martes, noviembre 27, 2007

AL TAXISTA CON CARIÑO
Volvamos al mundo de los taxis.

Joaquín Ortega contaba que cada vez que salía de noche, y veía que la rumba estaba a punto de ponerse fuerte, le pedía al mesonero que le trajera un trozo de papel, un bolígrafo y una engrapadora.
—¿Y para qué es esa vaina, Joaquín? —Preguntaban sus amigos.
—¿Cómo que para qué? Para anotar la dirección de mi casa y engrapármela aquí, en la solapa de la chaqueta, junto con veinticinco mil bolos. Así, cuando Uds. me monten en el carro, el taxista sepa a dónde me tiene que llevar sin yo tener que decirle nada.

Los taxistas, damas y caballeros, son los seres con más cuentos en el mundo. Ellos han llevado y traído en sus carros a los más increíbles personajes, los han esperado, los han abandonado, los han puesto —literalmente— a las puertas de un gran amor o de un gran desengaño, de una alegría o de un desastre. Ellos son una versión contemporánea y real de Caronte, el célebre barquero que transportaba en su balsa, y de una orilla a la otra de la laguna Estigia, a las almas que llegaban al infierno de la Divina Comedia.

Nada debe sorprender a un taxista de solera que lleve años en su oficio. En sus carros deben haberse montado extraterrestres, borrachos, parejitas furtivas, asesinos, vendedores, guachimanes, fantasmas, transformistas, demonios disfrazados de gente (o viceversa) y galanes ahítos de baile, pero ansiosos de perro caliente o de reina pepeada a las tres y media de la mañana.

No hay nada que un taxista no haya visto, sobre todo si trabaja de noche. De los adúlteros en interiores que saltan por las ventanas del primer piso a los ladrones que les arrancan los nombres metálicos a las casas, un taxista ha visto poco menos que las lunas de Júpiter. Nada los sorprende; nada los conmueve. Todo lo han visto. Todo lo han intuido en el rostro, en el cuento o en la voz de su pasajero.

Así como hay taxis llenos de elementos decorativos que se han tornado en lugares comunes (sí, ya sé: el volante forrado de peluche, el zapatico que cuelga del espejo retrovisor), hay taxis austeros en los que no encuentras nada fuera de su puesto. Desde la llegada de las Blazers al mundo del transporte público, los lanchones Caprice o LTD, conducidos por señores gordos que invariablemente llevan medio brazo fuera del carro, se han convertido en una especie en extinción.

Los «patas blancas» son otra historia. Hasta hace poco era muy fácil adquirir uno de esos vehículos y ponerlo a circular como taxi con un chofer al que se le pagaba una cantidad Z de dinero por conducir el auto en un horario determinado. Es de suponer que, como ese carro no le costó nada a su conductor, éste lo maneja como si fuese un cohete, un armatoste indestructible al que se puede acelerar hasta velocidades increíbles y ponerlo a cambiar de canal, como si de un juguete grande se tratara. Esos tipos me recuerdan, no sé por qué, al Equipo Acrobático, aquel grupo de salvajes del volante que competía contra Meteoro, el rey de las pistas… Y ahora que lo veo, la analogía no queda nada mal, considerando la cantidad de accidentes que han producido los «patas blancas» en nuestras carreteras y autopistas.

Cada vez que veo un «patas blancas», recuerdo aquella voz que, en un capítulo de Meteoro, decía: «El Melange todavía corre».

Sea como sea, los taxistas están y estarán ahí para sacarte de donde no quieres estar, de donde te tienes que ir, de donde no te quieren o te han botado. Ellos vendrán por ti, si los llamas por teléfono o se detendrán si les haces una seña en plena calle. Nunca te dejarán abandonado, a menos que pase algo o que el que maneja ese taxi sea un malandro disfrazado.

Lo dije hace meses y lo repito hoy: pórtate bien con él porque el taxista es tu amigo.