martes, noviembre 21, 2006

A PROPÓSITO DE LA VOZ NARRATIVA

Cada escritor debe buscar su «voz»; es decir: cómo «sonarán» en los oídos de sus lectores los párrafos que escriba. Cada quien, dependiendo de su formación, de sus intereses, de su manera de ser, de su carácter y de su voluntad, creará una manera de contar historias. Esa manera puede ser como tú quieres que sea. Puede ser rápida, lenta, rabiosa, melancólica, austera, delicada, ruda... Puede ser directa, huidiza, «rara», grotesca... Tú defines cómo quieres que «suene» lo que escribes.

Si estás comenzando a escribir y lees con humildes ojos de verdugo tus propios párrafos, te percatarás de que son neutros, de que tienen un tono redaccional y de que les falta intención, voz, ese tono que hace de un relato algo más que una mera relación de acontecimientos y que lo potencia hacia otros niveles que son los que nos importan: los del arte, los de los cuentos que la gente paga por conocer.

No basta investigar «cómo eran los uniformes de los nazis» para escribir un cuento sobre la Segunda Guerra Mundial. Si tú te encierras en una biblioteca a investigar sobre Hitler, Goebbels, Speer y toda esa pandilla de hijos de putas, puedes obtener información como para escribir la mejor tesis del mundo. Sin embargo, si no desarrollas tu «voz» como narrador, no podrás escribir un buen cuento sobre ese tema, aunque tengas todos los libros sobre el nacional-socialismo archivados en tu cabeza.

¿Lo ves?

Lamento decirte que la «voz» no se construye de un día para otro. Cada cuento, cada escrito, cada apunte que tomas, cada imagen que concibes, sirve para construir lenta y sistemáticamente ese tono que marcará el compás de tus relatos. En esa construcción de la voz juega un papel importantísimo la lectura. ¿Por qué? Pues porque cuando lees diferentes libros, te enfrentas, entre otras cosas, a un sin fin de voces, de ritmos, de maneras de contar historias. Por eso hay que leer mucho y de todo (sí, Mortadelo y Filemón también), con mente abierta, sin prejuicios ni buscando sólo «el placer», «el alimento espiritual» y ese tipo de estupideces de las que hablan los que leen por leer.