jueves, noviembre 22, 2007

LA POESÍA DE LA CARRETERA Nada como viajar por carretera, sintiendo la velocidad y la potencia de tu auto. Nada como viajar por tierra oyendo a Miles Davis a todo volumen, mientras vas atento a las direcciones, a los vendedores de panelas de San Joaquín, a las líneas ora continuas, ora entrecortadas de la autopista. Nada como andar por ahí, como un rayo, viendo cómo el mundo se vuelve ráfaga y los árboles y los anuncios y las gentes aparecen y desaparecen fugaces ante tus ojos ahítos de paisaje.

Es verdad: nada como viajar por carretera, pero ojalá fuera tan sabroso (y hasta tan poético) como se expone en el párrafo anterior…

Para empezar, no hay esposa que aguante el que tú pongas a Miles Davis a todo volumen en el equipo de sonido del carro. Para ellas sólo se puede viajar oyendo a Ricardo Arjona, a Roque Valero o a cualquiera de ésos engendros, y líbrate de decir algo, porque andarás por esos mundos junto a una monstruo que sólo te hablará para decirte que te equivocaste de dirección o para chasquear cuando caigas sin querer en un hueco del camino.

Sí, sí, ya sé. No todas las esposas son iguales...

Por si fuera poco, olvídate de andar a más de ochenta por una de nuestras carreteras. Hay un sin fin de obstáculos que te impedirán ir a más: cráteres sin nombre, accidentes tectónicos sin clasificación, «fallas de borde», gandolas que van entre dos canales, autobuses torcidos que van o muy rápido o muy lento, alcabalas con fiscales barrigones, camiones cargados de jojotos o cochinos, carros, más carros, lluvia, más carros, derrumbes, más carros y —¡Santo Cristo de los Ejércitos!— más carros.

Una pregunta que ya he formulado en este espacio: ¿a Uds. no les parece que hay señoras de cierta edad que se atraviesan en los pasillos de cualquier supermercado tal y como se nos atraviesan las gandolas cargadas de tubos o caballos en cualquier carretera? ¿Será que el destino de las señoras será convertirse en gandolas? Quién sabe…

Otro asunto que da al traste con la poesía de nuestras carreteras es la ausencia de baños. La verdad es que somos gente rara. No podemos ver un baño público porque lo rayamos, lo desvalijamos, acabamos con el papel y, si podemos, nos llevamos las piezas sanitarias. Qué extraño es nuestro gentilicio, pero así es. Sólo nos queda desearles que no les den ganas de hacer nada en plena carretera porque tendrán que apelar por el hombrillo y meterse en el monte, exponiéndose a que les pase lo que le pasó al joven Ricardo hace casi siete años.

El joven Ricardo venía de disfrutar de lo lindo en la boda de su hermano que ocurrió el día anterior. Como el matrimonio se celebró a unos cuantos kilómetros de su casa, el joven tuvo que viajar por carretera en la enorme camioneta de unos amigos. Todo estuvo de lo más lucido en la fiesta, pero el muchacho comió algo en el desayuno que le produjo retortijones. Poco tiempo pasó antes del segundo aviso de sus vísceras, cuando el joven le pidió al conductor que se detuviera.

Ricardo tomó un rollo de papel sanitario, besó a su novia, les dijo a sus amigos que lo esperaran unos minutos y se internó detrás de los matorrales adyacentes a la carretera. Ni él ni su novia ni sus amigos contaron con que detrás de los matorrales había un barranco brioso en cuyo fondo terminó el joven Ricardo con los pantalones abajo. La imagen que él recuerda con más cariño es la estar ahí, agachado, yéndose hacia atrás, en cámara lenta, y viendo cómo el rollo de papel se desbarrancaba primero que él, como si aquello le estuviera sucediendo a otro.

Nuestras carreteras están llenas de historias, de camiones, de carros y más carros, pero no de poesía. La poesía está en los libros y, si acaso, en el alma de algunas personas buenas que todavía quedan por ahí, al final de nuestras carreteras.