miércoles, junio 27, 2007

ROCANEGRAS Así se llama la nueva novela de nuestro querido amigo Fedosy Santaella, y en ella nos muestra a uno de los personajes más fascinantes de la historia venezolana: Vito Modesto Franklin, el Duque de Rocanegras, Príncipe de Austrasia, árbitro de la elegancia y vórtice de una infinita variedad de comentarios sobre su colorida y variada vestimenta. Del Franklin real es poco lo que se sabe. Casi todo lo que ha llegado hasta nosotros está teñido de la leyenda que a su alrededor creó el propio Duque de Rocanegras y que amplificaron los humoristas espontáneos y de oficio que nunca han faltado en esta ciudad. De él sabemos por lo que escribieron, dibujaron y reprodujeron Leoncio Martínez, Francisco Pimentel y toda la constelación de luminarias que publicaba sus trabajos en Fantoches, esa maravilla de periódico que circuló en Caracas en la segunda década del siglo XX.

Debemos insistir en que el Duque de Rocanegras que ha llegado hasta nosotros es una suerte de personaje dadaísta, de parodia del dandy inglés diseñada por el propio Vito Modesto Franklin para subrayar uno de los pocos recursos de que disponía el ciudadano de aquel entonces para ser feliz en medio de una durísima dictadura: como no podía cambiar ni embellecer su entorno, se embellecía a sí mismo. Eso era lo que hacía Vito Modesto Franklin: embellecerse, emperifollarse, intervenirse hasta el delirio a través de su vestimenta.

Ese Duque de Rocanegras que ha llegado hasta nuestro tiempo apenas asoma su profesión de abogado, la propiedad del teatro Olimpia y un oscuro pasado como caletero en el puerto de La Guaira. Sin embargo, y a pesar de que habla de él todo el tiempo, ése no es el Rocanegras que le interesa a Fedosy. A él le interesa el duque detrás del duque, ése del que nunca sabremos a ciencia cierta qué pensaba ni qué quería y que es perfecto para encender la poderosa máquina de la ficción.

Es así como llega a nuestras manos Rocanegras, una novela negra ambientada en una versión muy personal, muy lúgubre y muy alejada del retrato costumbrista habitual, de la Caracas de 1923, donde se sentía la omnipresencia del Benemérito y de las otras fuerzas oscuras que medraron bajo su cobijo. Es en ese escenario donde nuestro duque se vuelve un hombre de acción, un héroe que pelea a faca limpia en medio de El Silencio, se disfraza, entra y sale de edificios que parecen enfermos, de La Rotunda, del antiguo hipódromo de El Paraíso, de la Plaza Bolívar repleta de oídos ciegos y de bocas ronroneantes que extienden la verdad y la convierten en chisme.

Fedosy, haciendo gala de una fuerza verbal inconmensurable, y de una libertad única a la hora de tratar el retrato no sólo de su personaje principal y de la ciudad donde se mueve, sitúa las acciones en medio de una auténtica conmoción nacional: el asesinato del general Juan Crisóstomo Gómez, vicepresidente de la república. Lo mejor es que tal como aprovechó las sombras del olvido a que fuera sometido el Vito Modesto Franklin real, nuestro querido amigo utilizó el silencio que reinó ante el asesinato del hermano predilecto del Benemérito para crear una complicada trama de intrigas, de personajes y de posibles motivos para asesinar a tan encumbrado personaje de la vida pública venezolana. De manera que estamos ante una novela que es histórica en tanto las fechas, los lugares y los personajes existieron y existen, pero aderezada con el feliz artificio de la ficción dado
que lo que nunca se supo, lo que nunca salió la luz de aquellos hechos y de aquellos personajes, fue cubierto con el destello no siempre amable, pero sí excelentemente bien trabajado por un gran artífice de la mejor literatura, de ésa que te golpea y te deja mirando a la lona durante un buen rato, de ésa que acepta las influencias de donde vengan: de la misma literatura, del cine, de los comics, de la historia, de las conversaciones con los panas, de la investigación seria y acuciosa en la sección de manuscritos y libros raros de la Biblioteca Nacional.

Con Rocanegras presenciamos el nacimiento de un tipo de héroe poco usual en nuestra literatura: uno que dejó atrás la circunspección, el carácter pusilánime y el deseo de darle orden y coherencia a su entorno, para pasar a empuñar todas las armas —las honorables y las deshonrosas— y de ese modo cumplir su objetivo de supervivencia en la vida cruel de un país como Venezuela, que es cruel en la ficción y en la realidad.

El Duque de Rocanegras de Fedosy Santaella no es un héroe melancólico; es un héroe maldito que se inscribe en la locura y la soledad de otros héroes contemporáneos que andan de capa y espada en ciudades post-tecnológicas. Así como Batman anda por los techos de Ciudad Gótica detrás del Guasón y de Ra’s Al Ghul, nuestro duque se desplaza por una Caracas bostezante donde el mal tiene muchas caras y todas son, como él, malditas.

Damas y caballeros, los invito a leer Rocanegras, a detallar la escena magistral donde conversan Juan Vicente Gómez y Vito Modesto Franklin dentro de un carro, a disfrutar la prosa deslumbrante de nuestro amigo Fedosy Santaella y a ver cuánto podemos aprender sobre nuestro pasado cuando lo miramos con humildad, interés y un deseo descomunal por obtener ahí no sólo la explicación de quiénes somos, sino las semillas de los cuentos por contar.

¡Rocanegras, Fedosy, duro contra los malos!