sábado, febrero 17, 2007

LA LÁMPARA DE LUZ MORADA A los seres humanos nos atraen los abismos, esas situaciones límites en las que podemos perder hasta la vida, si nuestra sensatez no interrumpe el efecto hipnótico que en nosotros produce la cercanía de la muerte. No se asuste, amigo lector, que no hablaremos aquí de cosas tenebrosas.

Hace unos años se puso de moda que un sujeto fornido y con aires de experto te amarrase una banda elástica a los tobillos antes de que tú te lanzaras desde lo más alto de un puente. La idea era pagar para sentir la máxima expresión del vértigo y que al final de la experiencia los bomberos no tuvieran que recogerte con palita. Algo parecido ocurre con los que se lanzan en paracaídas, se montan en parapente o escalan altísimas montañas, a pulso, sin cuerdas ni mosquetones ni equipo de ninguna clase. Por si fuera poco, nuestras autopistas están repletas de bárbaros que organizan piques y ponen sus carros a correr a 240, como si dejar atrás al Mustang, al Dodge o al autobús representaran el honor y la gloria por los siglos de los siglos, amén.

A mí, esa gente que se zumba, escala, brinca o corre a velocidades anormales me recuerda a las moscas que terminan achicharradas en las lámparas de luz morada que abundan en las panaderías y areperas de nuestro país, y cuya luz las hechiza y las atrae sin piedad hacia la muerte. En el caso de estos deportistas extremos, lo que hace las veces de la lámpara de luz morada es la adicción a su propia adrenalina cada vez que tientan a la pelona.

Por cierto (y perdonen la digresión), ¿quién inventaría eso de que una bolsa llena de agua colgada del techo de la panadería o de la arepera en cuestión espanta las moscas sin tener que eliminarlas? Quizás alguien que cree en el derecho a la vida que, sin duda, también tienen esos insectos de Dios.

Y no crean que porque nunca hayamos practicado motocross o porque jamás hayamos siquiera pensado en lanzarnos desde un avión con una tabla de surf, estamos libres de la atracción que sobre nosotros ejerce aquello que es peligroso. ¿Por qué creen Uds. que nos atraen tanto las películas de terror, los trapecistas del circo, los que caminan por la cuerda floja o los que entran al ruedo para lidiar a un miura? Nos atraen porque, aunque sea a través de un émulo de Harry Houdini o de David Blaine, vivimos la inminencia de la muerte.

Hace treinta y tantos años hubo un artista que saltaba con su motocicleta entre aros de fuego y, luego de pasar sobre una rampa a toda velocidad, brincaba sobre filas de carros y camiones hasta caer en otra rampa en medio de los aplausos atronadores de un público frenético. Era Evel Knievel, «el héroe americano», el hombre que desafió una y otra vez a la muerte hasta que se retiró y le dejó a su hijo Robbie la continuación de «su obra». No sé por qué, pero de un tiempo a esta parte me he preguntado muchas veces cómo es que entre nosotros no ha surgido el «Evel Knievel venezolano», un motorizado común y corriente (de ésos que hacen caballitos entre semáforo y semáforo), que les cobra a las secretarias, a los gerentes y a los vigilantes de las compañías donde trabaja, por mostrarles sus talentos motociclísticos en un estacionamiento lleno de carros ajenos. Me lo imagino saltando sobre tres Malibús, dos Sierras, un Javelin y un Volkswagen desde una rampa apoyada en una torre incendiada de gaveras de malta.

No sé por qué mi imaginación me lleva a concebir semejante barbaridad. Debe ser porque detesto los deportes extremos, porque no entiendo a los que van volando por nuestras carreteras y porque me gusta matar zancudos (y moscas) con la raqueta eléctrica que venden los buhoneros en nuestras calles. Quizás ése sea el máximo nivel de peligro que yo esté dispuesto a tolerar.