lunes, abril 30, 2007

IDEAS PARA EL CINE NACIONAL


 ¿Por qué el cine nacional es como es? Quién sabe. Hay algo raro en nosotros. Nuestro cine hace muy pocas películas para entretenernos. Casi todas están diseñadas dizque para llamar nuestra atención sobre un problema de nuestra sociedad, y así vemos en la pantalla las mismas corrosiones que encontramos en la calle, pero sin poesía… Y si el arte (en este caso, el séptimo) no le añade belleza, complejidad o poesía a la vida, pues ahí pasa algo extraño.

 Hay algo raro en un cine que se empeña en ser moralista… Quizás ahí radique parte del problema: en la poca naturalidad que tiene a la hora de escoger sus temas o en el modo de tratarlos. El cine venezolano (como todo lo venezolano) quiere ser serio o, al menos, que lo tomen por tal. Por eso le fascina hurgar en acontecimientos históricos o en fenómenos sociales de ésos que sacuden de verdad, pero que, cuando los ves en nuestra pantalla, dramatizados por nuestras actrices llenas de bótox y nuestros galanes depilados, los ves pequeñitos y triviales como si no hubieran sido nada, como si no hubiesen golpeado de verdad a la sociedad venezolana.

 Lo curioso es que cada vez que promueven sus películas, nuestros cineastas recurren a dos trucos de viejo cuño. El primero tiene que ver con decirte que su filme tiene un mensaje que servirá «para que la gente saque sus propias conclusiones», y el segundo con que «esta película fue hecha con mucho cariño», como si el amor fuera garantía de calidad… (¡Ja! ¡Ni siquiera en el sexo!).

 El mejor cine venezolano es el que se olvida de esa redentora manía de brindar mensajes y se ha dedicado en cuerpo y alma a hacer reír, actividad en la que somos muy buenos, pero que nos genera remordimientos porque no es una vaina «seria» con la que se «construye un país».

 Al final no quisiera que esta crónica se tornara en una queja de cabo a rabo. Por eso, este servidor desearía ofrecerles a los cineastas venezolanos unas cuantas ideas a ver si alguna les gusta. Si ese milagro sucede, pues aprovéchenlo, llénennos de orgullo y acuérdense de este humilde cronista cuando se encuentren en el podio recibiendo el Oscar.

 En primer lugar proponemos una superproducción de artes marciales llamada Cuatlo chinos, ocho cilindlos, una película en la que cuatro chinos van a la playa en un Mustang 1969 y de pronto se ven envueltos en el robo de una gandola perpetrado por unos piratas de carretera. Demás está decir que esta película podría dedicarse a la memoria de Carlos Olivier, quien en vida fuera un cultor muy serio de las artes marciales en nuestro país. Cuatlo chinos, ocho cilindlos podría distribuirse no sólo en Venezuela, sino exportarse a Hong Kong.

 El cine venezolano no le ha dedicado una cinta a un objeto. Imaginemos durante un instante cómo sería una película venezolana que se llame El clóset.

 El clóset contaría cuatro historias:

 La primera trataría sobre un niñito que se dedica a darle de comer a una jirafa llamada Delaney… Adivinen dónde vive Delaney.

 La segunda trataría sobre un gordo que decide engraparse el estómago para caber mejor en el clóset donde vive metido. El drama de esa historia radica en que si el gordo no rebaja, tiene que salir del clóset.

 La tercera trataría sobre un armario que sale volando todas las noches y aparece cada mañana en la cava de un camión de mudanza. Al final, lo que sucede es que el clóset quiere volver a su casa en Cumaná.

 La cuarta trataría sobre un clóset azul que se encuentra en una casa en Santa Fe. Quienes entran en él, terminan en el Marquee de Londres, viendo a Rammstein.

 Al cine venezolano le hacen falta ideas ingeniosas, historias que atrapen al público y gente que las cuente sin prejuicios. Ojalá que éstas que acaban de leer les gusten y les sirvan para algo.