lunes, octubre 01, 2007

LA DISTOPÍA DE MAILER DAEMON A diferencia de las utopías, que plantean la existencia de un espacio ideal en el que vive una sociedad perfecta, las distopías se caracterizan porque proponen la posibilidad de que exista un lugar en el que todo le sea hostil a los seres humanos. ¿Quién no ha visto Terminator, Matrix, El planeta de los simios, Fahrenheit 451 o 1984? Todas esas obras son distópicas; todas se preguntan cómo sería la existencia de los hombres, si el control de sus propias vidas lo tuviera otro: la tecnología, otra especie en la escala natural o una entidad gubernamental capaz de dominarlo todo.

Las distopías suelen ser inquietantes. No es muy grato imaginarse un mundo en el que las máquinas convierten a la gente en baterías de seis voltios o a un puñado de gorilas a caballo persiguiendo a una recua de hombres y mujeres por una pradera. Mucho menos resulta agradable pensar que el sistema en el que vives podría convertirse en un feroz régimen capaz de llevar la censura a límites inimaginables. Quizás ahí se encuentre el secreto de las distopías: todo lo que plantean, con mayor o menor grado de aproximación, puede ocurrir en la realidad. Si no lo creen, piensen que los estados totalitarios que aparecen retratados en dos de las obras mencionadas se parecen mucho a los regímenes de Cuba, China, Irán, Corea del Norte y la antigua Unión Soviética.

Escribir un texto distópico es un ejercicio imaginativo difícil por varias razones. La primera de ellas es que la gente confunde distopía con ciencia ficción. La segunda, se basa en la propia naturaleza del género: en las distopías lo humano siempre termina aplastado por una máquina, un monstruo, un sistema político o por algo que, al final, siempre representa las fuerzas más oscuras que todos llevamos por dentro y que, si se descontrolan, producen auténticos desastres. La tercera dificultad se basa en la relación conflictiva que existe en toda obra distópica entre la individualidad del personaje y el ambiente social y político que lo rodea.

A partir de esas tres premisas que hemos esbozado, será un placer conversar con Uds. sobre una novela corta de Doménico Chiappe titulada Entrevista a Mailer Daemon, publicada en España por La Fábrica Editorial.

El hilo conductor de esta novela es la larga conversación que sostienen Ophrah Lereau y Mailer Daemon, antiguo hombre de confianza de Marc Ji, el casi omnipotente gobernante que reformuló el sistema de gobierno de su innombrada nación y lo extendió hasta los confines del mundo, lugar donde aún gobernaban las democracias representativas.
La trama de Entrevista a Mailer Daemon encuentra su núcleo en las maniobras que realizan Marc Ji y sus colaboradores más cercanos para extender el radio de su influencia. Para ello fraguan un extraño plan que contempla una alianza con otros gobiernos, una guerra contra los países enemigos y la búsqueda del propio diablo para convencerlo de que Dios desea perdonarlo.

Ese último detalle puede parecerle un caprichoso delirio al lector, pero las distopías son así; están plagadas de exageraciones y de detalles extraños. Lo raro es que los regímenes totalitarios y las instancias de la realidad que parecen extraídas de un texto distópico, se caracterizan por lo disparatado de muchas de sus propuestas. Así, para alguien que lee esta novela en la misma semana en que, por ejemplo, el gobernante de Irán dice ante los estudiantes de la Universidad de Columbia que en su país no hay homosexuales, no ve con extrañeza el que en la novela de Doménico Chiappe se nos presente un mundo en el que en lugar de ministerios, hay oenegés.

En ese sentido, la búsqueda del propio Lucifer es una de tantas locuras que se le ocurren al gobierno mesiánico y totalitario de Marc Ji. Como él y su nación supuestamente representan al bien y sus enemigos al mal, entonces no tiene nada de extraño que a Marc Ji y a sus colaboradores se les ocurriera acabar de raíz «el mal» buscando al demonio en la tierra sin siquiera preguntarse si su búsqueda tiene sentido o si están buscando en el lugar correcto.

El absurdo que significa la búsqueda del núcleo de todos los males no es un detalle aislado en la obra. Observemos como el líder de esa supercorporación que gobierna a medio mundo es una figura a la que siempre se le presenta con visos de misticismo, con aires de meditación y requiebros de monje. Esa caracterización del personaje (no olvidemos que siempre anda con una suerte de sotana blanca y su retrato aparece en miles de escapularios) unida al delirio corporativo de un gobierno que pone la ejecución de todas sus políticas en manos de unas oenegés, lleva al lector a preguntarse sobre el tipo de régimen que domina a ese mundo. ¿Es una democracia (la gente vota)? ¿Es un sistema populista en el que el culto a la personalidad de Marc Ji, «el Pensador; el que trajo la paz al mundo; el que extendió la nueva democracia para imponer la libertad», convierte al gobierno en una especie de teocracia? No lo sabemos. Lo que sí está claro es que el absurdo que se cuela entre los párrafos de esta estupenda noveleta no es gratuito ni está diseñado para que nos riamos; al contrario: está pensado para que observemos cuán extrañas y abigarradas pueden ser las formas que asumen los gobiernos totalitarios para disfrazarse de ovejas, y ese detalle cobra un sentido especial cuando nos percatamos de que Marc Ji gobierna a una suerte de confederación formada sólo por los países desarrollados del mundo.

Otro elemento interesante, y que viene a poner la guinda a esta utopía negativa, es la existencia de Fetish Service, la oenegé que provee al gobierno de Marc Ji de unos fondos incalculables con la producción de snuff movies para beneplácito de unos cuantos pervertidos alrededor del mundo entero. ¿Cómo un gobierno que se cree el bien hecho sistema político se financia, entre otras cosas, a través de una empresa cuyo objetivo es filmar asesinatos, violaciones, mutilaciones y demás bisuterías para el alma perversa? Menuda contradicción que dice mucho de cuán hipócritas son esos sistemas que dicen trabajar para la felicidad de todos sus ciudadanos.

Un último detalle digno de resaltarse en esta crónica es, sin duda, el nombre del personaje principal de la novela que reseñamos: Mailer Daemon. ¡Qué gran acierto el de Doménico al usar ese nombre para su distopía! ¿Cuántas veces hemos recibido un mensaje en nuestro buzón electrónico, diciéndonos que aquello que le escribimos a alguien no le llegó? ¿Cuántas veces el servidor se llama a sí mismo «Mailer Daemon» y nos dice que nuestras palabras no llegaron a su destino? ¡Qué acierto el crear una historia a partir de ese nombre inventado para una función de lo más común y corriente en nuestras comunicaciones de todos los días! ¡Qué maravilla ponerle ese nombre a ese personaje tan raro, tan ingenuo y, a la vez, tan siniestro!

Da miedo intuir que todos los gobiernos tienen su Mailer Daemon...

En resumen, estamos hablando de un relato inquietante, bien narrado y contundente.

La edición, por supuesto, no ha llegado a Venezuela, pero si se echan un viajecito por España, sepan que cuesta 14 €. Y créanme: vale la pena invertirlos en este libro.