lunes, octubre 22, 2007

EL ARTE DEL CUENTO (VOL. 1)
 El cuento es un género literario cada vez más difícil de definir. Así, a simple vista, pareciera que sus características fueran móviles, que siempre cambiaran, que no fuesen como las de un edificio que permanece estático durante siglos. El cuento puede ser largo o corto; tratar asuntos realistas o fantásticos, triviales o trascendentales; estimular reflexiones o simplemente entretener. El cuento da para todo y más en una época como ésta, en la que las fronteras entre los géneros literarios se han ido desvaneciendo.

 A diferencia de la novela, que es el reino de los personajes, el cuento es el territorio de las acciones. Ésa es la sencilla, aunque contundente, norma que rige a este género. Todo cuento deja en la memoria del público los actos, los movimientos, las peripecias, los golpes, los saltos, los dimes y diretes que uno o varios personajes realizan para alcanzar sus metas. En esa lucha que se abre con la presentación de sus objetivos y el cumplimiento (o no) de tales objetivos, se enmarca ese misterio al que llamamos cuento. Todo lo que queda por fuera de tales límites (como la psicología y la historia detallada de los personajes) no ha sido, tradicionalmente, su asunto. Al cuento le interesan las acciones, ésas que se abren, se cierran y se pueden evocar en un abrir y cerrar de ojos porque sí, porque tienen esa compresión icónica que nos lleva a recordarlas como si fueran una sola imagen.

 Detengámonos un momento. Ese último detalle es de vital importancia.

 Todo cuento contiene una imagen tan clara, tan prístina, tan elocuente, que es capaz de encerrar en sí misma a todo el relato. Si no lo creen, piensen en el mono de «Los asesinatos en la calle Morgue», de Edgar Allan Poe; en el chivo pigmeo de «Incursión nocturna», de Brady Udall; en el enorme embotellamiento de tránsito que se da en «Autopista del sur», de Julio Cortázar; en el jeque con zapatos Adidas que aparece en «Albóndiga en salsa», de Salvador Fleján; en el hombre sin manos que vende fotografías en «Visor», de Raymond Carver; en los calzoncillos con estampados de piel de tigre de «Tu rastro de sangre sobre la nieve», de Gabriel García Márquez; en los caballos que oyen cuartetos de Schubert en «Eternidad», de Ricardo Ménendez Salmón... Piensen en tantas imágenes poderosas que presiden a tantos cuentos igual de poderosos, y observen cómo cada una de ellas resume al cuento completo que las contiene, tal como una semilla resume al árbol del que pende.

 Todo cuento, sea oral, sea escrito, posee esa iconicidad que no nace de la nada.

 Si buscásemos una fuente universal de la creación, la encontraríamos en la capacidad que cada uno de nosotros tiene para conectarse con las experiencias que ha vivido y que nos han transformado en las personas que somos hoy en día. Un artista de verdad se conecta con el pozo donde residen sus experiencias personales y, a través de una operación que se lleva a cabo gracias a su voluntad, escoge a su gusto una imagen para resumir aquellas experiencias que le parecen más importantes para afrontar cualquier situación de su día a día o de una obra en la que esté trabajando. Es así cómo un artista genera su propio imaginario. En él, cada imagen se convierte en un símbolo, en una metáfora, de una situación que ha sido importante en su propio devenir y que el artista usa como semilla para sus creaciones.

 Parte del trabajo de un cuentista se basa en tejer la red (en este caso de palabras) que unirá esas imágenes, y eso tiene un peso muy especial, sobre todo si sabemos que la palabra textum, en latín, significa tejido.