lunes, junio 04, 2007

LAS GUAYABERAS DE DIOS La moda venezolana ha dado pasos muy importantes en la pasarela internacional. ¿Quién lo duda? Sin embargo, una de las deudas que todavía tienen los diseñadores criollos con sus coterráneos es la creación de un tipo de elegancia acorde con el clima devastador que tenemos en nuestro país. ¿Quién no ha ido a comprarse un traje y vivir el absurdo de que todos los que ofrece la tienda son de lana o de materiales aún más calurosos? ¿Quién no ha visto a galanes embutidos en un esmoquin o en una chaqueta oscura, sudando como caballos en una fiesta o en una notaría? Hay algo raro en el hecho de que en casi todas las ciudades de nuestro país haga un calor monumental y los grandes almacenes sigan vendiendo ropa diseñada para usarla en los inviernos de otras latitudes.

Todo diseñador debe cumplir con múltiples premisas antes de producir un objeto cualquiera. Una de ellas tiene que ver con el estudio del entorno en que se utilizará la pieza en cuestión. En nuestro caso, esa premisa se cumple de la manera más extraña: si bien es cierto que vivimos en un país signado por un sol que aplasta, que embrutece y que, en muchísimos casos, obliga a la gente a vivir sin camisa y en pantalones cortos, también es cierto que los criollos nos hemos vuelto adictos a los inviernos artificiales que a nuestro alrededor crean los aparatos de aire acondicionado. Quizás eso explique la proliferación de prendas calurosas en los mostradores de las tiendas. Que lo digan en Maracaibo.

Es fácil creer que vestirnos para el invierno trae en sí el germen de la elegancia. Como tenemos que ponernos muchas prendas —chaquetas, sombreros, sobretodos, suéteres, botas y demás— tenemos la oportunidad de combinar colores y texturas, materiales, formas, estilos…Cuando la gente se quiere «ver» elegante, usa ropa invernal. Por eso no le pesan tanta lana, tanto poliéster ni tanto rayón.

Eso explica por qué, desde tiempos remotos, los diseñadores de moda han concebido una elegancia para el invierno y no una para el bochorno de las regiones equinocciales. Para la ropa que se usa en invierno el diseñador puede y debe diseñar cientos de adminículos, en cambio, como en el trópico no se puede usar esa variedad de formas (porque la persona se achicharraría), se le abandona a su suerte o, lo que es lo mismo: a la falta de distinción. Pareciera que elegancia y jamuga van de la mano, y esa yunta no funciona en las calles del trópico.

La moda en las zonas calurosas se ciñe a un modelo de sencillez que encuentra su punto más elevado en la clásica guayabera, prenda de vestir que resultó de la evolución de las frescas y antiguas camisas que usaron nuestros antepasados europeos en estas tierras y que se caracterizaban por sus gorgueras, sus puños alechugados y sus pespuntes que dibujaban motivos de diferentes naturalezas. Las alforzas verticales que van a cada lado de las guayaberas clásicas son una reminiscencia de esos antiguos detalles ornamentales que traían con naturalidad las camisas de antaño.

La guayabera tradicional, con sus mangas cortas o largas, con sus cuatro bolsillos y su corte recto en los bajos, guarda un perfecto equilibrio entre la forma y la función, armonía que, sin duda, le confiere garbo a quien la lleva con orgullo.

Existe una relación no declarada entre las camisas hawaianas y las guayaberas. Tal vez su parentesco sea evidente sólo para quienes creen que la elegancia radica en la tranquilidad de espíritu que se siente cuando se tiene encima una de esas prendas, tenga o no pistilos estampados en colores de fuego.

Si Jesús vuelve a la tierra, como dice el grafiti, traerá puesta una guayabera de patillas y piñas… Y así le dará sus cuerazos a los malos.

Amén.