domingo, diciembre 30, 2007

EN NAVIDAD TODOS SOMOS BUENOS Un camión que transportaba mercancía navideña se estrelló contra un poste en las inmediaciones de La Candelaria. Los transeúntes vieron con satisfacción que, a pesar del aparatoso accidente, no hubo heridos y que, además, en el lugar del hecho, quedó armado de manera espontánea un nacimiento. Ahí, en el asfalto, quedaron tiradas decenas de ovejitas, casas, veinte mulas y dieciocho bueyes (dos se fueron por una alcantarilla), treinta y dos San Josés, catorce Vírgenes Marías y dieciséis Niños Jesús de plástico, además de ingentes cantidades de musgo, escarcha, luces, tres cajas con ángeles, reyes magos y camellos, aparte de tres docenas de discos de Nancy Ramos.

Nada. En navidad ocurren todos los milagros.

En esta época nos damos regalos, el tiempo se lentifica y en las oficinas se trabaja poco porque todo mundo sale a hacer compras y a pelar la pava. Eso es lo bonito de nuestra navidad; eso y tener una excusa para tomarse unos tragos.

En estos días también hay momentos extraños que surgen porque la gente siente que tiene permiso para hacer y decir tonterías. Eso le pasa a quienes no beben ni comen con moderación, a aquellos que creen que rascados manejan mejor y a esos seres extraños que creen que porque ellos están de rumba, todo el mundo está de rumba. Mención especial merecen esos bárbaros que venden, compran y queman pólvora como locos a pesar de que están prohibidos los fosforitos, los triqui traquis, los silbadores, los cohetones y todos esos artefactos que explotan y que le arruinan la navidad a más de uno. Ni hablar de los que, a estas alturas, aún juegan al «Amigo secreto», esa tontería para adultos en la que no falta alguien que termina molesto porque a cambio de un perfume o de un libro carísimo, recibió un muñeco del Hombre Araña.

Si juegan al Amigo secreto o se queman encendiendo un martillito, vayan a quejarse a la oficina de Truman Capote. Para acá no vengan.

Otro de los fenómenos que caracterizan a la navidad es el contraste que existe entre el febril movimiento que hay alrededor de los centros comerciales, y el unánime sopor que se instaura el 25 de diciembre y el 1° de enero. Ese contraste habla de cuán locos estamos, de cuán raros somos los seres humanos, de cuánto confiamos en esa línea imaginaria que es el tiempo y, por supuesto, de cuánta caña bebimos y de cuánto pernil hartamos.

Las fiestas del 24 y del 31 tienen una magia extraña que hace que cada familia se olvide de todas las peripecias que tuvo que padecer para llegar al momento de abrir los regalos o de darle un abrazo de feliz año a la vecina tetona. En esas fiestas no hay señora que recuerde que, al momento de amarrar las hallacas, el marido se fue con sus amigotes a hablar sobre filosofía o sobre los goles de Messi en una tasca y regresó demasiado borracho como para ayudarla a armar el arbolito. Tampoco hay doña, jeva o jevita que recuerde que pasó toda la tarde en la peluquería, que no almorzó y que hasta roncó mientras el estilista Wenceslao le hacía las mechitas para lucir bella en la noche, al lado del pesebre.

Y para terminar esta bella crónica, quiero comentarles algo... En otros diciembres he escrito barbaridades sobre las gaitas. Hoy quiero decirles que me arrepiento de haberlo hecho. Tal arrepentimiento no viene porque me haya dado un derrame cerebral. Viene porque no hay nada más valioso que la diversidad y porque, claro, cuando uno escribía ese tipo de cosas, era un muchacho que no sabía nada de la vida... Ahora sé menos que antes, pero igual me arrepiento de haber hablado mal de las gaitas. Ya lo saben.

Eh, eh… No canten victoria. Sigo prefiriendo a Marilyn Manson que a Neguito Borjas, y eso no cambiará.

Damas y caballeros, fue un placer y un honor escribir para Uds. durante el 2007.
Un gran abrazo para todos.