martes, diciembre 11, 2007

EL FASCINANTE MUNDO DE LOS BANCOS
¿Quién no ha tenido la desdicha de pasar un par de horas en la cola de un banco? Es muy probable que nadie. Ni siquiera los viejitos se salvan de ese flagelo. Cada vez que van a cobrar su pensión de jubilados, los ves desde muy temprano con sus sombrillas, sus gorras y sus periódicos bajo el brazo, haciendo fila en las puertas de una entidad bancaria.El mundo bancario es un delirio que parece salido de la mente de Groucho Marx. No importa cuán serio parezca el banco, cuán grande sea la agencia, cuán bonitos sean los cuadros, cuán grandes sean las pancartas con anuncios que te dicen lo seguro que está tu patrimonio ahí; no importa nada de eso porque cada vez que vayas a hacer una transacción, verás no menos de ocho o nueve taquillas dispuestas para que el público deposite o retire su plata, pero sólo habrá un par de cajeros trabajando en ellas.

¡Dios! ¡Sólo un par de cajeros para tanta gente! Y ni hablar de cuando haces estoicamente tu cola y de pronto, te das cuenta de que dos puestos delante de ti, está un motorizado con las alforjas llenas de cheques por cobrar o por depositar, de dinero que recibir y planillas que certificar. Peor que eso es lo que le pasó a este cronista hace un par de días… Estaba yo, de lo más tranquilo, haciendo mi cola en un banco X, riéndome del mundo porque, de primera en la fila, esperaba una señora china y, detrás de ella, venía yo, silbando y pensando que de ahí me iba a tomar un café o me iba a comprar el libro de Felisberto Hernández que desde hace tiempo me quiero comprar. Cuando el cajero se desocupó, la señora china se paró delante del mostrador y sacó de su cartera una bolsa de Central Madeirense atiborrada de fajos de billetes.
Nunca supe cuánta plata había en esa bolsa, pero el cajero tuvo que fajarse a contar real. Estando ahí parado, con lágrimas en los ojos porque mi tiempo se fue al averno, veía las manos del hombre pasando un billete tras otro a una velocidad indecible. De pronto me imaginé que aquella rapidez debía crear un efecto Walt Disney en la gráfica del papel moneda y que, de pronto, las efigies de los héroes impresas en los billetes adquirían vida gracias al milagro de la animación, y que gritarían cosas como: «¡Apúúúúúúúúrate!», con voz desesperada, aunque poderosa y varonil.

Por cierto: ¿por qué los cajeros de banco siempre tienen un llavero con la foto del hijo? Quién sabe.
El mundo de los bancos es extraño y fascinante a la vez. Son sitios públicos que cada día se parecen más a los aeropuertos. Tú estás de paso en ellos. Nada está diseñado para que te quedes horas ni te distraigas ni te apoltrones en ellos. Todo en los bancos, al menos en teoría, se diseñó para que entres y salgas en menos de un suspiro, pero por quién sabe qué casualidades del destino, el tal suspiro se transforma en bostezo que se repite una y otra vezporque se fue la línea, porque el cajero se paró para tomar agua o para ir al baño, porque alguien arma un escándalo reclamando algo de un cheque con una firma torcida… Nunca faltan los shows... Como la vez en que una señora entró a su banco de confianza y, detrás de ella, se metió una guacamaya. Fue todo un espectáculo ver cómo el pajarraco volaba en círculos y pegaba gritos, mientras la gente se agachaba arremolinada, tratando de mantener sus puestos en la cola, y los vigilantes que, a escobazos, trataban de hacer bajar al ave nerviosa que había llegado para ponerle color a la vida gris de aquella agencia bancaria. ¡Todo un show!

Y para finalizar, quisiera darles un consejo: si van al banco, no se pongan la ropa interior más ruñida que tengan. Uno nunca sabe cuándo estará en medio de una situación bochornosa con unos ladrones que te dejan en calzoncillos en una bóveda oscura.