domingo, julio 15, 2007

EL LLANTO DE LOS CABALLEROSQueridas y hermosas damas, sépanlo: los caballeros también lloramos. Quizás no lo hagamos en público ni con la regularidad de Oscar D’León, pero, a veces, lloramos de ira, como cuando ustedes nos abandonan por un cretino, o de felicidad absoluta, como cuando la enfermera nos invita a que conozcamos a nuestros hijos, o de emoción inexplicable, como cuando vemos a nuestros héroes musicales demostrando porqué fueron, son y seguirán siendo nuestros héroes.

El deporte suele ser una fuente inagotable de lágrimas para los caballeros. Piensen en cuántas veces hemos visto llorar a los deportistas que pierden algún título mundial. Recuerden las veces que el televisor enmarca al hincha llorón a cuyo equipo le anotaron cuatro goles en los últimos diez minutos de juego. Traigan a su mente al boxeador que lagrimea cuando lo entrevistan y dice que su título no es sólo suyo, sino de su papá, de su mamá, de su tío Dagoberto, de Pifi, su perro, y de todo el pueblo que lo vio crecer. No olviden al tenista, al jugador de pelota vasca, al torero, al gimnasta y hasta al levantador de pesas que alza los brazos para agradecer al cielo o para recibir la gloria que trae consigo la victoria y, a los pocos segundos, se arrodilla y llora como un niño.

Ciertamente, el deporte produce pasiones que terminan en llanto. Fíjense ustedes en Miguel y Santiago Guilarte, quienes llegaron al circuito de Hockenheim, en Alemania, dispuestos a ver en vivo y directo una carrera de la fórmula uno. Ambos se sentaron de lo más tranquilos en las gradas, observaron los muros y las rejas de seguridad, las chicas, los personajes que nunca faltan en esos eventos y, de pronto, cuando los autos estuvieron formados para la partida e hicieron rugir sus motores, padre e hijo, voltearon y descubrieron que cada uno estaba llorando a moco tendido, como si con cada pisada que Raikkonen, Schumacher, Montoya, Alonso, Hamilton y compañía le propinaban al acelerador, surgiera una lágrima lista para bañarles los rostros angelicales a los señores Guilarte.

El mundo de los hombres era muy duro. Antes ningún caballero que se preciara de tal, podía llorar en público. Si acaso en el cine (y eso cuando las luces estuvieran apagadas y fuese imposible que lo descubrieran) o cuando tuviese alguna desgracia familiar... Porque «¿cómo no iba a llorar don Ciccio, si se le murió su mamá?».

Hoy en día, eso se ha relajado hasta niveles inauditos. Los hombres no sólo lloramos porque se nos muere un familiar querido, sino porque fallece alguien a quien consideramos importante, como cuando Juan Carlos Flores, hombre que, hasta donde se sabe no tiene requiebros raros, berreó hasta quedar privado varias veces cuando se murió Diana de Gales o como cuando Claudio Díaz, hombre de su casa y fanático de la fórmula uno (otro), le preguntó, ahogado en lágrimas, al Big Boss por qué se llevó a Ayrton Senna y dejó huérfano al automovilismo.

De todos los hombres que han llorado en público, quizás sea Charles Mingus uno de los pocos que valga la pena recordar. En un extraño y blanquinegro documental, aparece el gran jazzista recogiendo sus peretos y lanzando invectivas contra el Papa, contra Jasón, los argonautas y sus acreedores porque muy pronto lo iban a embargar. Allí, en medio de sus pertenencias, Mingus sacó una escopeta, la cargó, la disparó y continuó despotricando contra todo y contra todos con una rabia roja como la lava de los volcanes. Lo paradójico fue que cuando llegaron los acreedores acompañados de los jueces y de la policía, Mingus dejó toda forma de violencia y se puso a llorar.

Eso es para que ustedes vean que si un hombre no llora, algo horrible puede suceder.