jueves, agosto 09, 2007

UN RELATO PODEROSO
El tema de las relaciones familiares es siempre fascinante porque debajo de la historia oficial de cada familia subyace, escondida, otra historia que palpita y que convierte a quienes comparten unos apellidos en una unidad espiritual irrepetible. Cada grupo familiar tiene su escaparate lleno de monstruos y de cuentos que nadie más debe conocer.

Con Iniciaciones, una novela corta publicada por Periférica (es una vergüenza que esta edición no se consiga en nuestro país por la maldita medianía que nos caracteriza) Israel Centeno dedicó su mejor esfuerzo en abrir para nosotros, los lectores, las puertas del escaparate de una familia para que salieran a la luz los desvaríos, los encuentros y desencuentros, las penas y la desintegración.

La familia que Israel escogió para mostrarnos esos ríos de magma vive en algún escondido punto de ese lugar que ha sido emblemático para nuestra literatura: el llano venezolano. Ahí, en una sabana, se nos expone el devenir de los descendientes de un típico caudillo de montoneras, un terrateniente bigotudo y patriarcal del que sólo queda un retrato y una leyenda en la que no creen sus herederos.

A medida que avanza el relato, vamos conociendo a cada uno de los personajes y su relación con los demás. De León, por ejemplo, sabemos que está muy unido a su primo Andrés; que ambos compartieron los juegos infantiles y, más tarde, los juegos de la adolescencia. Vieron y tocaron a las mismas chicas, visitaron sitios de perdición, fueron y vinieron por los rincones de la llanura hasta que, de pronto, la vida, los amores, las pequeñas y grandes tragedias, los separan y los ponen a rodar a cada uno por su lado.

De las mujeres de la familia sabemos que Amelia, la esposa del adusto Ramón, fue una mujer que hizo un viaje marcado por el hastío. El cansancio ante las pequeñeces de la vida caraqueña hizo que Amelia se largara a París. Años después, cuando la ciudad luz no le ofrecía nada más que la ilusión de la felicidad, decidió enfrentar su destino y volver a su patria, pero no a Caracas, la ciudad construida sobre un remedo de modernidad, sino al llano terrible que representara Rómulo Gallegos en Doña Bárbara. Es así como Amelia se topa con Ramón, se casa y vive con él, hasta que conoce a Carlos, su cuñado, y termina asesinada luego de tener dos hijos: Bárbara y Andrés.

Amelia es uno de los personajes más interesantes de nuestra literatura. Observemos que se cansa de la necedad de su ciudad natal y se va a París a imbuirse de la supuesta apertura de una cultura más avanzada, pero se da cuenta de que nadie puede conseguir la cura contra el hastío fuera de sí mismo. Así que decide viajar hasta lo más hondo de su ser para tratar de conseguir el necesario sosiego. Curioso es que Amelia haya descubierto que en las profundidades de su propio ser haya una entidad que se identifica más con la barbarie que con la civilización, y por eso, su vida terminó de la única manera que podía terminar.

Ramón saca de escena a Amelia y, tal como en la tragedia griega, la desgracia se perpetúa en los hijos. Años después, cuando Ramón convive con María Margarita, Andrés no titubea a la hora de hacer desaparecer a su supuesto padre para quedarse con su mujer. Así, con el tiempo, el horror de los remordimientos se apodera de los habitantes de la hacienda y poco a poco la abandonan.

De la única que se sabe algo es de Bárbara, quien decide seguir los pasos de su madre y viaja del llano a Caracas, no más. Ella sabe que no puede salirse de nuestras fronteras porque su melancolía pertenece al ámbito de este país y no a otras latitudes. Es así como la vemos sometida a los rigores de una vida promiscua y, encima, liada con un hombre que lleva su mismo apellido. ¿Quién es ese hombre? ¿Acaso su primo León? ¿Su hermano Andrés? Nunca lo sabremos. Israel Centeno es un maestro de la ambigüedad más inquietante, de la sugerencia de lo horrible.

Sea como sea, el relato nos sugiere la presencia de un incesto. Nunca queda claro de quién es hijo León. No lo es de Carlos, no lo es de Marión (quien, por cierto, lo perturba en las horas oscuras); tampoco de Amelia… Así que muy bien podemos suponer que ese personaje por el que Bárbara siente una atracción desde la adolescencia puede ser, al menos, su medio hermano.

Iniciaciones es un texto magistral, lleno de erotismo y de ambigüedades, de elusiones, de elipsis y de poesía, que le permiten al lector asomarse a un mundo sórdido, pero lleno de una extraña belleza, ésa que nace cuando aceptamos esa parte oscura de nosotros mismos.