar que nos gustó la actuación de alguien que está en el escenario, aplaudimos. Si algo nos enciende la curiosidad, lo tomamos, lo vemos de cerca, lo olemos, lo saboreamos y, si no nos satisfizo (o es muy caro) lo devolvemos a su puesto con cuidado. Las manos son tan importantes que cuando mantenemos una conversación con los demás, las movemos para arriba y para abajo, las abrimos, las cerramos, las ponemos a decir o a subrayar aquello que necesita declararse con mucho énfasis, a sostener un cigarro que deja su estela de humo en cada movimiento, a abrirse, a cerrarse, a convertirse en puño o en palma que termina amoratándole la cara a alguien que se interpuso en su camino.

Una vez leí una novela de Patrick O’Brian en la que el doctor Stephen Maturin abordó en Portsmouth una de las naves de su majestad británica, llevando en su equipaje una mano humana disecada a la que estudiaría con fruición. Nunca como en esa oportunidad, los marineros ingleses se sintieron tan protegidos. Para ellos, aquélla era «la mano de la gloria» y nada les podía pasar.

Lo malo fue que doscientas páginas después, en medio del océano Atlántico, el perro del capitán de la Infantería de Marina se comió la mano de la gloria.

Y ya se imaginan Uds. lo que sucedió.

¡Cuántos cuentos! ¡Cuántas manos! ¡Cuántos aplausos!