sábado, enero 05, 2008

CADA MANIÁTICO TIENE LA CAMA QUE SE MERECE Le Corbusier era un artista extraordinario. Quién sabe cuál de los meandros de su talento le hacía decir que una silla era una máquina para sentarse o que un sombrero era una máquina para cubrirse la mollera. Según esas definiciones hermosas y tautológicas, la cama es una máquina para dormir, pero también para ver televisión, para hacer cositas, para nacer, para morir, para meditar y hasta para comer, si no te importan las boronas… La cama, señoras y señores, es uno de los grandes inventos de la humanidad. ¿Quién lo duda?

Que la cama sea un espacio definido para solazarse en el placer o para sudar una fiebre malhadada es una muestra de civilización que hoy cubrimos con edredones y mullidas almohadas. Lo que en un pasado remoto fue una capa de hojas y de paja en el rincón más sabroso de la cueva prehistórica, hoy es un colchón semiortopédico montado sobre un jergón y presidido por un extraño copete de madera. Esa historia, la de cómo nuestros tátara abuelos decidieron que debía existir un mueble sobre el cual dormir, siempre me ha intrigado (también me intrigan los hábitos reproductivos de las hormigas, pero eso no tiene nada que ver con lo que estamos hablando).

El invento de la cama fue obra de unos seres que dejaron de errar por el mundo y de dormir donde les cayera la noche. Esa misma gente no sólo decidió que debía dormir bajo un techo, sino que en medio de esas cuatro paredes, no se podía dormir tirado en el suelo. Había que acostarse sobre algo que estimulara el reposo. Así definió que en esta o en aquella estancia del refugio se dormiría y que en ese preciso lugar habría un objeto para ello. Así, la cama es la definición de un espacio (que hoy es rectangular, cuadrado, circular, acorazonado como en los moteles caros…) dentro de otro espacio.

Pero, dejemos el delirio. Solacémonos en el cuento del señor Morales, un hombre de bien, fiel cumplidor de sus obligaciones como ciudadano, como esposo y como padre, que, como todos los seres humanos, tiene sus manías. La de él, tiene que ver con que un día fue con su esposa a comprarse una cama nueva. La señora se enamoró de una que era alta y con unos adornos que recordaban frisos neoclásicos. El señor Morales aceptó a regañadientes adquirir aquel mueble, pero a los tres días, después de haber pasado dos noches de insomnio, fue hasta el cuarto de las herramientas, tomó un serrucho y le rebanó las cuatro patas a su cama nueva. Cuando su esposa lo vio, se puso como una gárgola de ojos incendiados y lengua bífida. Ni hablar de las muecas que hizo cuando su marido arguyó:
—Mi vida, no te pongas así. Las corté porque la altura me mareaba.

La señora terminó en una ambulancia.

Hay gente maniática en todas partes. A Roberto, por ejemplo, no le gusta dormir más allá de las siete de la mañana. Si lo hace, le da dolor de cabeza. Tampoco le gustan las sábanas de figuritas, florecitas ni bichitos porque le pasa lo mismo que al señor Morales: se marea, y no hay nada peor que marearse en una cama. Si lo sabrán los borrachos… Fue un bebedor profesional (y no un marinero) el que inventó el método de «echar el ancla»; es decir: sacar un pie de la cama y apoyarlo en el piso para evitar que aquel mar de alcohol borrascoso se lleve al más allá todo lo que el bebedor consumió esa noche.

Y para que no quede duda de cuán diverso es el mundo de las camas, aquí tienen una bella historia digna de Groucho Marx:

Cuando Lela llegó del hospital, en su cuarto la esperaba una cama-clínica. Esa madrugada habría dormido bien si, de pronto, no hubiera sentido un espeluznante corrientazo.
—No puede ser, mamá. Usted está muy sensible por la operación. Quédese tranquila.
—No. Esa vaina me pegó corriente. Ayúdeme a bajar de aquí o no respondo.

Y cuando lo hizo, la cama explotó.