martes, julio 03, 2007

DENZEL, EL ROBOT GALANTE Gladys se dijo a sí misma que si ella tuviera un robot, lo llamaría Denzel, le puliría su cuerpo plateado y lo enviaría a todo lo que fuera fastidioso: al automercado, al banco, a las reuniones de la junta de condominio y a todo lo fácil que la necia humanidad ha vuelto difícil.

Denzel sería el perfecto compañero para una dama de buen ver como era Gladys. La trataría con delicadeza, la llevaría al cine y si conectaba las pilas con tiempo, podría lograr hacerla feliz durante un fin de semana en Margarita.

Lo bueno de tener a Denzel es que no se quejaría si, estando acostados viendo una película con Burt Reynolds, ella le pidiera que se levantara, que fuese a la cocina y que le preparara un sándwich con queso Stilton y mostaza.
—No —le decía Gladys a su sobrina Alicia—. Denzel no sería como esos maridos a quienes una les pide agua, aprovechando que ellos se han levantado al baño, y te miran con los ojos del verdugo que activaba la guillotina en tiempos de Robespierre. No. Mi Denzel sería un amor que hasta pasaría coleto sin chistar.

Gladys soñaba con su Denzel, entre otras cosas porque nunca había encontrado a un hombre al que le gustara bailar tanto como a ella. Por eso se imaginó que un robot multiuso sería la solución.
—Sí. Yo quiero un robot que baile conmigo, que me enseñe a hacer piruetas en el aire, que sea capaz de las sutilezas de los valses vieneses y de los tongoneos del reguetón; que baile con igual soltura tango y salsa, merengue y rock and roll, vallenato y samba, que tenga las nalgas paraditas y duras como una autopista italiana.
—Ah no, tía, pero tú quieres un milagro.
—Claro, mi vida, ¿y qué te crees tú? A menos que se traguen una aceituna (y no haya un guardia que les haga la maniobra de Heimlich), los príncipes azules no existen.

Gladys andaba por la calle imaginando la estampa de su robot. Para ello veía con detenimiento a los caballeros que se encontraba a su paso y, como una Dra. Frankenstein del amor, iba recortándoles con un imaginario bisturí la nariz perfecta al gordito de la camisa de flores, los pectorales de plomo al gorila de la Terios, el «bojote» al portuguesito del abasto, las piernas olímpicas a Jóvito (el hijo de la costurera), el trasero marmóreo a Richard, la cabeza broncínea a Brian, y la cara de niño consentido al imbécil que vive en el 2B y que se la pasa poniendo discos de Judas Priest los jueves por la noche.

En materia de boca, no había encontrado nada aún. Por un momento pensó en ponerle a Denzel la de Espartaco Santoni, pero luego decidió buscar unos labios en otro hombre.

En cuanto a la inteligencia, Gladys nunca tuvo fe en el genio de ninguno de aquellos proveedores de carne perfecta. Tampoco confió en el brillo al que pudiera llegar ningún ser humano, a menos que logrará conseguir un cerebro que fuera el resultado de la mezcla de las neuronas de Bill Gates, Jacinto Convit, Aurelio Baldor, James Watson, Francis Crick, Erwin Rommel y Giancarlo Simancas. Por eso decidió averiguar cuántos gigas de memoria caben en el cerebro de un anestesiólogo con postgrado en Houston para multiplicar esa cifra por treinta y siete millones y así obtener, más o menos, el coeficiente mental de su amado Denzel.
—Mi muñecote tiene que tener mucho RAM. Yo quiero que me cante arias de La Flauta Mágica y del Don Giovanni, boleros, rancheras, pasos dobles, bulerías, joropos, fandangos y todo el repertorio de Dinah Washington.

Lo malo de estas búsquedas imaginarias del perfecto androide era que Gladys volvía a la realidad y se encontraba sola en su cama y en su apartamento, frente al anónimo televisor. Quizás algún día, en un futuro no muy lejano, alguna empresa invente a Denzel, el robot galante.

Ojalá que Gladys esté ahí para gozarlo.