miércoles, febrero 28, 2007

LA PLAYA DESNUDA
Cada vez que vamos a la playa, creemos que nos dirigimos a una especie de paraíso, y lo más extraño es que nos antojamos de ir a sitios que parecen intocados por la mano humana, cuando en verdad, al ciudadano común le está reservada una playa de pocas emociones creada por la industria del turismo con sus toldos y su pequeño restaurante en el que siempre hay un coco y un carite sonriente pintados en una pared.

Si la gente fuera a una playa virgen de verdad, no habría quioscos de pescado frito ni salvavidas a lo Baywatch. Tampoco encontraríamos vendedores de ostras ni de cerveza. Mucho menos habría peñeros que lleven turistas y carritos de helado a lejanos cayos, ni jeeps que, a orillas del mar, dejan salir de sus fauces el apocalíptico sonido del reggaetón. Si la gente fuera a un paraje marino verdaderamente alejado de la civilización, iría a una playa áspera de ésas que parecen primorosas durante el día, pero que se llenan de mosquitos y aguamalas al atardecer… Que lo diga el náufrago que interpretara Tom Hanks hace pocos años.

La playa es sombrilla, lumbre nocturna y carpas de gente que se acerca al paisaje virgen con el único propósito de descansar. Allí, sobre la arena, las conchas de caracol y las piedras con formas monstruosas preludian la existencia de un paisaje inhóspito y salvaje al que ningún turista adicto a la comodidad de su hotel visita. Nos referimos al paisaje que late por debajo de las aguas y que sirve de hogar a seres que retan nuestra sapiencia, a criaturas de todos los tamaños, colores y rugosidades, a monstruos cuya clasificación en los reinos animal o vegetal desconocemos.

El fondo de las aguas no es de los que vamos a la playa. Para el común de los mortales esas llanuras cubiertas de corales son sólo una imagen más de las que aparecen en televisión, no un espacio a conocerse ni a disfrutarse, y menos si para llegar a él debes aprender a usar un tanque de aire, una máscara, unas chapaletas, ponerte un traje de neopreno en el que seguramente no cabrás porque en los últimos meses bebiste mucha cerveza y te creció la barriga. El reino de los peces más extraños no les interesa a quienes hacen del mar un arrullo para su sueño de bronceador, raquetas e hilos dentales. Eso es para oceanógrafos como Jacques Costeau, para locos como el capitán Nemo o para safriscos que no saben qué hacer con sus vidas y no les importa que un tiburón quiera desayunárselos en pleno Viernes Santo.

Nada más erótico que los cuerpos untados con cremas bronceadoras, con protectores solares y con cuanto menjurje proteja la piel del sol abrasador, mientras se está en cueros, meneando una piña colada, bajo un cielo azul lleno de nubes que dibujan formas cambiantes. Ahí, en ese momento, los seres humanos parecemos las morsas desnudas que a cada rato aparecen en Discovery Channel y que ocupan una playa entera, tostándose, midiéndose, tocándose, como si no tuvieran problemas, como si la vida real se hubiera detenido en ese momento para que todo gire alrededor de los cuerpos que gozan los mil y un deliciosos estímulos que prodiga la cercanía del mar.

Tal vez todos los avatares de la vida valgan la pena para luego ir a la playa a exorcizarlos, a sentir que nos vengarnos de ellos con la cuota de felicidad que nos toca cuando las olas nos revuelcan (y nos dejan sin traje de baño) en medio de su espuma, cuando vemos a las chicas bellas jugando a ser milanesas voluptuosas, cuando sentimos cada grano de arena bajo nuestros pies y cuando vemos uno de esos atardeceres que nos dejan boquiabiertos, pensando en cuánto debemos agradecerle a Dios, a la naturaleza o a quién sabe quién, el que sigamos vivos.

Lo mejor es que el mar siempre está ahí, esperándonos.