miércoles, mayo 16, 2007

EVOCACIÓN DEL TAXISTA
Las grandes crónicas de las ciudades las cuentan sus taxistas. Haga la prueba. Móntese en un taxi y pregúntele al conductor cómo está la vida en esa ciudad. Él le responderá, entre risas o suspiros, algo que deberá tomarse muy en serio porque si alguien lidia con los mil y un problemas de una metrópolis, pequeña o grande, ése es el taxista.

Viajar en taxi es entrar en una dimensión habitada por hombres y mujeres expertos en los antros y en los monstruos que abundan en la oscuridad. ¿Quién de ellos no ha visto (o quizás hasta llevado en su auto) al hipogrifo de piedra?

La otra noche, el conductor José Nucete Altuve montó en su LTD negro a un pasajero que el barman del Ashgrove Bar escoltó desde la barra borracha hasta la puerta del auto. José Nucete apenas enarcó las cejas cuando el barman le indicó que su pasajero llevaba un billete de veinte mil y un papel con su dirección adheridos a la solapa de su chaqueta con un trozo de teipe.

En cada ciudad los taxis tienen su mitología. En México D.F., por ejemplo, son verdes, son marca Volkswagen y todo el mundo te advierte que no los tomes en la calle porque si lo haces, puedes terminar protagonizando un cuento de Juan Villoro o una canción de Los Tigres del Norte. En los Estados Unidos los taxis son amarillos. Sus conductores viajaron miles de millas para terminar sentados detrás de un volante, llevando y trayendo gente entre rascacielos y calles infinitas.

El amarillo de los taxis norteamericanos se ha institucionalizado como el color de los autos con los que se ejerce tan noble profesión. En nuestro país los taxis no tienen un color específico. Algunos (cuando pertenecen a ciertas compañías) son negros y espaciosos, otros, cuyos choferes los llevan como veloz azogue por los rincones citadinos, recibieron el nombre de «patas blancas», en honor a los fastidiosos insectos que se te aparecen por aquí y por allá, que te pican y te asustan cuando menos te los esperas.

Nuestros taxis siempre han sido un prodigio de decoración y de arte pop. Nunca han faltado en ellos el zapatico del hijo del chofer amarrado al retrovisor, el perro de juguete cuya cabeza se mueve con el vaivén de las troneras en el asfalto, la estampita de El Señor del Veneno, el mini extintor de incendios, el aparato de radio sintonizado en una emisora AM, la esterilla de pepas verdes en el asiento del conductor y, por supuesto, el volante y la tapicería delantera cubiertos de peluche.

También hay unidades destartaladas cuyos letreros deberían decir «tétano» en lugar de «taxi», que cada vez que arrancan, explotan y luego ruedan, dejando a su paso una línea prieta que dibuja un caballo de fuego en humo o aceite sobre el mapa de su ciudad.

Los taxistas venezolanos son los reyes de las areperas y los creadores de una «neolengua» que haría las delicias de Aurelio Baldor en tanto los números sustituyen a las palabras cuando hablan por radio.
—Central, aquí veinticuatro Nicaragua. Voy en treinta y seis cero uno.
—Ok, treinta y dos. Aquí dos cuatro. Tráigame una siete cero.
—Copiado, central. ¿Con queso?
—Afirmativo, veintisiete. Con queso y un cuatro tres en un vasito con hielo, si me hace el favor.
—Copiado, central.

El mundo de los taxistas es el reverso del mundo de las oficinas. Su lugar de trabajo se mueve y su regreso a la casa, como el de Ulises, depende de su juicio a la hora de esquivar el tráfico, de huir de las alcabalas, de los ladrones, de las sirenas, de los autobuses, de las gandolas y de un enemigo mortal de esta profesión: el calor que cocina los rincones corporales y que convierte al taxista en un ser desesperado cuya mano va siempre fuera del auto.

Por éstas, y por muchas otras razones, tenles paciencia. No olvides que los taxistas son tus amigos.