lunes, agosto 13, 2007

LAS MIL Y UNA CORBATAS La corbata contemporánea es apenas un recuerdo del trozo de tela que había que anudarse al cuello para que la camisa no dejase al descubierto ni siquiera una pequeña parte del pecho, no fuera a colarse un mal aire... Hoy, que existen los botones, los ojales y las costuras, la corbata ha dejado de ser un objeto imprescindible que apoyaba la acción de la camisa y se ha convertido en un objeto que tiene como única función lograr el punto de equilibrio entre las distintas prendas que componen el atuendo masculino. De ese modo, la corbata —nuestro péndulo de hilos— se ha transformado en un formato para añadir un punto de color a un traje oscuro o en un formato en donde aparecen flores, amebas, círculos, cuadrados, monstruos, retratos de Bart Simpson y líneas en todas las direcciones, al lado de la sempiterna mancha de aceite (sí, esa misma: la que adquiriste comiendo tequeños en el matrimonio de Adelita y Brian).

La corbata, como tantos objetos que se han inventado a lo largo de la historia, ha perdido su función y se ha ido convirtiendo en un objeto más cercano al arte (por lo inútil) que al diseño. De manera que ponerse hoy una de estas cintas de tela, supone mostrar quién eres y con qué imágenes te identificas.

Otro detalle que identifica al universo de la corbata tiene que ver con la dificultad de los nudos. Nadie aprende solo a anudársela correctamente. Siempre se necesita la ayuda de alguien, de un padre, de un abuelo, de un hermano mayor o de alguien generoso que funja de maestro jedi y que enseñe al aprendiz de hombre a llevar con dignidad esa prenda llena de nudos complicados, como los de la jarcia de una fragata del siglo XIX.

Sobre este accesorio de vestir abundan los cuentos. Recuerden al ejecutivo que tiene que inclinarse hacia delante, contorsionarse y comer su frágil perro caliente con mohines de lo más extraños para que la mezcla de papitas, salsa de tomate, mostaza, cebolla y repollo no termine dibujando una réplica del Jardín de las delicias terrenales en su corbata. Ni hablar del grupo de treintañeros en traje y corbata que tomaban cerveza en la cola para ver a Motörhead en el Poliedro de Caracas. Se veía a las claras que aquellos cuatro o cinco ejecutivos salieron de su oficina y se fueron como estaban a pegar gritos y a verse rodeados por una manada de felices manganzones vestidos con franelas negras repletas de monstruos. Ésa es una prueba más de que se es rockero con o sin corbata y de que los verdaderos radicales eran ellos. Y, perdonen la breve digresión, pero ¡qué maravilla de concierto! ¡Santo Dios!

Las corbatas tienden a convertir en elegante al que se las pone. Hasta a nuestros difuntos les ponemos corbata. No podemos concebir que se vayan al más allá en bluyines. Tienen que irse con sus mejores galas, como si fueran a una fiesta… Si no llegas elegante al cielo, es probable que se te acerque un ángel con cara de maître y te diga de manera discreta al oído:
—Señor, disculpe, pero no puede entrar vestido así. Por favor, póngase esta chaqueta y esta corbata, y párese en esa fila de allá.

Sí. No pongas esa cara: en el cielo también hay burocracia. Pero ése es tema para otro artículo.

Sea como sea, existe una comunión invisible entre rumba y corbata. Ningún caballero que esté en su sano juicio deja de ponerse una para asistir a una fiesta. En unos quince años nunca falta el adolescente que termina poniéndose la corbata en la cabeza, a modo de bandana, mientras se tongonea junto a las chicas más lindas del universo.

Como ven, las corbatas tienen tantos cuentos como Las mil y una noches… Y Dios quiera que podamos tongonearnos siempre con una chica mientras llevamos la corbata amarrada quién sabe dónde.

Amén.