martes, septiembre 04, 2007

MIEDO, PUDOR Y DELEITE
Miedo, pudor y deleite es el título del nuevo libro de Federico Vegas, una extraña novela que nos introduce en los complicados vericuetos del amor conyugal. La obra arranca con el viaje de un hombre y de una mujer, quienes, a la manera de los personajes de Viaggio in Italia, de Roberto Rosellini, viajan a Madrid a ver si consiguen salvar su frágil matrimonio. Mientras en la película, Ingrid Bergman y George Sanders pasean por Nápoles y Pompeya, Bernarda y Fernando van de restaurante en restaurante, de cordero en cordero, de sesos en sesos... Unos pasean su hastío amoroso entre ruinas y estatuas, y otros entre caldos y cocidos. ¡Qué belleza! Hasta aquí vamos bien y la trama se pone mejor cuando nos enteramos de que, quien organizó el itinerario por la capital española no fueron ni el hombre ni la mujer en cuestión, sino una dama despechada que ha sido el vértice escondido de un triángulo amoroso.

La novela avanza con fluidez. Tú, como lector, salivas ante tantas maravillas culinarias hasta que te das cuenta de que algo te suena raro. Sigues leyendo con una ceja levantada hasta que te percatas de que lo que no te cuadra es que el problema, la crisis, el hastío y la falta de comunicación que vive ese matrimonio que apenas tiene tres años de casado, es de gente mayor, de parejas que ya han vivido juntos durante siglos y no se soportan porque ya se conocen todas las mañas y todos los tics. Aparte de eso, hay otro detalle que te corroe y que, de alguna manera apoya el tema de la juventud de los (como diría un jefe civil) cónyuges: el personaje masculino, Fernando, es el epítome de la memez, un bueno para nada que vive contando chistes y prodigando apotegmas del tipo «alcohólico es quien bebe un trago más que su médico» o «toda melena es bella, menos las de las pelirrojas, que apestan», como si de un Groucho Marx se tratara.

Los personajes principales de Miedo, pudor y deleite lucen acartonados, pero no por su caracterización, sino por la calidad de sus acciones. Ella es tímida y poco comunicativa; él, como hemos sugerido, hablachento, cómodo y ligero. Hasta ahí su dibujo nos convence y hasta nos emociona, pero en el momento en que los ves frente a ti, hablando, diciéndose medias verdades, pensando en lo que el otro diría y, sobre todo, haciendo estallar pequeñas crisis mudas a partir de detalles nimios (como el de la verruga o como el de la señora de la cofa en el restaurante) tú, como lector, te retuerces. Ella no se expresa, no dice cuánto le molesta lo que le molesta, él se hace el que no pasa nada, que todo está bien y «nos queremos mucho, mi amor» y ya. Federico Vegas trabajó a una pareja constituida por dos personas que no deciden lo que les pasa, sino que se ven arrollados por ello, como dos frágiles veletas. A él parecieran «sucederle» las mujeres, como si él no escogiera acostarse en sus camas. A ella pareciera «sucederle» el fastidio, como si el tedio vital fuera algo inevitable. Por eso parece un chiste que explote una crisis entre estos dos personajes cuando uno de ellos decide mandarse a quitar un lunar... Los lunares sólo son detonantes de explosiones cuando dentro de la gente bulle algo poderoso y mal contenido, cosa que no sucede con los integrantes de esta pareja en crisis.

A pesar de que los dos personajes principales lucen acartonados, Miedo, pudor y deleite tiene momentos brillantes. Uno de ellos sucede durante un paseo por las atildadas calles madrileñas. Allí Bernarda y Fernando se llevan una sorpresa violenta. Ese hecho no sólo es uno de los más interesantes de la obra en lo que a dramatismo y al uso efectivo del lenguaje se refiere, es también una suerte de sumidero, de boquete a través del cual sale a flote el óxido que corroe esa relación, y los esposos terminan, por fin, diciéndose lo que piensan uno del otro... Y cuando nos enteramos de eso, suspiramos y decimos «ahh, ¿esto era todo?».

Al contrario de los personajes principales, los personajes secundarios de esta novela lucen mejor diseñados. La jefa de Fernando, con su soledad, sus cuarentitantos años a cuestas, su casa-oficina, sus pies descalzos en el jardín y su galgo conforman un mundo mucho más delicado, mucho más triste y también más intenso que el de los protagonistas. Lo mismo puede decirse de la esposa del pintor. Ella, con su trastocamiento del lenguaje, dinamita su mundo, lo pone patas arriba, le da belleza. Y otro tanto podemos acotar del tío de Fernando, con su donjuanismo y su capacidad para resumirlo todo a las sentencias tipo Groucho Marx de las que se copia su sobrino.

Miedo, pudor y deleite no es lo mejor de Federico Vegas. Stephen King aconseja en Mientras escribo que todo libro debe pasarse un buen tiempo guardado en una gaveta, añejándose. No sé por qué, pero se me hace que Federico anda apurado por publicar. A esta obra le faltó gaveta, le faltó algo poderoso que tienen Falke, El borrador, La ciudad sin lengua y Amores y castigo.

Miedo, pudor y deleite es una novela floja. Entretenida, pero floja. Y a alguien que ha escrito una obra maestra como Falke, hay que exigirle más.

Aún recuerdo Cuánto vale el show infantil. Ahí, por su performance, a los concursantes les daban chocolates en lugar de dinero. Adoptemos aquí ese sistema y otorguémosle a Miedo, pudor y deleite tres chocolates.

Muchas gracias.