martes, diciembre 04, 2007

FIRMIN, AVENTURAS DE UNA ALIMAÑA URBANAFirmin, aventuras de una alimaña urbana, de Sam Savage, es una extraordinaria novela. Su protagonista, una rata que nació en el sótano de una librería y cuyo nombre le da nombre a la novela, es un personaje triste y encantador que en más de una ocasión logra arrancarnos lágrimas. La soledad en la que vive no es lo único que nos conmueve de este personaje; es también la autoconciencia que adquiere de sí mismo, de su naturaleza, de su lugar en el mundo y hasta de su fealdad, gracias a la lectura. Firmin, queridos lectores, es una rata lectora que literalmente devora libros. No sólo se los come, sino que los lee, lo cual la convierte en un individuo raro para los de su especie y hasta para los de su propia familia. He ahí uno de los detalles que golpea al lector con mayor fuerza: esta novela lleva encriptada una reflexión sobre la lectura, sobre cómo esa actividad nos cambia, nos vuelve exigentes con nosotros mismos y con los demás, y nos ofrece siempre una revisión crítica del mundo en el que vivimos. Esa reflexión solapada se materializa en la medida que avanza el relato. A Firmin no le satisface el hoyo cálido que comparte con su madre y sus hermanos, y se lanza a explorar su mundo. De esa manera pasea por los intersticios que dejan las tuberías en las paredes del edificio viejo donde vive y llega hasta sitios que se convertirán en todo un privilegio para lograr los que más desea: entender cómo es y cómo funciona el universo que lo rodea: el de la librería con sus clientes habituales, su dueño y sus fascinantes libros.

A la par de esas exploraciones realizadas por propia voluntad, Firmin acompaña una que otra vez a su madre y a sus hermanos a deambular por la plaza Scollay, en Boston. A diferencias de los suyos en solitario, aquellos paseos tenían como finalidad que las ratas jóvenes aprendieran los rudimentos para defenderse en la vida: roer un trozo de algo por aquí, lamer un refresco regado por allá, escudriñar basura de aquel lado... Sin embargo, en lugar de prestarle mayor atención a la medra, Firmin observa con fascinación los anuncios de las beldades desnudas, la fachada del cine, el banco en la plaza y todo cuanto la clandestinidad de un momento al aire libre puede ofrecerle a un animal que vive siempre entre las sombras... La rata, envenenada por la lectura, se ha entrenado sin quererlo en el arte de ver belleza en todas partes, tal como le sucede a la persona sensible que somete su espíritu al fuego de las palabras que traen los libros.
Lo malo de ver belleza en todo cuanto nos rodea es que muchas veces esa capacidad nos aísla de aquéllos que ven la vida como una sucesión de momentos que deben invertirse en la propia supervivencia, y ese aislamiento puede ser mortal. Firmin es una muestra de ello. Sus congéneres lo ven como un bicho extraño y los humanos, con quienes podría hablar de tú a tú sobre libros, lo ven como lo que es, como una rata. No en vano el dueño de la librería llega a tratar de envenenarlo. Sólo un escritor llamado Jerry Magoon, alguien tan enfermo de sensibilidad como Firmin, alguien tan raro como esa rata que se mueve a lo largo del libro como una rata y no como un ratoncillo humanizado tipo Mickey Mouse o Bernardo y Bianca, llega a asumirlo como mascota y a darle un poco de cariño.

Firmin, aventuras de una alimaña urbana tiene páginas memorables, como aquéllas en las que la rata se escabulle de su madriguera y se introduce al cine a ver películas de vaqueros y musicales fastuosos. Allí no sólo alimenta su cerebro con las fantasmagorías del séptimo arte, sino que rebusca en las alfombras del lugar para conseguir barras de caramelo, trozos de pizza o bocadillos a medio comer. Juan Carlos Chirinos, hombre serio y principal promotor de esta novela entre su grupo de amigos, dice que después de haberla leído, cada vez que va al cine, riega palomitas de maíz y trozos de chocolate en el piso, por si acaso en esa sala madrileña anda Firmin o un émulo de sus pequeñas hazañas.
El mundo de Firmin es tan tranquilo como puede ser el mundo de una rata hasta el día en que comienzan los trabajos de demolición de la plaza Scollay, de los edificios que la rodean y del barrio donde se encuentra. Ese proceso en el que van llegando los bulldozers, los tractores, los obreros, las máquinas fumigadoras, los picos y las palas, es el apocalipsis para las alimañas que pueblan los viejos y cariados edificios de ese punto de Boston. Sin embargo, Firmin, en lugar de irse, reafirma que ese sitio que están derrumbando es suyo porque sí, porque allí nació, y no se va; no abandona el espacio donde fue feliz y donde están todos sus recuerdos reales o literarios, no importa su naturaleza porque son suyos y están ligados a un edificio, a una cuadra, a un barrio al que no importa si destruyen o cambian.

Firmin es una gran obra; es triste, desoladora y muy bella a la vez, aunque estemos hablando la historia de una rata solitaria y cabezona.

Sabrá Dios si los autores de Ratatouille leyeron esta bella novela y convirtieron a la rata lectora en chef... Hicieron bien porque cocinar siempre ha tenido más rating que leer.