sábado, febrero 24, 2007

EL EFECTO CHATARRA Este siglo raro y primoroso tiene una característica que lo hace fascinante: como los medios de comunicación están siempre presentes para convertir el acto más sencillo en un show, sentimos que la Tierra es un planeta a punto de desaparecer. Hoy, por ejemplo, parece que hay más desastres naturales que en cualquier otra época, cuando en realidad lo que sucede es que, gracias a la televisión, sabemos al instante de la acción devastadora (y simultánea) de varios de estos fenómenos. Esa característica del mundo contemporáneo funciona tanto para terremotos e inundaciones, como para los escándalos de Michael Jackson o los hábitos reproductivos de los ornitorrincos en Botany Bay. Así, sin querer queriendo, nuestra mente se llena de datos, al tiempo que nuestro ánimo se siente seguro al creer que conocemos la historia tectónica de todo un continente sólo porque vimos unas pocas imágenes del último tsunami que azotó una región. Lo más curioso es que, desde esa sensación de plenitud que modela nuestra sensibilidad se produce el «efecto chatarra», un proceso según el cual no sólo llenamos con anécdotas los inevitables vacíos con que nos deja la inmediatez de la retórica televisiva, sino que las tomamos por sabiduría.

Hagamos un ejercicio para demostrar cómo funciona el mencionado factor. Tomemos un objeto que abunda en cualquier ciudad de este planeta; digamos una estatua. Observemos cómo cada escultura que ocupa un espacio público tiene una historia que todo mundo se sabe, repite y hasta se enorgullece de difundir sin importar si es real o no. De ese modo, quienes sabemos de la existencia de la estatua de Woody Allen en Oviedo, hemos oído que a cada rato le roban los lentes de bronce, y eso importa más que el autor, el año de fundición y por qué la pusieron ahí. Algo parecido sucede con el monumento a Carlos Gardel en Caño Amarillo: todo el mundo sabe que cada cierto tiempo algún ocioso le roba el broncíneo perrito al conjunto escultórico, pero nadie recuerda que su autora es Marisol Escobar. Ese no recordar quién es o fue el autor de una obra y, en cambio recordar los hechos reales o inventados que la rodearon también está presente en la estatua de María Lionza, a la que unos anarquistas ociosos le pusieron sostenes en los años sesenta y un fantasma alado (o algo parecido) partió en dos en junio de 2004. Lo mismo puede decirse del heroico Simón Bolívar a caballo de la Plaza Chacao, al que el destino aciago tumbó de su pedestal el 19 de enero de 1998.

Del Chaplin de bronce que se encuentra en Mérida, recordamos que la gente bella e ingenua, al verla por primera vez, la llenó de velones, ofrendas florales y exvotos porque creyó que aquélla era la imagen del doctor José Gregorio Hernández. De la Venus de Milo nadie sabe nada, salvo que es una señora muy bella sin brazos…

Saberse los cuentos, adornar las anécdotas no sólo de las esculturas, sino de cualquier objeto, lugar o fenómeno, no califica a nadie como experto en un tema ni le da autoridad para que se ponga a sentar cátedra en bodas, bautizos, cumpleaños, barmitzvahs, almuerzos de trabajo y demás reuniones en las que nunca falta uno de estos personajes que reduce la complejidad de la vida a lo que le ofrece el control del televisor.

Adquirir conocimientos viendo el noticiero es una delicia, pero ¿qué pasaría si aprendiéramos a ver ese placer como el punto de partida hacia algo más? Porque leerse un librito no le cae mal a nadie…

Por cierto, el escultor de la estatua ecuestre del Libertador que está en la Plaza Chacao se llama Arturo Rus Aguilera y el de la escultura de María Lionza, Alejandro Colina. No vayan a decir después que escribo mis artículos a partir del efecto chatarra.