viernes, marzo 09, 2007

SESOSTRIS
En 1939, año aciago en que los nazis invadieron Polonia, los mercantes alemanes e italianos que navegaban por el Mar Caribe comenzaron a tener serias restricciones para llevar a cabo sus operaciones comerciales. Cuando no los perseguían los barcos ingleses o franceses, se encontraban con decretos como aquél que emitió el gobierno de los Estados Unidos, según el cual debían fondear de inmediato en el puerto más cercano a su posición y esperar por nuevas resoluciones. De más está decir que uno de esos decretos terminaba con una contundente advertencia: barco que no cumpliera con tal medida, sería atacado y hundido sin contemplaciones.

Con el paso de los días y el avistamiento (real o ficticio, quién sabe) de uno o varios submarinos nazis en los predios del Mar Caribe, los gobiernos de algunos países, entre ellos el de Venezuela, decidieron apoyar las medidas del gobierno norteamericano.

En marzo de 1941 el gobierno de los Estados Unidos emitió otro decreto en el que se ordenaba la confiscación de las naves alemanas e italianas retenidas en los puertos de los Estados Unidos, orden que, por supuesto, tuvo eco en los demás países de la región.

Pero vamos por partes. Volvamos a 1939 y veamos qué ocurrió en Puerto Cabello, cuando quedaron retenidos en su bahía seis mercantes italianos y uno alemán llamado Sesostris.

¿Qué creen Uds. que pasó? Nada que no sea normal en nuestro trato con quienes nos visitan de otras tierras: que los tripulantes del Trottiera, del Jole Faccio, del Teresa Odero, del Baccicin Padre, del Alabama, del Dentice y del Sesostris, se mezclaron con los habitantes de Puerto Cabello luego de haber recibido la condición de refugiados y la deferencia de las autoridades venezolanas. Los marineros la pasaron bomba, disfrutando de la mezcla de hospitalidad y juerga que es tan criolla y que tanto les gusta a los turistas que pisan esta comarca. Resulta fácil imaginárselos jugando cartas, aprendiendo «venezolano», correteando Nausicas felices, teniendo hijos, haciendo negocios y ganándose el afecto de grandes y chicos, contando sus historias llenas de exageraciones de diferentes calados.

Así pasaron dos años en los que los marineros se aclimataron a la manera de ser de los porteños hasta que se supo del decreto de 1941 y se acabó aquella tregua. Cuando los distintos capitanes se enteraron de que el gobierno norteamericano había mandado a incautar sus embarcaciones, no esperaron la reacción de las autoridades locales y, siguiendo instrucciones de sus respectivos gobiernos, ordenaron quemar sus propias naves.

Ese hecho produjo una mezcla de indignación y tristeza en los habitantes de Puerto Cabello. ¿Cómo era posible que aquellos hombres a quienes se les había obsequiado con toda clase de favores hubiesen reaccionado de esa forma, produciendo además un montón de daños a las instalaciones del propio puerto del que se habían beneficiado? Para los inocentes venezolanos de ese entonces aquella actitud era incomprensible, sobre todo porque no sentían como suya la guerra de la que hablaban los marinos europeos.

Eso sí: como castigo a ese desastre los marineros recibieron una condena de dos años en prisión, mientras que los capitanes una de cuatro.

De aquel formidable incendio las autoridades salvaron los seis barcos italianos, mientras el Sesostris se convertía en una ardiente y metálica tea flotante en la triste bahía, y como después del incendio nunca pudo ser restaurado, el gobierno del Isaías Medina Angarita ordenó su desguace y su remolque hasta Isla Larga, donde hoy permanece hundido para beneplácito de los buzos de las nuevas generaciones.