lunes, agosto 13, 2007

PAPAGENO RELOADED
1

La tapa del sumidero estaba floja y, mientras pasaba coleto, la mucama hizo que volara por los aires, dándole puerta franca a las alimañas del mundo entero para que entraran al apartamento donde vivo.

En la mañana, le pedí a Raúl, mi loro cara sucia, que me ayudara a buscar la tapa. Él afirmó con la cara más seria del mundo que seguro estaba debajo de la lavadora. Yo no le creí, pero él, obstinado como siempre, me dijo que me esperara un momento porque él buscaría refuerzos para comprobar su hipótesis.

Raúl encendió un puro, abrió la puerta y salió a la calle. A los cinco minutos, sonó el timbre y de pronto se abrió la puerta. Eran Raúl y los tres loros que lo acompañan en sus farras de los viernes.

Sin siquiera saludarme se fueron a la cocina, y entre los cuatro, cargaron la lavadora.
—¡Ahí está, entelerido! ¡Te lo dije! ¡Ahí está! ¡Asómate para que veas, mequetrefe! —Me gritó Raúl con su voz tunante.
—¿Dónde?
—¡Ahí! ¿No lo ves? ¿Necesitas lentes también?

Yo, sin decir nada, me arrodillé, miré debajo de la lavadora, metí el brazo y saqué el objeto que tanto estuve buscando. Luego, sin decir nada, Raúl y sus amigotes bajaron la lavadora y la dejaron en su puesto.

Como a la media hora me llamaron para que me tomara una cerveza con ellos.


2

Todos los días nos ocurren cientos de pequeños accidentes que nos cambian la vida. Uno de ellos me sucedió hace un par de semanas, cuando me encontraba a punto de limpiar la jaula de Raúl.

Esa mañana de hace dos semanas lucía radiante con su sol salado. El calor veraniego que se expandía sobre mi ciudad, me insufló el entusiasmo necesario para acometer la tarea de cambiarle el periódico a la jaula de mi pajarraco, ponerle pipas en el plato y llenar su envase de agua en vista de que, gracias al amarillo bochorno de los días de julio, Raúl mojaba toda su jaula, convirtiéndola en una sopa en la que se entremezclaban agua sucia, plumas, jirones de papel y cáscaras vacías.

Yo me movía feliz de la vida entre la ruma de periódicos y el chorro con el que lavaba el mugroso mobiliario del hogar de Raúl. De pronto, cuando metí la mano en la jaula para colocar en su sitio el plato lleno de semillas de girasol, Raúl me insultó y se me fue encima con una furia desbordada. Como pude, esquivé los mordiscos y los aletazos que el loro le propinaba a mis dedos que se movían como Tommy Hearns, tratando de devolverle la cordura al ave gritona, pero fue imposible. Lo supe cuando sentí un punzante ardor en el pulgar y el fondo de la jaula se tiñó de rojo.

Supongo que no tengo que decirles que desde ese momento mi vida cambió. La sangre de mi dedo trató de embriagarme el ánimo y ponerlo en guardia para la venganza, pero una fuerza indescriptible me puso melancólico e hizo que apaciguara al loro que aún chillaba violento. Poco a poco mi piel fue adquiriendo un color verdoso hasta que quedé convertido en un ser primaveral capaz de sonreírle y de darle a todos los buenos días a la hora en que el disco solar baña al mundo con su calor.

Ahora soy el hombre-loro, el Papageno de la calle donde vivo, el amigo inseparable de Raúl, el loro de verdad, a quien acompaño a todas partes en el side-car de su Harley-Davidson, canto cuando él canta, grito cuando él grita, bebo cuando él bebe, juego póquer con él, fumamos y nos vamos a la playa a pasar fines de semanas con sus amigas encantadoras.

No tengo nada de siniestro. Soy uno más de ellos. Soy un loro con American Express. Me parezco a Papageno, el personaje de La Flauta Mágica de Mozart. Sólo que no atrapo pájaros para meterlos en una jaula y llevarlos a cuestas, por ahí, para venderlos; atrapo gente para convertirlas en loros y transformar a la humanidad en una fiesta perenne y fraternal.

Más loros y menos gente… Más alegría y menos horror.