viernes, febrero 02, 2007

CUENTO ERÓTICO
Un día cualquiera, Carlos Javier se encontraba en su oficina lidiando con unos enrevesados documentos que esa misma tarde debían parar en un juzgado penal. Su apuro y sus cuitas laborales eran tantas que muy pronto le dijo a Flor, su vieja secretaria, que tomara nota de cualquier mensaje que le llegara durante ese mediodía porque él, aparte de almorzar, iría un momento al «banco». Así, serio y silencioso como siempre, Carlos Javier bajó al vestíbulo de su edificio, saludó con un manoteo a los muchachos de la recepción y se fue con paso seguro hacia la calle. Allí se tropezó con los transeúntes y esperó a que el semáforo detuviera a los infinitos vehículos que a esa hora convierten en infierno a toda la ciudad. Cuando por fin cruzó la congestionada avenida, se dirigió al edificio que queda frente al suyo. Entró y se puso a esperar el ascensor. Ya en el piso quince, miró la puerta amarilla que dice «Fairchild y Asociados» y se dijo a sí mismo que la solución al dolor que sentía en el cuello estaba a un timbre de distancia.

Wanda, una hermosa mujer madura muy bien arreglada, lo recibió, le dio un beso, le dijo que pasara, que qué maravilla su presencia, que hacía tiempo no las visitaba, que él ya era de la casa y sabía cuál era el procedimiento, que si quería un whisky, que se sentase en una de las poltronas de cuero porque ya venía Amanda con el menú para que él mismo escogiera su masaje.

Al rato, cuando ya Carlos Javier se sentía a años luz de los problemas jurídicos que dejó en su despacho, apareció Amanda tallada en un bonito traje anaranjado. Ella lo saludó, le mostró el menú y escuchó la misma pregunta y el mismo monólogo que siempre hacía Carlos Javier:
—¿Qué será mejor: el «Oriental», el «Latino» o el «Completo»? Vamos a tomar el mismo de la otra vez.

Y Amanda se sonreía, sabiendo que las tensiones de aquel hombre elegante que daba buenas propinas desaparecerían en breve; que desaparecerían como desaparecieron cuando vino aquella primera vez en la que descubrió que con tan sólo cruzar la calle, frente a su oficina, encontraría un paraíso en el que, por un módico precio, le darían un condón, un albornoz, una mamada y un baño que lo dejaría feliz durante el resto del día; tan feliz que no dudó en llamar de inmediato a su amigo Carlos Ignacio para invitarle una copa y contarle con todo detalle cómo eran las tetas «naturales» de Amanda, cómo estuvo el combo masaje-puñeta-felación-jacuzzi, cómo era la oficina convertida en refinado sitio de lenocinio y cómo era la cara de felicidad que tendría al volver a su nido de papeles y ocupaciones aburridas.

De nada vale vivir en carne propia una sesión de sexo satisfactorio si no puedes contársela a tus amigos.