lunes, junio 18, 2007

RAYOS CÓSMICOSLas grandes estrellas lo siguen siendo porque en la suma de su talento y su experiencia siempre se esconde la promesa de una obra deslumbrante, y quizás ahí radique el secreto del auténtico estrellato.

Hay estrellas de cartón que no saben administrar su gloria; duran poco porque se consumen en una sola rumba y en una sola arrogancia. Las estrellas de verdad saben que su brillo depende de mucho sacrificio para forjar la propia gloria. Por eso nadie impone a las estrellas. El estrellato se gana a pulso.

Que alguien sea una estrella o no depende de infinitos factores. Uno de ellos consiste en que esa persona trabaje con gente comprometida y talentosa en buenos proyectos. Si no lo creen, piensen en John Travolta. Hasta el más pintado creía que su carrera se había acabado luego de tanta Fiebre del sábado por la noche y de tanta película mala, pero llegó Quentin Tarantino y le ofreció trabajar en lo que sería una obra maestra: Pulp Fiction. Las estrellas son sólo la cara visible de una industria en la que trabajan escritores, carpinteros, editores, electricistas, directores… es decir: gente que hace posible el brillo de esos que brillan.

Las grandes estrellas son grandes siempre. Sofía Loren sigue siendo una de las divas más extraordinarias del mundo, a pesar de que tiene, por lo menos, diez años sin aparecer en una película. Las estrellas de verdad no dejan de ser estrellas porque no se les entienda o porque dejen de figurar. Ronaldo no dejará de ser una estrella del fútbol cuando se retire. A pesar de sus excesos, Maradona no dejará de ser un divo. Pase lo que pase, Pelé será siempre Pelé y García Márquez será siempre García Márquez.

Cuando las estrellas reales mueren, su brillo sigue llegando hasta nosotros dadas la distancia, la intensidad y la velocidad de la luz. Si se ponen a ver, lo mismo ocurre con las grandes luminarias del cine y de la televisión. ¿Quién dice que la luz de Marlon Brando no nos sigue iluminando a pesar de que haya fallecido hace años? ¿Quién dice que las luces de Jorge Tuero, de Tomás Henríquez, John Lennon, George Harrison, Charlie Parker, Buster Keaton, Lucille Ball e Ivonne de Carlo, no continúan brillando?

(Por cierto y que quede claro: Morgan Freeman es el Tomás Henríquez gringo).

Las estrellas de verdad sólo mueren cuando nadie recuerda su trabajo, y eso, en el caso de las que hemos nombrado, es difícil.

Así como hay estrellas de la sencillez, hay gente famosa que no tiene el «don». Gente así es la que no cuida la gloria que ha alcanzado, la que despilfarra sus éxitos, la que se abandona al arroyo inmundo de la vida galante y cree que la belleza y la juventud son eternas. The E true Hollywood Story es un bello programa de televisión que se alimenta de las historias de esos seres que creen que ellos son estrellas porque sí, porque se lo merecen, porque son chéveres y ya. ¿Cuántos de los que salen en ese programa no terminaron sus días hundidos en la depresión, en adicciones sin nombre? Ahí están Anne Nicole Smith, Kurt Cobain, Elvis Presley, James Dean, Marilyn Monroe y sopotocientos infelices que no supieron manejar su gloria.

¿Qué podemos decir de aquéllos que creyeron que su fama dependía exclusivamente de su presencia en un programa de televisión o en una película? ¿Qué decir de aquéllos que se deslumbraron con sus propios éxitos y les dio por pensar que eran ellos, y sólo ellos, los responsables del éxito de sus respectivos programas? Pregúntenle a David Duchovny por qué no ha hecho nada interesante después de los Expedientes X. Pregúntenle a Joselo por qué no ha vuelto a hacernos reír.

Pidámosles a las estrellas que si alcanzan la gloria, que por favor, no la despilfarren como si fuera chocolate.