viernes, noviembre 24, 2006

LAS AMPUTACIONES EMOCIONALES


Desde hace meses he estado escribiendo un cuento donde aparece un personaje al que le falta un brazo y debo confesar que ese tema (el de tener que aprender a vivir sin una parte de tu cuerpo) me ha interesado mucho en los últimos tiempos.

Quienes tuvieron la mala fortuna de sufrir un accidente por el que les amputaron un brazo o una pierna, coinciden en el hecho de que a pesar de la ausencia evidente del miembro amputado, siguen sintiéndolo, como si de una extremidad invisible, fantasmal, transparente, se tratara. Traigo a colación este tema no sólo porque he tenido que averiguar algunos puntos relacionados con la ausencia de partes del cuerpo para poder diseñar la manera de ser de mi personaje manco, sino porque me he dado cuenta de que los venezolanos, desde 1998, hemos sufrido una serie de amputaciones emocionales de las que no hablamos cuanto deberíamos. Así como una persona a la que le amputan un pie, sigue sintiéndolo porque su cerebro contiene un mapa imborrable de todo su cuerpo, así los venezolanos creemos, que a pesar de los cercenamientos que hemos recibido, todo sigue igual, que somos los mismos, que nuestra humanidad permanece intacta. Creemos que nuestro pie sigue ahí; sentimos como que nos pica y, cuando vamos a rascarnos, resulta que tenemos una prótesis made in Cuba.

A la sociedad venezolana le amputaron dos veces el estado Vargas; primero fueron las lluvias de diciembre de 1999 y luego la caída por desidia del viaducto de la autopista Caracas-La Guaira. Los venezolanos ya no podemos disfrutar de las playas del Litoral Central, ni comer tranquilamente en el Rey del Pescado Frito, ni bajar al aeropuerto de Maiquetía sin que el viaje sea una maldita incomodidad. Ir a eso que con pompa desmesurada llamamos hoy «Estado Vargas» es un fastidio, un soportar horas de tráfico en una vía provisional donde, para colmo, corres el riesgo de que te roben y te maten.

A los venezolanos nos amputaron las calles que conforman los centros de nuestras principales ciudades. En la capital de Venezuela, por ejemplo, es imposible pasear por el bulevar de Sabana Grande, por las plazas Bolívar y Caracas, por La Candelaria, por las avenidas Urdaneta y Universidad, porque están tomadas por vendedores ambulantes y malvivientes de toda pelambre.

Los malandros, cuyo número exiguo y ampliado a fuerza de balas los hace ver como mayoría frente a la gente decente, le han cercenado al ciudadano común la idea de que las calles del país en que nació son suyas, que puede transitar por ellas de día y de noche en paz.

También nos amputaron la posibilidad de ir a nuestros museos, como hacíamos antes, a ver exposiciones de los artistas más extraordinarios del mundo, incluidos, por supuesto, los venezolanos. Hoy estamos condenados a ver y rever las mismas obras que hemos visto una y otra vez, y que pertenecen a las colecciones de las hoy lobotomizadas instituciones museísticas que tenemos y que no son ni siquiera una sombra de lo que fueron en el pasado.

Por si fuera poco, nos han llevado a auto-amputarnos —por cuotas— nuestra libertad para expresar lo que pensamos y creemos no sólo en los medios de comunicación, sino en la calle, en la oficina, en los puestos de trabajo, en las urnas electorales y en todas partes. Poco a poco, a punta de listas, de amenazas y de violencia pura le hemos reducido el tamaño a nuestra lengua.

Podríamos continuar enumerando amputaciones, pero la bandeja donde caen los miembros amputados está llena y la sierra que los cercena no parece haber sufrido mella al cortar una y otra vez aquello que nos hacía amable la vida en este país. Lo peor es que nuestros muñones emocionales se han ido ajustando a prótesis mediocres en las que abundan promesas de auge económico y pretensiones de convertirnos en una potencia mundial. A estas alturas, quizás valga la pena preguntarse qué tienen que cortarle al ciudadano de estas latitudes para que comprenda el daño emocional que ha recibido y sigue recibiendo todos los días en un país donde sólo recibe hoz afilada, muerte y barbarie.

Quizás la respuesta a esa pregunta la sepamos el próximo 4 de diciembre, pero no hay que hacerse muchas ilusiones.