martes, octubre 30, 2007

INTRIGA EN EL CAR WASH
Digámoslo de una vez: Intriga en el car wash es un gran libro. Su autor, Salvador Fleján, es un autor que promete grandes obras en el futuro; es riguroso, sabe armar tramas complejas y desenredarlas ante nuestros ojos con esa naturalidad que da el verdadero talento. Por si fuera poco, es un escritor que sabe cuánto pesa la lectura en su oficio.

Una de las claves principales para entender por qué Intriga en el car wash en un estupendo libro se basa en la combinación de dos elementos. Por un lado, los relatos de este libro están trabajados en detalle por alguien que ha leído y estudiado con fruición a Raymond Carver, a Charles Bukowski y a los cultores contemporáneos de esa escuela realista que abrieron para la literatura norteamericana William Saroyan y John Fante. Por otro, y esto es lo interesante, Fleján toma algunas de las enseñanzas de esos maestros (sobre todo la parquedad de lenguaje, la intensidad de las acciones, la preeminencia de personajes orillados) y las mezcla con ciertos personajes que conforman hitos dentro del imaginario de la sociedad venezolana contemporánea. Los protagonistas de estos cuentos no son los típicos divorciados ni los típicos alcohólicos que pueblan el imaginario de la literatura que tanto ha leído, y lee, Salvador; son el arreglista de una orquesta de salsa, el pelotero, la miss, el profesional de clase media enfermo de grandeza, el locutor de carreras de caballos devenido en timador y el emigrante que se ve obligado a trabajar en las condiciones menos favorables para mantenerse a flote en el exilio; es decir: venezolanos contemporáneos con su tendencia a la picaresca y a querer rasguñarle siempre una ganancia de más a su propio destino.

En una época en que abundan los bolañitos, los bukowskitos, los carvercitos, los rothcitos, los murakamitos, los pigliecitos y los kunderitas, uno agradece que alguien como Salvador Fleján le añada algo contundente y lleno de sentido (al menos para los venezolanos) al imaginario que se le forma en la cabeza a los lectores consuetudinarios de Anagrama, Tusquets, Random House y demás editoriales, donde cierta gente dice, o cree que está, «La Literatura»… ¡Ja! Como si tal cosa existiera…

Otro de los factores que le da densidad a estos cuentos es el minucioso trazado de muchas de las tramas que los conforman. En este sentido, vale la pena resaltar las de «Albóndiga en salsa» y «Óvnibus».

La trama de «Albóndiga en salsa» se caracteriza por una extraña sencillez que nos invita a continuar leyendo las peripecias de una orquesta que toca su música en la fiesta de un narcotraficante disfrazado de jeque. De pronto te das cuenta de que la trama de ese relato ha ido in crescendo y que, de un momento a otro, algo extraordinario ocurrirá... Y ocurre.

Lo mejor de «Albóndiga en salsa» es la sencillez engañosa de su trama y un juego de referencias que nos lleva a pensar en Las mil y una noches, en que estamos leyendo una historia que quizás le ocurrió a un personaje real (el célebre Albóndiga, el trombonista y arreglista de la Dimensión Latina) y en que Fleján, con extraordinario y malévolo sentido del humor, se toma la licencia de hacer una lista de canciones que es, a la vez, una declaración de sus gustos literarios.

El caso de «Óvnibus» es distinto. Todos sus elementos están imbricados unos con otros, formando una red que contiene, a simple vista, tres historias que tienen, cada una, un distinto nivel de complejidad: la llegada de Luciano a Miami, su viaje junto a los viejos en busca de ovnis y la estafa que hizo que su antiguo jefe lo mandara a buscar.

De las tres tramas que forman «Óvnibus» la que más brilla, y la que produce auténtica admiración, es la última. No sólo está armada con todo detalle (lo que demuestra cuánto tuvo que investigar Salvador para diseñar esa secuencia en la que su personaje apuesta a propósito al caballo equivocado), sino que está contada con las palabras adecuadas y el timming preciso para crear un suspenso que el lector no esperaba encontrar.

Como nota al margen y como una apreciación absolutamente personal (como todo lo que tiene que ver con la lectura), mi única queja con Intriga en el car wash es que todos los cuentos fueron escritos en primera persona. Uds. dirán que eso no tiene nada de malo y yo coincidiría con vosotros si no existiera una suerte de matriz de opinión divulgada por escritores como Fernando Vallejo y por sabios estelares como los que escriben en los foros de
Relectura. Según esa teoría, en la actualidad sólo se debe escribir en primera persona del singular porque dizque es la única manera de expresar lo que siente y cree de verdad el autor. El mismo Salvador afirma que escribe en primera persona porque en tercera persona le suena falso, engolado, de cartón. No sé. Yo creo que en esas afirmaciones hay mucho de capricho. Se puede contar grandes historias en primera, segunda o tercera persona del singular o del plural. Ahí no está el problema.

Quizás el problema esté en buscar el fuelle para contar un cuento en la propia experiencia, en lo sufrido y gozado. Es más fácil inventar un cuento y contarlo como si tú lo hubieras vivido que inventar una historia y contarla como si le hubiera sucedido a otro. Hay algo raro ahí, una inseguridad, una duda que parece solucionarse cuando el escritor usa el YO para ofrecerle al público una relación de eventos.

El YO parece un bastón, una muleta que ayuda al ánimo del narrador a superar su cojera. Tal vez no sea verdad, pero en esta noche lluviosa creo que es así y por eso lo escribo. Si tienen alguna queja, léanse el reportaje de Chuck Palahniuk titulado «Está usted aquí», que se encuentra en el libro Error humano, editado por Debate. Allí leerán sobre un montón de personas que creen que su historia personal es tan importante como para que Hollywood haga una película basada en ella.

Volviendo al libro de Salvador, quiero reiterar (en primera persona y con total entusiasmo) que Intriga en el car wash es una maravilla. Eso sí: es su primer libro y estaremos atentos para exigirle la misma calidad o más en sus futuros trabajos.