miércoles, enero 16, 2008

EL ASCENSOR DEL HORROR El mundo de los ascensores es inaudito. Para empezar, el elevador cumple, en el edificio, la función que la plaza pública cumplía en las ciudades antes de que el excesivo crecimiento urbano las convirtiera en sendos desastres. El ascensor es hoy el punto en el que todo el mundo se encuentra antes de seguir su propio camino, de montarse en el metro o en el autobús para ir a la oficina o a la escuela, para ir al gimnasio o a la reunión de Stanhome en casa de Marianela.

Los que nos queremos y los que nos odiamos, los que nos llevamos bien y los que nos llevamos mal, los conocidos, los desconocidos, los feos, los bonitos, los gordos y los flacos, nos encontramos ahí, en ese carro cuya única función es subir y bajar gente, aunque nunca falten los irresponsables que montan lavadoras, secadoras, neveras, escombros y hasta motocicletas en ese aparato que permite que lleguemos rápido a nuestra casa cuando nos estamos reventando y clamamos por un baño.

El mundo de los ascensores tiene sus detalles. Hace años, cuando trabajaba en el Centro Simón Bolívar, tuve la oportunidad de conocer a un ascensorista lector que, mientras apretaba los botones y recorría los distintos niveles de la torre norte, leía con fruición todo tipo de libros. Un día, al ver lo que aquel hombre simpático y de tez oscura leía, por poco me da un pasmo. Nunca he podido entender qué hacía un ascensorista venezolano leyendo Mein Kampf, pero de todo hay en la viña del Señor o tal vez someter al cuerpo a tardes enteras de ascensos y descensos vertiginosos produzca un desorden sináptico que lleve a la víctima a leer semejantes mamotretos.

Otra particularidad del mundo de los ascensores tiene que ver con que, al entrar, reina un silencio espectral que, a veces se ve interrumpido por la conversación entre una o dos personas que se conocen, que viven o trabajan juntas. Lo normal es que en el ascensor nadie hable, que todo el mundo mire hacia los numeritos para ver por qué piso andan, que se mire en el espejo para ver si sigue bien peinado o si la corbata no tiene una desgraciada mancha de sopa o café.

Hay miles de cuentos que ocurren en ascensores. Todo el mundo se sabe el chiste del señor al que nadie respondió los buenos días, y por eso se sintió en libertad de dejar escapar una pluma sonora ahí, en medio del gentío que bajaba hacia la planta baja del edificio. También está el de los dos sujetos que se cayeron a tiros dentro de un elevador o el de la boa constrictor que vive en el foso de un enorme inmueble caraqueño… Demás está decir que esos cuentos alimentan las leyendas urbanas y también —¿por qué no?— nuestro acervo cultural… Ah, y la enorme serpiente se alimenta de las ratas que viven en las paredes del edificio. ¿De qué creen Uds. que se alimentaba: de los usuarios del elevador?

Pero, damas y caballeros, seamos claros: no todo el mundo tiene la educación necesaria para montarse en uno de estos aparatos. Hay, por ejemplo, manganzones impresentables que se jurungan el acné frente al espejo. Hay señores atorados que entran al ascensor sin importarles los que salen de él; gente que no espera al prójimo y no mueve un dedo para que la puerta no se le cierre en la cara; señoras a las que no les importa meter a sus tres primas, a sus papás, a sus nietos, a sus perros y gatos en el mismo ascensor. Ah, pero los peores ciudadanos son los que toman el ascensor para subir al primer piso. Se les olvida que el ejercicio es bueno para la salud, pero la gordura les obnubila el seso.

¡Cuánto horror!

Para que el mundo de los ascensores funcione se requiere de urbanidad y de respeto hacia las formas, de paciencia y civismo, valores que no están muy de moda en esta época aciaga, pero que de vez en cuando hay que recordar.