domingo, enero 14, 2007

EL VECINO
Hace un par de días un vecino de ésos que uno se topa todos los días en el ascensor, me preguntó que a qué me dedicaba. Yo le respondí que a escribir. El caballero en cuestión arrugó la cara y sonrió discretamente antes de repreguntar:
—¿Y qué escribes?

Me provocó responderle cualquier cosa, pero en estos días (debe ser culpa de tanto descanso) me siento pródigo y le contesté que de todo: libretos para la radio, artículos de prensa, cuentos, novelas, ensayos... El vecino sólo dijo como para sí «qué interesante» y añadió: «¿y tú vives de eso?». Quise responderle que no sólo vivo de eso, sino que vivo para eso, pero me contuve porque hay balas de plata que no se pueden gastar en trivialidades, existiendo tantos hombres lobos en este planeta.

Quizás si me hubiese interpelado una vez más, le habría dicho que escribir es una manera de ponerle al mundo aquello que uno cree que le hace falta para ser mejor; que escribo porque es una manera de subrayar esas pequeñas cosas de la vida, buenas y malas, que no deben pasar por debajo de la mesa y porque, creo con toda fe, que sólo persiste en la memoria de la humanidad aquello de lo cual se escribe.

Cuando el vecino se fue, me quedé pensando en sus preguntas. Creo que debí contestarle todo eso que dije en el párrafo anterior. Así habría tenido chance de añadir:
—Escribo, además, porque es la única manera de meter un elefante africano en este ascensor.