viernes, abril 06, 2007

EL TATUAJE
Andar por ahí y ver una de esas vallas gigantescas donde aparece Gaby en traje de baño es algo fascinante. Provoca prosternarse y dar gracias al Señor por semejante beldad… Sin embargo, cuando pasas mucho tiempo frente a la valla de Gaby, te detienes en los detalles y comienzas a separar el poder creador de la naturaleza del cincel y del martillo que los cirujanos prodigan en los quirófanos. Tu examen exhaustivo te dice que todo es perfecto en ese cuerpo hasta que llegas a su vientre (hermoso como una playa en el amanecer) y le ves, a su derecha, justo más arribita del bikini, un pequeño tatuaje circular que no sabes muy bien qué representa. ¿Será un meteorito llameante cayendo a la Tierra o un ícono abstracto de ésos que les fascinan a los surfistas? Sabrá Dios. Tú sólo te vas con la duda de si ese tatuaje mata o no la suprema perfección de Gaby.

Pero no se emocionen, que no hablaremos de Gaby. Preguntémonos, más bien, por qué se tatúa la gente.

Desde antaño sabemos que en el Pacífico Sur hay individuos que se tatúan el rostro y las extremidades para demostrar el puesto que ocupan en la jerarquía de su sociedad. Es conocido también que hasta hace poco, tatuarse era cosa de presidiarios, de marineros o de ociosos que se dibujaban un ancla o una calavera y debajo ponían las célebres palabras «Amor de madre» o el nombre de alguna novia lejana. También se tiene noticia de que los reos mexicanos tienen que tatuarse en la espalda una imagen de la Virgen de Guadalupe para que ningún otro preso venga a perjudicarlos. Nadie, ni siquiera el peor de los aztecas, se atreve a dañar a su patrona.

Desde hace unos años, el tatuaje dejó de ser una curiosidad reservada a lejanos indígenas, a estrellas desaforadas de rock, a artistas contemporáneos y a seres confinados en cárceles o barcos. Hoy en día, si te provoca, y tienes plata, puedes ir hasta una tienda especializada, y mandarte a tatuar el dibujo que tú quieras en la parte de tu cuerpo que te dé la gana, no importa si ese diseño es abstracto, si es figurativo, si representa árboles, mariposas, sátiros, dragones, tigres, rayos, puñales o cerdos en patines.

¿Que por qué la gente se tatúa? Quién sabe. Tal vez no sea conveniente responder que por moda o por safrisca. Quizás sea más respetuoso y más acertado decir que se tatúa porque vive enamorada de una imagen, de un objeto real o imaginario cuya presencia siente que completa su vida, que la hace más plena, que le da seguridad, que la ata a este mundo y que le brinda fuerzas para seguir viviendo y luchando contra las múltiples adversidades que trae consigo la existencia. Claro, esa respuesta echa chispas cuando la cotejamos con la naturaleza de las imágenes tatuadas… ¿Por qué nuestros congéneres se tatúan tanta hada y tanto elfo? ¿Será que la gente quiere más «magia» en su vida? ¿Por qué rayarse la piel con tanto monstruo? ¿Será que pintarse bestias en la espalda o en el cuello mitiga la rabia que las nuevas generaciones llevan por dentro? Quién sabe.

En la vida real, los tatuajes no son útiles a la manera de Prision’s break. Nadie tiene tatuados en su cuerpo los planos de la cárcel que lo alberga para escaparse.

Ante tanto minotauro y tanto Ying y Yang, sería una belleza tatuarse la lacónica perfección matemática del Teorema de Pitágoras. En esta época extraña saber que, en un triángulo rectángulo, la suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa, es más subversivo y fascinante que cualquier bestia apocalíptica…

Sí. Es cierto: a Gaby le quedaría mejor el clásico a² + b² = c² que el bendito símbolo en llamas que tiene tatuado en este momento, pero digámoslo en voz baja para evitarnos problemas.

Paz.