lunes, noviembre 20, 2006

UN PAR DE EJEMPLOS MONUMENTALES

Queridos amigos, en la historia de la música hay dos maestros cuyas obras monumentales pueden servirnos de ejemplo para escribir nuestros relatos. Hablo de Mozart y de Beethoven.

Si tomamos cualquier pieza de Wolfgang Amadeus Mozart, nos daremos cuenta de que las distintas melodías que la conforman están organizadas «en forma de» líneas continuas que se cruzan, se superponen y nos llevan por un camino de dibujos sonoros (si cabe el término) desde el principio hasta el fin de la obra sin interrupciones.

Si tomamos una pieza de Ludwig van Beethoven, observaremos que las distintas melodías que la conforman están organizadas como un gran juego de Lego en el que miles de pequeñas piezas encajan unas con otras hasta formar una gran estructura. Como Beethoven se fue quedando sordo, tuvo que diseñar una manera de organizar las notas para que cada una se engranara con la que le sigue hasta que, entre todas, logran sostener «el gran edificio» de la composición.

Damas y caballeros, cuando escribimos un relato, podemos trabajar de las dos maneras: dibujando «líneas de acciones» continuas o ensamblando una pared poniendo ladrillo sobre ladrillo. En otras palabras: podemos disponer las acciones que conforman nuestro relato «a la Mozart» o «a la Beethoven».

Si logramos escribir generando un contrapunto de acciones que se desarrollan, tan largas como ellas son, estaremos emulando al autor del Don Giovanni, de La Flauta Mágica y de la Sinfonía N° 41 «Júpiter». Si escribimos un relato que a su vez está formado por otros pequeñísimos relatos, estaremos trabajando a la manera del autor de la Gran Fuga, del Fidelio y de la Novena Sinfonía.

Cuando tomas una acción cualquiera (por ejemplo, un viaje en tren) y escribes y escribes y escribes y escribes sobre el tren, sobre el paisaje que se ve desde la ventana, sobre los asientos cómodos o incómodos del vagón, sobre la gente que viaja allí y sobre algo que ocurre en ese lugar, sin desviarte, sin salirte de ese tren y de las circunstancias que en ese espacio ocurren, pues estarás trabajando las acciones de tu cuento como si fueran líneas ininterrumpidas que se cruzan, que juegan entre ellas y que se desarrollan hasta el final de la historia.

Cuando escribes un cuento, por ejemplo, de ciencia ficción en el que el narrador se detiene a contar una historia de cuando cada personaje vivía en su planeta natal, del pasado del gato que ronronea desde la silla del copiloto de la nave o sobre la escopeta de rayos protiniónicos que lleva la tripulación, estarás poniendo una pieza de Lego al lado y sobre otra pieza de Lego hasta que decidas que el edificio literario que querías construir ya está listo.

Los peligros más frecuentes que se corren con la primera opción tienen que ver con «quedarse sin aliento» para continuar la carrera y con alargar demasiado una historia.

El peligro más frecuente que se corre con la segunda opción tiene que ver con el «efecto caleidoscopio» o con, lo que es lo mismo: el imperdonable desorden.

Así que ya lo saben: Mozart o Beethoven. Ése es nuestro dilema.

Un gran abrazo.