viernes, agosto 24, 2007

UNA TARDE EN EL SUPERMERCADO
Cuando la alacena de tu casa está vacía, no hay nada que hacer: tienes que ir a por provisiones a no ser que te alimentes del aire o tengas unas alforjas resistentes a los precios de los restaurantes. Eso sí: tengamos claro que ir de compras supone que debemos afrontar una serie de realidades que pueden convertirse en un atentado contra la tranquilidad. Por ejemplo: quien tiene esposa, sabe que a las mujeres les fascina ir el mismo día y a la misma hora en que a todo el mundo se le ocurre ir al automercado, lo cual puede ser un suplicio.

No hay nada más fastidioso que estar parado en una fila llena de gente con carritos repletos de comida, esperando a que llegue su turno para pagar. Nunca falta alguien que paga con una tarjeta que no pasa o con veintisiete Cesta Tickets que la cajera cuenta una y otra vez, los sella, los vuelve a contar, los guarda y, cuando al fin termina, le dice al cliente que le faltan dos mil quinientos bolívares. Mientras tanto, uno ha perdido la razón mirando al techo o detallando las mil y un chucherías que los expertos ponen ahora en los alrededores de las cajas de los supermercados.

Pero no todo es tedio en ese mundo ahíto de amas de casa, de maridos que sólo están pendientes de la caña y de niñitos que lloran porque los dejaron solos durante unos segundos en su carro lleno de aceite de oliva y papel sanitario. Caminar por los pasillos de un automercado es asistir a una gran exposición de arte pop en la que las etiquetas de los productos, con sus colores chillones y sus tipografías galantes, sustituyen a los cuadros, y, las gigantescas torres de latas de atún, a las mejores esculturas del mundo.

Es interesante andar por esos pasillos llenos de mamis operadas que hablan por teléfono, llenan una bolsa de tomates y regañan a la hija que no supo escoger las papas, todo a la misma vez, y detallar los empaques de esos productos que hemos consumido toda la vida. Si miras con atención una lata de Diablitos Underwood, un pote de petipuás marca Gigante Verde, un paquete de panqués Once-Once, un envase de avena Quaker, una lata de Tody, un litro de chicha El Chichero y hasta un paquete de harina PAN, por poner varios ejemplos que todos conocemos (aunque nunca falta un despistado), nos daremos cuenta de que los respectivos muñequitos que fungen de logos de estas marcas, están muertos de la risa. No sabemos de qué o de quién, pero se ríen, y uno que va al mercado y lo ve todo más caro cada vez, no entiende de qué se carcajea toda esa gente impresa con los colores de un delirio de Andy Warhol. Provoca pedirles que dejen el relajo, que dejen de reírse porque ante el silencio, ante no encontrar una razón para tanto solaz en un mundo tan duro y tan competitivo como éste, no es una locura inferir que esa gente se ríe de uno, del idiota que los monta en su carrito y, después de lidiar con una enorme cola para pagar (en la que tampoco falta una parejita que ventila sus intimidades), se los lleva para su casa.

Capítulo aparte merecen las viejas que siempre se atraviesan en los pasillos y no dejan circular a nadie, sea porque andan lento o porque se detienen a detallar el precio de un frasco de picante sin pensar en el prójimo. Las viejas que andan a paso cansino por los pasillos de una tienda de abarrotes son el equivalente humano a las gandolas que van a poca velocidad, y entre dos canales, por las carreteras de nuestro país. Lo peor es que si les dices algo, no te oyen, no te entienden o les importa un bledo lo que tú pienses porque la preocupación de ellas es el frasco de picante y ya. Tú no existes para ellas, lo cual queda en evidencia cuando una de estas señoras te aparta sin pudor para ella escoger los mejores pimentones.

Definitivamente, damas y caballeros, el mundo de los supermercados es inagotable.