martes, junio 26, 2007

EL MOTORHOME Y LAS HABICHUELAS MÁGICAS Los talleres mecánicos conforman un universo paralelo al que ocupamos los seres humanos. En ese otro mundo coexisten piezas mecánicas de toda índole, grasa, afiches de baterías Duncan con mujeres en trajes de baño, más grasa, herramientas de distintos tamaños y usos, más y más grasa, cadenas, tuercas, más y más y más grasa por todas partes. En los talleres de rectificación de motores, en los de latonería y pintura, en los electroautos, en los que se dedican a la reparación de cigüeñales, carburadores y silenciadores, en los que se especializan en la alineación y el balanceo de los cauchos, la grasa es una religión en la que los mecánicos, con sus bragas azules, sus kilos de estopa metidos en los bolsillos y sus chistes llenos de gasolina, son sus sumos sacerdotes.

Llevar el carro al taller es entrar en la dimensión desconocida, un lugar donde sobran los shows porque los repuestos brillan por su ausencia —no, jefe, ahora esa manguera sólo se consigue en México—, porque el especialista en el modelo de tu motor se enfermó de dengue —vente el jueves, flaco—, porque el taller está lleno —vente dentro de dos meses, mi vida— o, simplemente, porque dos de los mecánicos que trabajan en el taller se batieron a duelo, uno llave inglesa en mano y el otro con un rache.

Los talleres también son fuente de inspiración artística. ¿Quién no ha visto esas maravillas de esculturas que fungen como anuncios de los talleres donde se instalan y reparan silenciadores? Más de un coleccionista quisiera tener en su casa uno de estos amables muñecos que reciben al atribulado conductor con su esqueleto metálico cubierto de colores poderosos para que se sepa, desde lejos, que allí se trabaja para que tu vehículo no ruja como un tigre jugando rugby.

Y hablando de arte…Desde los tiempos en que ambos compartieron el mismo salón de clases, Gonzalo y Abelardo fueron siempre grandes amigos. Gonzalo era el hijo del dueño del San Cristóbal, un taller especializado en electromecánica. Quizás eso explique por qué aquel niño vivía dibujando con todo detalle, y en tonos explosivos, ruedas, decenas de botones, una palanca y un volante que recortaba con sumo cuidado para luego pegarlos con minuciosa delicadeza en su pupitre. Era todo un espectáculo ver cómo Gonzalo iba convirtiendo su anodino asiento en el carro de sus sueños, hasta que llegaba la maestra Yolanda con toda su severidad y le decía que le arrancara las cuatro ruedas de papel que le había pegado a cada una de las patas del mueble y los puntos de colores que le había adherido a la tabla. Gonzalo obedecía, pero a la semana regresaba a lo mismo: a dibujar y a recortar los cuatro cauchos del carro en el que se imaginaba lejos de aquel salón oloroso a álgebra y a borra Nata.

El taller San Cristóbal se caracterizaba por su amplitud, porque estaba lleno de matas por todas partes y porque, en su fondo, permanecía estacionado un motorhome silencioso que alguien le dejó al papá de Gonzalo en calidad de pago por una deuda. Allí, en esa nave apretada como un barco, los dos niños hacían sus tareas, tomaban Tody casi todas las tardes e inventaban juegos en los que el encallado vehículo se transformaba en una fragata o en una nave espacial.

De esos momentos en el motorhome del San Cristóbal, Abelardo y Gonzalo no olvidan la interpretación que sobre Jack y las habichuelas mágicas les prodigó Felipe Crespo, el jefe de los mecánicos, durante una tarde calurosa.
—Ese Jack era un escribiente que el gigante del cuento contrató para redactarle las chuletas que sacaría en los exámenes para graduarse en el Liceo de las Nubes.
—¿Y las habichuelas?
—Ésas eran pastillas de Viagra que ponen gigante a cualquiera, jajaja.

Lo dicho: ¡los mecánicos son seres de otra dimensión!