miércoles, octubre 18, 2006

¿POR QUÉ LEEMOS LOS QUE LEEMOS?

Hace pocos días terminé de leer Los dominios del lobo, de Javier Marías, y debo decir que disfruté mucho esa novela por varias razones. La primera de ellas es que, tal cual como dice la contraportada, es una catarata de situaciones y de personajes cuyas historias se entremezclan y se relacionan hasta niveles delirantes. La segunda tiene que ver con que desde que conozco las novelas de Marías, me he dado cuenta de que su proyecto estético se basa en unas premisas muy lejanas a la tradición de la literatura española. En esta novela, por ejemplo, los hechos transcurren en distintas ciudades y pueblos de los Estados Unidos. Sus personajes, además, están moldeados a partir de la misma materia que los emblemáticos protagonistas del Hollywood de siempre: gángsters, divas, esclavos, charlatanes, ex-presidiarios, hacendados, millonarios que dan fiestas en yates, músicos arribistas, detectives que están más allá de la ley y gente arrimada a las cunetas de la vida. En otras palabras, y a decir de muchos puristas, Javier Marías lector, escritor, intelectual de verdad, no anda con esas manías de escribir, de crear, de pensar, desde su nacionalidad. Por eso la lectura de Los dominios del lobo me ha resultado una lectura entretenida y perturbadora.

Parte del sacudón que me produjo esta novela tiene que ver con algo que, con profunda sabiduría, me dijo el otro día Israel Centeno. A raíz de que le contaba mi experiencia lectora de las obras de Marías y de que le dije que me parecían raras porque, al leerlas, uno observa que este autor escribe sobre personajes ingleses y norteamericanos y, al final, sus libros tienen una voz muy parecida a la de los libros traducidos, Israel, con toda la agudeza que lo caracteriza, me dijo que eso se debe a que, a la hora de escribir y de crear, Javier Marías no se deja encerrar por las trampas del nacionalismo ni de su españolidad; y remató: «uno siempre debe estar incómodo con su nacionalidad. Shakespeare lo estaba, por eso escribía sobre italianos, daneses y escoceses. Uno debe sentirse incómodo con su folclor, Roberto. Así como debes tener capacidad para reírte de ti mismo, hay que tener capacidad para mirar con desdén, primero, tu propio país y luego el mundo entero. Para eso es la lectura: para despojarte de tu nacionalidad. Un buen lector, un buen creador, no ama su patria; termina traicionándola con lecturas ajenas, con traducciones, con esas vidas que no serán de nadie en su propio país. Lees para extrañarte; para dejarte a ti mismo y a tu paisaje; el lector es, por naturaleza, infiel».

Después de esa lectura y de hablar con Israel Centeno me he dado cuenta de que leer es una forma extraña de creación en la que existe la posibilidad no sólo de sentirnos libres, sino de intuir la existencia de una conciencia compartida entre miles de seres humanos.

Casi nada.