martes, marzo 20, 2007

LOS REGALOS Nada como recibir un regalo, como que te obsequien un objeto envuelto en un hermoso y colorido papel, como verte en el deber de abrir aquello que vino preparado para sorprenderte, y tú tratando de hacerlo con delicadeza, respetando el sumo esfuerzo que le llevó a quien le puso capas de papel encima a tu nuevo objeto, mientras que algún cretino te insta a que rompas el envoltorio, a que deshagas el encanto con violencia, y tú no, tú te tomas tu tiempo y arrancas cada pedacito de teipe, deshaces cada doblez hasta que llegas, con paciencia, hasta tu nuevo tesoro.

A veces el artefacto que te regalan no es tan hermoso ni tan interesante como cuando venía envuelto y ahí es cuando desearíamos que la vida viniera con un botón de pausa (como el de los dvds) para detener la agradabilísima sensación de sorpresa que supone el recibir un regalo que no sabes qué es, ni si te gustará, ni si es de tu talla o, si por el contrario, es un artilugio que nada tiene que ver contigo. En ese particular, soy de los que aman los regalos cuando vienen envueltos. Hay algo infantil en el arrobamiento que nos produce el no poder ver qué hay dentro de un paquete del que eres destinatario.

Curioso resulta crecer y darte cuenta de que no sólo te gustan los regalos con sus papeles de colores y sus lazos llenos de rizos, sino que te agradan, y mucho, los paquetes que vienen con discos, libros, películas o corbatas, sean de Amazon o de cualquier otro proveedor lejano, los sobres del correo con su gráfica azarosa de sellos y estampillas, los sobres amarillos llenos de dólares que se dan unos a otros los miembros de la mafia de Tony Soprano y los sobres rojos que utilizan los chinos de todas las latitudes para regalarle dinero a los novios que se casan o a los tarajallos que ya están demasiado creciditos para seguir regalándoles juguetes o ropa de poliéster.

A quien esto escribe le produce una extraña sensación de felicidad el fotocopiar y ampliar dibujos, recortar revistas y suplementos, crear gráfica para que participe en el arte fugaz de producir papeles de regalo que otros romperán y olvidarán sin remordimiento alguno.

Una vez, hace un par de años, vi un capítulo de Los Osbourne en el que Jack le envolvía un regalo en papel de aluminio a su desquiciado padre. El aspecto final del paquete no tenía nada de amable. Parecía un presente de parte de Pablo Escobar Gaviria, lo cual, en el caso de Ozzy, no tendría nada de raro... No obstante, me interesó la posibilidad de utilizar una de esas láminas plateadas como parte de un envoltorio complejo y delicado, quizás como una capa media entre el regalo como tal y el papel externo, como si el paquete completo fuese una cebolla diseñada para que quien se dedique a abrirlo, tarde un buen rato.

Estoy consciente de que hablar de estas cosas hace que uno parezca interesado en esos programas de televisión dedicados a las manualidades. Nada más ajeno a mi ánimo educado a base de canciones de Black Sabbath. Lo que pasa es que a la hora de prodigarle la felicidad al prójimo hay que hacer un esfuerzo y no regalar por regalar ni envolver por envolver.

A propósito de envoltorios: vale la pena observar con detenimiento la secuencia inicial de Charlie y la fábrica de chocolate en la versión de Tim Burton. ¿La recuerdan? En esa antesala de la película, mientras van apareciendo los créditos, puedes ver el proceso de empaquetado de una barra de chocolate desde que sale de las entrañas de una máquina hasta que la montan junto con otras miles de barras en los camiones que las llevarán a los abastos del mundo entero. Aquel proceso es un modelo de delicadeza que te hace a pensar que todo en esta vida debería ser así.