sábado, septiembre 15, 2007

EL PLANETA DESCONOCIDOCuando tienes un hijo, te pasan dos cosas: la primera es que vives una conjunción de emociones que no sabes cómo definir. Al mismo tiempo, te asustas, te ríes, lloras, te felicitas y te sorprendes de que puedas sentir tanta ternura y tanto amor por alguien. La segunda supone tu expulsión del reino feliz de la gente sin hijos y tu llegada a un planeta nuevo y extraño de cuya existencia lo ignoras todo.

Ese mundo, damas y caballeros, es hermoso y hostil a la vez. Para empezar, la inocente criatura que acaba de nacer, no te dejará dormir nunca más. Primero se despertará cada tres horas, luego lucharás para que se duerma en su cuarto y no llegue al tuyo a media madrugada a botarte de tu cama. Más tarde (cuando sea un adolescente reñido con el mundo) pelearás porque llegue temprano a casa y, más adelante, pugnarás para que se vaya... Eso sí: cuando lo logres, querrás verlo todos los días.

Pero volvamos a la época que inspiró esta crónica.

Uno de los fenómenos que ocurre cuando nace tu hijo es que tu suegra queda automáticamente adosada a ti. Tú eres el papá o la mamá de su nieto (o de su nieta, para no pelearnos contra esos lelos que creen en la diferencia de géneros) y eso quiere decir que aunque te divorcies, algo te unirá a esa señora fastidiosa que siempre se te pareció a doña Tremebunda, la bigotuda suegra de Condorito. Caerán del cielo mancuernas, langostas y albóndigas, pero no te podrás deshacer de ella. Hagas lo que hagas siempre será la abuela de tu hijo y no hay fuerza que pueda romper ese vínculo. Así que tendrás que aguantarte sus desplantes, sus comentarios, sus mitos con respecto a las enfermedades infantiles, sus consejos sobre cómo bañar a tu chamo, vestirlo, ponerle los pañales, echarle crema cero en el culito y demás parafernalia.

Otro de los fenómenos que vivirás es que el televisor dejará de ser parte de tus dominios. Verás canales y programas que no sabías que transmitían. Conocerás a Jen, la belleza de Hi-5 que te hará decir «véngache con papá» cada vez que la veas. Sufrirás los capítulos repetidos de Backyardigans, Bob el constructor, Jim de la luna y te aprenderás sin quererlo la canción de Barney, ese monstruo purpúreo al que odiarás con todo tu ser, pero igual te descubrirás un día cualquiera tarareando: «Te quiero yo y tú a mí. Nuestra amistad es lo mejor. Con un fuerte abrazo y un beso te diré: mi cariño es para ti».

Trata de concentrarte en algo importante, en un libro, en una factura, en algo de veras difícil, oyendo esa canción, y entenderás porqué los curas no se casan.

Otro detalle que te hace sentir que la paternidad es otro planeta tiene que ver con que todo el mundo que te ve con tu hijo se siente con la libertad de hablarte, de decirte que no es bueno que ese muchacho ande con ese chupón, que por qué no le das un poquito de sopa todos los mediodías hasta que se acostumbre, «no importa que llore», y uno se dice en el paroxismo del fastidio: «verga, ¿por qué no se meten en sus asuntos y me dejan a mí lidiando con mi muchacho en paz?», pero no lo expresas en voz alta, sino que sonríes y hasta agradeces el consejo, porque hay una fuerza superior a ti que te hace andar siempre sonriente a pesar de que el carajito se haga pupú justo cuando no hay dónde cambiarlo con comodidad.

¿Y las idas al pediatra? Ése, amigos míos, es el abrebocas del purgatorio. Ahí verás a sopotocientos niñitos llorando… Eso sí: si te va bien, conocerás a otras mamás y, como debes saber, hay mamás que son de una belleza explosiva escondida detrás de infinitos teteros.

A pesar de todas nuestras quejas, de los trasnochos, de las suegras, de Barney (¡maldito monstruo morado!) y de lo que sea, no hay nada como un hijo.

Y conste que odio ir a una piñata, pero ésa es otra historia.