domingo, mayo 06, 2007

EL CAMIÓN DE LAS MUJERES Henrique Lazo tiene una pequeña teoría:
—Cuando tú veas a una mujer diciéndole que sí a todo lo que le dice el marido y tratándolo con demasiados «mi amores» y con demasiados besitos, es porque no lo quiere. En cambio, cuando tú veas a una mujer mandando, sin contemplaciones, al esposo a cargar botellones de agua, a pintar (otra vez) el apartamento o a comprar arroz chino a las nueve de la noche de un domingo, es porque lo adora con auténtico frenesí.

Esa tesis es tan rotunda como el cogito ergo sum de Descartes o como el Teorema de Pitágoras que debería tener tatuado Gaby Espino en la barriguita. Sobran los ejemplos que le dan sustento a tan destacada teoría que habría que grabarla en mármol para enseñanza de las generaciones futuras.

Joaquín Ortega, otro de mis amigotes, dice algo que también tendría que incluirse en nuestro panteón de palabras para la posteridad:
—El problema que hay con lo bellas que son las mujeres venezolanas es que no hay tiempo para amarlas a todas.

Y es cierto. Lo digo con conocimiento de causa. La prueba está en un juego que inventé hace un tiempo para impedir que el tráfico hiciera de las suyas con mi pobre cerebro. El juego consiste en que simulo un ataque de asfixia, y si no aparecen de inmediato las formas hermosas, retadoras, marmóreas, deslumbrantes y redentoras de una mujer hermosa (y que esté buenísima, por supuesto), me muero.

Demás está decir que nunca me he muerto. En el último instante, siempre aparece una belleza que me cura con sus ijares, en los que me imagino bailando al son de Motörhead.

Las teorías sobre las mujeres abundan, pero ninguna logra explicar su comportamiento. A lo más que llegan es a describir una acción específica que, por lo general, derrite la tranquilidad de los caballeros. Por ejemplo: a las mujeres les fascina que su novio y/o marido se parezca a un león. Eso sí: cuando conviven juntos, la mujer se dedica día y noche a hacer que el novio y/o marido se convierta en un mini gato entelerido. Cuando eso sucede, la mujer bota al tipo porque extraña al león y desprecia al gatico que ella misma ha formado. ¿Quién las entiende?

Otro ejemplo del poder de las damas se pone de manifiesto cuando sacan a la luz su fijación por jugar a la casita. Tú, amigo mío, que aún no vives con tu novia, debes saber que, cuando te mudes con ella, te acordarás de esta crónica y verás cómo a cada rato querrá tumbar una pared, renovar los muebles o cambiarle el color a las paredes. Ahí es cuando te preguntarás si no hubiera sido mejor quedarte en casa de tus papás o suscribir las palabras que nuestro amigo Enrique Enríquez nos envía desde Nueva York:
—Yo he descubierto que quiero vivir en un hotel.

Es cierto que los hombres somos unos niños eternos que antes jugábamos con carritos Matchbox y que hoy jugamos con ipods, Playstations, computadoras y demás parafernalia; que sólo pensamos en tener sexo, en ver partidos de fútbol y de béisbol, en hablar pendejadas con los amigotes y en oír discos de Jimi Hendrix a todo volumen en el carro, pero somos un libro abierto, un pozo de intenciones cristalinas. Nuestros deseos se ven a lenguas y cuando mentimos, lo hacemos tan mal que siempre nos pillan en el intento. En cambio, una mujer siempre es impredecible, insondable, contradictoria, bella. Su mirada siempre te descubrirá. Su voz se superpondrá a la tuya y la hará decir lo que ella quiera. Su esqueleto te hará temblar mil millones de veces y te hará sentir que el vértigo también está ligado a la felicidad.

Mujeres, miles de mujeres, ríos de mujeres, enjambres de mujeres, miríadas de mujeres que andan por ahí, saltando, revoloteando, alborotándonos, perturbándonos con su sola y febril presencia.

¡Gracias!