lunes, abril 09, 2007

EL ARTE DE CAERSE A GOLPES
Hace años, Fierro y Márquez se cayeron a golpes en la plaza de adoquines rotos que aún queda a menos de una cuadra del colegio donde estudiaron. Ninguno de los que vio aquel grotesco show, pudo olvidarlo jamás.

Resulta que Márquez fastidiaba a Fierro quién sabe por qué clase de tirria infantil, hasta que un día Fierro no pudo más y le dijo a Márquez que dejara de molestarlo o lo acusaría con la profesora Delfina. Márquez se burló de aquella amenaza y, a la salida, esperó a Fierro en la melancólica glorieta. Ahí se quitó la camisa azul y le dio una desmesurada golpiza al pobre Fierro, que no hizo nada para defenderse, creyendo que con esa pasividad se sustraería del futuro que le esperaba.

Al día siguiente, Márquez y Fierro se encontraron en la escuela, pero esta vez en la oficina del padre Babbington y en compañía de sus respectivos representantes. Después que el despacho se llenara de regaños y de múltiples palabras de arrepentimiento, vino el irrevocable veredicto del director: Márquez quedaría expulsado del colegio durante tres días por haberle convertido la cara en una franela recién salida de una lavadora a su compañero, y Fierro permanecería fuera de clases durante tres días por no haber hecho nada para impedir que su oponente le dejara el rostro en semejante estado.

El padre Babbington ponía en práctica un código muy sencillo: si alguien te fastidiaba y tú no te defendías por temor a que te castigaran, te merecías el ojo morado que te dejaron (por pusilánime) y el castigo que te impusieran por ser el protagonista de un evento perturbador de la paz escolar. Si te caías a golpes porque molestabas u ofendías a los demás, te merecías, sin contemplaciones, que te rompieran la nariz (por malandro) y que te castigaran con rigor por transgredir las normas del plantel.

Ésa era más o menos la ética que privaba en ese colegio, cuando sus autoridades pillaban a alguien en medio de una reyerta. Quién sabe si los curas de aquel viejo colegio eran fanáticos de las películas de Charles Bronson, de Clint Eastwood o de Ernest Borgnine, y desarrollaron todo un manual de procedimientos alrededor de las golpizas que, ciertamente, eran (y son) intolerables no sólo en la escuela, sino en todas partes, pero, como decía uno de aquellos educadores ensotanados imitando la voz de Gene Hackman:
—A veces no queda más remedio que hacer lo que tienes que hacer porque, de lo contrario, nadie te respetará. —Y luego de una estudiada pausa añadía con voz siniestra—: Eso sí: tienes que asumir las consecuencias…

Caerse a golpes en la escuela o ver cómo dos compañeros se partían la crisma en medio del recreo era uno de esos espectáculos a los cuales, al menos los varoncitos, no podíamos suprimirnos, quién sabe si porque aquello representaba una anomalía en la rutina olorosa a lápiz Mongol y a borra Nata o porque satisfacía los ímpetus atávicos de todo joven que se asoma por primera vez a la vida y no sabe controlar sus propias fuerzas oscuras.

Para concluir hay que señalar que veintitantos años después del célebre combate, Márquez y Fierro se encontraron en la boda de la hermana de la esposa de Fierro con el hermano de la esposa de Márquez y, sin poder recordar la razón del vergonzoso episodio que alguna vez protagonizaron en el colegio, ambos, ahora calvos y barrigones, estrecharon sus manos, se abrazaron, comieron, bebieron y se emborracharon hasta cantar Ace of spades y Overkill a coro sin que les importaran los novios ni las esposas ni nada de nada.

Los caminos del Señor son insondables, pero la historia de estos dos personajes es el colmo, pues a los pocos meses de aquel reencuentro, se asociaron y adquirieron un local en el que fundaron un taller de latonería y pintura que los ha hecho millonarios y felices.