domingo, agosto 05, 2007

DESCUBRIENDO A FANTE A la memoria de Christopher Moltisanti

Al oeste de Roma es un libro de John Fante que contiene dos historias largas: «Mi perro Idiota» y «La orgía».

Al terminar «Mi perro Idiota», el lector acaba compartiendo con su protagonista, Henry Molise, la sensación de soledad que lo agobia después de ver cómo cada uno de sus hijos ha abandonado el hogar familiar. Lo curioso de esta novela es que el sucesivo abandono de la casa por parte de los chicos Molise no corresponde a ninguna tragedia ni a ningún hecho especialmente dramático. Cada uno se larga porque, como reza el sabio lugar común, es ley de vida, porque somos así, porque nacimos para buscar nuestro propio destino, para ser independientes.

Quizás por eso, este relato resulte tan extraño y, a la vez, tan encantador. Trata un tema que viven millones de padres en el mundo entero cada día. Los hijos, por muy queridos que sean, por muy bonitos que hayan sido en sus primeros años de vida, van adquiriendo voluntad propia y un día, un inevitable día, se van de la casa, dejando a los padres con sus fantasmas.

John Fante construyó una historia a partir de ese proceso natural de la vida, hizo énfasis en el absurdo y en la comicidad que caracterizan a los que se están estrenando en el arte de tomar decisiones. Así, los lectores nos reímos de la relación interracial entre Dominique y Katty, de la manganzona inmadurez de Tina y Rick Colp, de la picardía que caracteriza el andar en muletas de Denny y de la extraordinaria e inesperada labor caritativa desarrollada por Jamie. Eso sin contar con que cada una de estas acciones vienen aderezadas con la presencia de Idiota, un enorme perro akitano que vive tratando de descargar sus instintos con (y contra) todo aquel individuo, hombre o perro, que se lo permita.

Henry Molise padece junto a Harriet, su esposa, cada una de las demostraciones de maliciosa estulticia que cometen sus cuatro hijos. Todas esas estupideces son el paso previo para la ida del hogar, para adquirir la definitiva independencia y ganar la vida que cada uno de ellos se merece. Para su padres, cada tontería, cada equivocación, cada engaño, representa un calvario tras el cual se encontrará la paz, que para un padre no será tal, sino la soledad, la ida por la puerta de la casa de todo aquello por lo que se ha luchado durante años.

Henry al menos vive con el consuelo de saber que ese estado llegará algún día y que los hijos harán su vida lejos de la casa paterna; sabe también que todos estamos entrando y saliendo de la vida, que los amores familiares duelen más que los trabajos, que el éxito o que el fracaso, que parte del dolor parte del hecho de que aquellos que amamos se irán algún día, si no de la casa, sí de este mundo... Es por eso que Molise busca algo que dure, que sea el símbolo de la inamovilidad, que le profese un amor, una entrega y una fidelidad a prueba del tiempo y de las circunstancias, y ese símbolo es un perro, uno que se corporiza en el presente de la obra en Idiota, pero que tuvo otro cuerpo en Mingo, en Rocco y, al final de la obra, en Emma... aunque no ladrara.

Es interesante ver cómo Henry Molise le da tanta importancia a los perros que tuvo en su vida y cómo ese interés va más allá del simple amor de un hombre por su mascota. También resulta revelador notar cómo se contrapone la corporeidad del amor entre Henry y Harriet, entre Henry y sus hijos, entre Henry y su padre, con el amor o la amistad, o como se llame, entre Henry e Idiota. Hay en esa relación hombre-perro un lazo simbólico que enlaza a esta obra con Desgracia, de J.M. Coetzee. En ambas novelas los animales redimen al ser humano, representan una parte de él y, en cierta forma, le dan cuerpo al vacío que cada uno de sus protagonistas siente ante la vida.

En «La orgía», el segundo relato de Al oeste de Roma, Fante nos presenta la historia de un niño que acompaña todos los días a su padre a la obra en la que trabaja. Ahí, el muchacho comparte con los obreros que laboran con su viejo. Entre todos sobresalen dos: Frank Gaglione y Pat El Rápido. El primero es un albañil zurdo y ateo. El segundo, un hombre de color de complexión fuerte que dedica sus esfuerzos no sólo a crear la mezcla de cemento con la que sus compañeros pegan los bloques de la construcción, sino a comprar y vender acciones en la bolsa de valores. Un día, en que El Rápido recibe los extraordinarios beneficios de una operación bursátil, deja la obra y le regala al padre del niño protagonista los documentos de propiedad de una mina de oro.

En los primeros párrafos de «La orgía», el narrador nos da pistas para entender el juego en el que John Fante es un auténtico maestro. Nos referimos al repentino doblez que se produce en sus historias y que las saca de su normalidad, de su aparente enfoque sobre temas y problemas intrascendentes, para adquirir un valor simbólico y universal y convertirse en auténticas parábolas que explican lo mejor y lo peor de la naturaleza humana.

En «La orgía», un niño descubre que el concepto que del mal le ha inculcado su madre, existe, a pesar de que no ande por ahí con cuernos, tridente, cola y color rojo a cuestas. Ese niño descubre de la manera más grotesca que el mal está siempre agazapado, listo para aparecer en cualquier rincón y traspasar cualquier puerta que se le abra; puerta que en este cuento es el documento de propiedad de la mina que supuestamente hará millonarios a sus dueños, y que, al contrario, los hace confrontarse consigo mismos, con su verdadera naturaleza, con sus ganas de aturdirse, de perderse de sí mismos, de irse bien lejos del mundo adusto y lleno de carencias que han ido construyendo a punta de trabajo, decencia y de un empeñar el presente en aras de un supuesto y promisorio futuro.

Ese ingrediente, el de la moral católica, quizás sea la clave para entender el universo que dibujan los libros de John Fante. Al menos en los dos relatos que conforman Al oeste de Roma es fácil observar la confrontación entre los conceptos católicos de la familia, de la moral, del amor, del sexo y del trabajo con las peripecias buenas y malas, bellas y horribles, que produce nuestro mundo contemporáneo...

Un viejo tema que siempre nos muestra una cara nueva gracias a artistas de verdad como el gran John Fante.