lunes, mayo 21, 2007

DEL LUGAR COMÚN A LA LITERATURA EN 15 MINUTOS

  Para un escritor que se inicia siempre resulta difícil entender que el lenguaje no es inocente, y que si no estás atento, se puede transformar en tu cárcel.

  El lenguaje puede ser una Rotunda, una prisión en la que de nada vale que te tatúes sus planos para escaparte de ella. Allí las palabras serán tus carceleras y te dementarán a punta de rolazos conceptuales que te mantendrán sedado en una celda de confort.

  Si no pones atención, el lenguaje te hace una Doble Nelson, te domina y te pone a hablar como hablan —y a escribir como escriben— los que tienen el poder de llevar el lenguaje a todos los rincones de nuestro pequeño y sucio planeta. De ahí a verte como una cifra sólo hay un paso.

  Un escritor que se inicia debe entrenarse en el difícil arte de detectar cuándo se acerca la jaula oxidada que viene a encerrarlo, y eso se logra, señoras y señores, afilando las orejas y convirtiéndolas en alfanjes de fuego listos para destruir la caja de los barrotes. Oír el paisaje, entender el entorno lingüístico y saber que eres un jedi solitario en una guerra oscura es lo único que garantiza tu supervivencia como artista.

  Aguzar el oído es tan importante para un escritor como lo fue para Bruce Lee lanzar patadas. Entrenarse en el arte de oír le ofrece a quien escribe la posibilidad de otear a sus congéneres, de entender que el orden de las palabras en un discurso produce un ritmo que aburre o seduce a las personas. Por si fuera poco, entrenarse en el arte de escuchar le permite al escritor descubrir que la cárcel del lenguaje está hecha de lugares comunes que pasan de seso en seso a través de las lenguas azules de algunos descerebrados.

  Los lugares comunes, señoras y señores, son ideas muertas cuyos cadáveres siguen andando por ahí, cual momias legendarias a las que no les hacen daño las balas.

  Si en un discurso periodístico oyes que en lugar de «agua» se habla del «vital líquido», que en lugar de «carnaval», se habla de «fiesta carnestolenda» o que en lugar de «Semana Santa», se habla de la «semana mayor», pues respira hondo porque estás frente a las momias que vienen
 por ti.

  Si estás viendo una telenovela y Carlos Ramiro le dice a Mercedes Teresa que la ama con todo su corazón y que quiere hacerla suya para siempre, sal corriendo porque esas momias quieren acabar contigo, desmembrarte y tirar tus huesos al pozo sin nombre, al lugar donde van a morir la inteligencia y la sensibilidad.

  Si estás viendo un partido de fútbol y el locutor se refiere a «la pelota» llamándola «esférica», al «estadio» llamándolo «coso» o al «arquero» llamándolo con el nombre del perro de tres cabezas que cuida las puertas del infierno, cuádrate, saca tu daga de plata y resiste porque estás frente a las momias otra vez.

  Los discursos que rodean la política, el deporte, la publicidad y el erotismo son como fosas ahítas de zombis, de cadáveres que salen a caminar por el mundo para obligarnos a unirnos a sus huestes descompuestas. Contra ellos, contra los muertos vivientes, sal y crucifijo, paciencia y soplete literario, mucho trabajo y mucho Hellboy.

  Un escritor es, entre muchas otras cosas, un superhéroe (como El Santo, el enmascarado de plata) que pelea contra las fuerzas del mal, contra los vestiglos del lenguaje, contra las momias que abundan en el mundo entero. El Santo —que eres tú— debe luchar todos los días contra los muertos vivientes que salen de sus féretros cuando la gente produce discursos llenos de frases hechas y de imágenes que ha visto en televisión, que ha oído en miles de conversaciones, que ha leído en decenas de libros.

  ¿Que cómo sabemos que un evento lingüístico se ha transformado en un lugar común? Pues no es fácil saberlo. Por eso es quien se inicia en la escritura debe aprender a escuchar, a memorizar y a entender que si observa una momia saliendo de la boca de alguien aquí y ahora, y que si luego la ve saliendo de otra boca a diez mil kilómetros de este lugar, pues estará en presencia de uno de esos monstruos poderosos que casi tienen el don de la ubicuidad.

  Un escritor lucha contra las momias invocando la luz de la palabra, sacándoles brillo y lumbre a su sonoridad, creando nuevas relaciones entre los adjetivos y los sustantivos, inventando y cuidando un estilo y, sobre todo, cultivando la propia voz, la de cada quien, la que traduce una visión y una versión del mundo.

  La voz se cultiva en la lentitud solitaria de la lectura, en la oquedad de la duda, en la observación minuciosa de nuestras vidas, en el trabajo aterrador de aprender los nombres de cada gloria, de cada pena, de cada gris que separa el día de la noche.

  Cultivar tu voz supone convertirte en tu propio verdugo, en la sombra anaranjada presta a señalarte tus errores y a burlarse de ti con saña. Si entras al ruedo de la escritura con seriedad, esa sombra será tu maestro. Él te enseñará, sin clemencia, a crear belleza a tu alrededor, a lanzar patadas de humo, a romper bloques de concreto neuronal, a disolver las cenicientas gasas de los monstruos sin tocarlos.

  Aunque son más, las momias nunca pueden con el que cultiva su propia voz. Ante alguien así, los muertos vivientes (cuando no son de corazón mal tañido) mutan; dejan de ser los esbirros del mal y se transforman en una mariposa de sangre, sangre que hay que dejar en la vida y, por supuesto, en la página cada vez que se escribe.

  No lo olviden.

  Paz y rock and roll.



Algunos lugares comunes que esparce con fruición el periodismo venezolano:

Un granito de arena.
El vital líquido.
La semana mayor.
Las fiestas carnestolendas.
Las fuerzas vivas del país.
Una tensa calma.
Hechos acaecidos.
El país nacional.
Un globo de ensayo.
Tórrido romance.
Sector castrense.
Turba enardecida.
Los temporadistas.
La patria de Bolívar.
El sueño de Bolívar.
Insumos médicos.
Zona de confort.
Agendas ocultas.
Periodistas aguerridos.
Sociedad civil.
Las autoridades pertinentes.
Artefacto explosivo.
Los pequeñitos de la casa.
Presunto homicida.
Tren ministerial.
Exilio dorado.
Parque automotor.
El gobierno nacional.
Trabajar por el país.
Hay que organizarse.
Punta de lanza.
Nervios de acero.
Parque industrial.
Hacemos un llamado.
Emprendedores.
Una penosa enfermedad.
Arteria vial.
Conflictividad social.
El órgano competente.
Los organismos competentes.
Torrencial aguacero.
Polarización política.
Sector cultural.
Un frío en la espalda.
Los afectos.
Las fuerzas progresistas.
Jornada electoral.
Comportamiento cívico.
Situación país.
Canasta básica.
El ojo del huracán.
Apresto operacional.
El ciudadano de a pie.
La luz al final del túnel.
Crisis hospitalaria.
Diáspora.
Tolda política.
Una mano amiga.
De lado y lado.
Hacerle el juego al gobierno.
Delincuentes fuertemente armados.
Una cortina de humo.
No queda (de) otra.
A lo interno.
Los jerarcas del régimen.
La actual coyuntura que atraviesa el país.
Jornada cívica.
El colectivo nacional.
Un baño de sangre.
Altos personeros del gobierno.
Poner sobre el tapete.
Un fuerte retraso vehicular.