jueves, diciembre 20, 2007

LA AREPA DE LA SUERTE No tengo ni la más mínima idea de cuál es el origen de la arepa, pero sé que no se come sólo en Venezuela. Cuando fui a Bogotá hace unos años, vi areperas donde te servían el popular alimento en una estructura metálica que parecía un servilletero. La función de la mencionada estructura es mantener cerrada, y en posición vertical, a la arepa y evitar que su relleno se desborde.

Nunca he estado en Centroamérica, pero sé que en Costa Rica y en El Salvador hay regiones donde se prepara y se come desde hace siglos tan versátil producto.

Pero no es de la historia de la arepa que vinimos a hablar hoy; es de la voluptuosidad y de la exuberancia que rodean a ese círculo de masa asada en nuestro bello país.

En primer lugar, echemos un vistazo a nuestras areperas. Observemos que constituyen un lugar de reunión al que se asiste en familia o con los amigos, con la jeva legal o con la jeva furtiva, estando sobrios o «alterados», a las dos de la tarde o a las tres de la madrugada. Esa posibilidad de ir siempre a una arepera es una de las principales características de estos establecimientos decorados con cabezas de reses disecadas, con paisajes que recuerdan ciénagas y cortijos llaneros y con delirios escultóricos como el de la célebre arepera llamada Doña Caraotica, en el que una suerte de friso hecho en concreto muestra a una caraota gigante halando, cual buey, a una carreta llena de frutas.

En las areperas venezolanas hay especimenes humanos que se solazan de madrugada contra la vitrina donde se exhiben las montañas de queso amarillo rallado, las lunas de guayanés, los pantanos rosados donde flotan unas salchichas gozosas o unos huevitos de codorniz, las praderas de carne mechada, pollo, cazón, perico o asado negro, los pozos donde se bañan unas pepitonas y unos pulpos añejos... Allí, frente a ellos, siempre están los oficiantes de una fiesta de colores y sabores que se mezclan con la conversación (e incluso la golpiza) entre el policía y el borracho, entre el gordito trasnochado y la chica que viene de una boda con los juanetes latiéndole. Ahí, frente a la vitrina de la arepera, hemos desfilado todos, hemos expresado nuestra venezolanidad pidiendo una reina pepeada, una de pernil con queso amarillo y un jugo de mango («con poca azúcar, flaco, si me haces el favor»).

Por cierto, y perdonen la digresión: ¿se han fijado alguna vez en las mil y un maneras que tienen los responsables de redactar los menús de los restaurantes en Venezuela de escribir el nombre de ese sandwich llamado «Club House»? En más de un restaurante y de una arepera (porque arepera que se respete, no ofrece sólo arepas ni hervidos de gallina ni mondongos) he visto escrito el nombre del popular bocadillo y siempre me sorprenden con una variante que ni siquiera había imaginado. Por ahí he leído «Club Hause», «Club Haus» e incluso «Clod Huas». ¡Cuánto horror!

Para terminar, quisiera contar una breve historia.

En una noche de hace cinco años, Mariela Celis pasó por una arepera antes de ir a su programa de radio. Después que pidió un jugo y respondió con amabilidad los elogios que le dijera el encargado de los batidos, ella miró hacia el fondo del local y vio a alguien que nunca pensó encontrar en un local como ése. Allí, melancólico y acompañado por dos gorilas y una mujer, se comía una arepa de queso telita y una ensalada de aguacate el mismísimo Gustavo Cerati.

Mariela no lo pensó dos veces. Se le acercó, le pidió disculpas y le preguntó si ella podía entrevistarlo por teléfono para su programa de radio.

Así fue como esa noche, en medio de una arepera normal y corriente, Mariela Celis hizo la entrevista de su vida.

Y luego dicen que no existe una arepa de la suerte.