domingo, mayo 13, 2007

BANDAS SONORAS
Todas las ciudades tienen su banda sonora. En unos casos los ruidos que la forman tienen que ver con el escándalo de los autobuses, con las cornetas de los carros, con el traqueteo de los monorrieles y con esos huecos extraños que se abren en pleno asfalto, y de los cuales siempre sale una bulla continua acompañada de un humo ligero que queda muy bien en las películas futuristas.

Hay ciudades donde el metro marca el pulso de la urbe y le da una suerte de identidad al aire. Si Ud., por ejemplo, se montara en el metro de París, en el de Caracas o en el de Tokio, oiría una secuencia de sonidos que empieza con el susurro del tren que está por llegar y que continúa con el estruendo de los vagones arribando a la estación, con el zumbido siempre sibilante de las puertas abriéndose, con el tuuuuuuuuu de la señal que indica la proximidad del arranque, con el tracatracán del cierre definitivo de las puertas y luego con un ruido raro que parece música y que surge justo en el momento en que el tren avanza, coge velocidad y se pierde en la oscuridad de los túneles.

Como dice mi amigo José Urriola, hay metros de metros. En el de México D.F. y en el de Buenos Aires, por ejemplo, el usuario viaja con las ventanas abiertas por debajo de la tierra. Lo peor es que, más allá de los ruidos mecánicos, del golpeteo entre los rieles y las ruedas metálicas de cada vagón, el usuario de estos sistemas de transporte puede oír ruidos extraños, gritos de momias aztecas, tangos y milongas cantadas hace siglos, aullidos de licántropos enterrados en la oscuridad sin que los porteños ni los mexicanos se inmuten. Tal es lo que ocurre cuando la banda sonora de una ciudad te acompaña a lo largo de tu vida.

Entre nosotros los ruidos tienen una diversidad que va desde los electrónicos y sofisticados hasta los más primitivos. En cualquier ciudad de Venezuela es posible estremecerse con el reluctante ruido de los taladros que, a coro, revientan las calles sin piedad. A la vez, y de noche, puedes dormir arrullado con el canto de infinitos grillos o desvelarte con los múltiples uiuiuiuiuiuiuiuiuiuius que conforman el tormento de una alarma que se le pega a un carro al que le rompieron los vidrios y lo dejaron sin volante ni reproductor. A esa bulla que se ha vuelto natural en nuestra vida citadina, habría que añadir la percusión de los perrocalenteros, ésa que suena clac clac, cada vez que sus pinzas abren y cierran el compartimiento del pan, clac clac, de las salchichas, clac clac, de las papitas fritas, clac clac, de la cebolla, clac clac, y del repollo, clac clac, antes de darte tu perro caliente poderoso.

Ni hablar del grueso paca paca de los cajeros de banco cuando leen tu planilla de depósito o de retiro y te la sellan por delante, por detrás y hasta por el canto, antes de darte tu copia amarilla o rosada y dejar que te vayas feliz por haber esperado con un numerito en la mano en un rincón, mientras oías la campanita que hace plimplín y que te indicaba que era tu turno.

Las calles tienen su amasijo de ruidos mecánicos, pero tienen también sus andanadas de música a todo volumen. En las calles donde hay buhoneros que venden quemaditos, se forman a veces unos auténticos túneles sonoros en los que un vendedor pone un disco de reggaetón y otro, en el tarantín que está en todo en frente, le sube la mecha a una grabación impecable de Metallica, y cuando tú, de manera inocente, pasas por ahí, sientes cómo las entrañas te tiemblan ante el sonido que rebota ora en el vaso, ora en el páncreas, ora en un pulmón, ora en el diafragma, hasta que avanzas y el sonido de semejante túnel queda en el recuerdo.

Oye con atención la banda sonora del lugar donde vives y comprenderás el son al que bailas.

Y no te quejes, por favor.